viernes, 25 de enero de 2019

Yo no tengo nada de bohemia (III)

La vida no nos lo pone a todos igual de fácil. Desde que de adolescente leí la cita "lo importante no es lo que la vida te hace, sino lo que tú haces con lo que la vida te hace" lo he tenido claro. Mi éxito no tiene que ver con el producto final. Mi éxito reside en los procesos que yo vivo, en mi esfuerzo y resiliencia, en el don de la curiosidad que vertebra mis metas y en el modesto sueño de hacer de este mundo un mundo algo mejor.

Cuando alguien se afana en cuantificar mis éxitos, siempre respondo lo mismo: mis éxitos más concretos tienen que ver con que mis chavales de secundaria, mis alumnos, aprendan, tienen que ver con acercarme en lo intelectual y lo práctico al tema que me ocupa en mi tesis doctoral, tesis que me tomé mucho tiempo en empezar porque estaba todavía averiguando el modo como quería hacerla y porque necesitaba empaparme de otras experiencias antes de encerrarme a pensar en la relación de las causas y los efectos, en cómo esta relación se configura en el discurso y cómo eso se desarrolla durante la adolescencia, que es la semilla de pensamiento desde la que brota mi tesis. Mis éxitos se sustentan en aprender de a poco a poco, cada día, sin prisa y con pausa solo si es para descansar.


Y entonces, en una de esas pausas, dejo de trabajar tranquilamente en estos sueños míos un domingo por la tarde, bajo a tomarme una caña en un bar de barrio mientras leo un poemario (de Rafa, por cierto, y gracias) y un artista bohemio y desconocido, sentado en la mesa de al lado, me dice:

Tú eres una artista, ¿no?

Y contento me acaba preguntando cuándo compartiremos su música y mis poemas. El pobre no ha entendido ni mi soledad dominguera, ni mis sueños, ni que llevo una boina de artista por descuido y por no gastar dinero en aquello que no me importa.


No hay comentarios :

Publicar un comentario