martes, 31 de agosto de 2010

Cuando tu nombre se convierta en un verso...

Cuando tu nombre se convierta en un verso,
suspiro de papel, corazón de plomo…,
cuando tus labios se conviertan en poemas,
y tus muslos en cifras,…
besaré tus párpados
y entonces ¡ay!
cómo correrán los pájaros,
cómo arderán las fieras,
cómo clamará el cielo,
cómo explotarán los besos,
¡ay! como se invisiblará mi alma.


Mei Manzanero


sábado, 28 de agosto de 2010

Cómo quitar el hipo


Hoy no hay cuento, pero no quiero faltar a mi entrada de blog semanal. No voy a darles un relato no solo porque estoy de vacaciones (y espero que ustedes también lo estén), sino porque no tengo acceso al cuento de este sábado.

Lo que puedo contarles, por no cerrar el blog por vacaciones, es cómo conseguí quitarme el hipo el otro día.


Primero de todo, imagine que tiene hipo. Párese un momento e imagine de verdad que tiene hipo.


Hip,

hip,

hipoo.


Tiene hipo. ¿Sí? Sí.

Ahora que ya está seguro de tener hipo, vamos a pensar en cómo quitarlo. Todos hemos oído una infinitud de métodos que parecen infalibles. El más clásico de todos, que te den un susto, no funciona siempre, más bien casi nunca, porque el susto debe coincidir con el hip del hipo, y ahí entran unos cálculos hartamente complicados. También podemos beber una botella de agua de un litro (o un vaso, según distintas versiones) a sorbitos pequeños, aunque algunos dicen que hay que beberla a tragazos; a veces funciona, muchas otras no. Una versión diferente insiste en que el agua ha de reposar en la cavidad bucal mientras se gira la cabeza hacia atrás unos 80 grados y se mira hacia el techo durante unos segundos (Cuidado, porque no funciona la primera vez y a la cuarta ya te habrás desnucado).

La técnica de tragar sustancias no sé si va bien. Recuerde que el que tiene hipo es usted, no yo, así que ya lo está probando. Dicen que tomar un terrón de azúcar con vinagre funciona (¡aunque imagino que es asqueroso!). Menos exitoso está el sorbo de vinagre, la cucharada de azúcar, o el agua con sal. Como ve todo parecen versiones diferentes de una misma técnica.

Y pasamos brevemente a los métodos divertidos, porque para quitarse el hipo no hace falta asquearse ni ahogarse. Ejemplos tales como que te hagan cosquillas, que te pellizques el hombro (dicen que por ahí corre el nervio que controla el hipo...) o te tapes los oídos (muy fuerte, pero sin que te revienten los tímpanos) no son dolorosos y te hacen pasar un buen rato. ¡A ver si me viene ya un poco de hipo y puedo probarlos! (quizá la próxima entrada sea "cómo provocar el hipo").

Me da un poco de miedo mencionar algunos de los que he recopilado y muestro en este párrafo porque estos de los que les voy a hablar son un poco chungos, pero como esto va a gustos me voy a atrever... Un clásico es retener la respiración, y marearnos. Hay otros que tienen como consecuencia el mareo, pero que no son tan conocidos, como por ejemplo coger una bolsa de papel y respirar dentro de ella, para así respirar dióxido de carbono (dicen que está testado científicamente). Y hay otros que no es que yo considere un poco chungos, es que lo son. Les pongo solo un ejemplo: meter la cabeza durante diez minutos en un cubo de agua. Yo no sé si esto es sacando la cabeza de vez en cuando para respirar o si es que el cubo no tiene agua. Lo veo un poco peligroso, bueno, muy peligroso, así que si lo hacen no digan que lo han leído en "Cuentos a domicilio".

Por último, quizá los más eficaces son los que te hacen olvidar que tienes hipo, porque el hipo es muy puñetero y cuando uno empieza a obsesionarse con que tiene hipo y no se va... pero no se preocupe, para esto están estos métodos. El mejor: "¿Qué cenaste anteayer?" o sin ir más lejos "¿Qué cenaste ayer?". El hipo se va escurriendo como por un hilo mojado, no sé si asustado de que un ser humano no pueda recordar que cenó ayer o anteayer o porque ya se ha aburrido de que lo intentes todo. Si usted tiene una buena conexión con su mente puede probar de levantar su brazo izquierdo y poner su mano sobre la cabeza y después de coger una buena bocanada de aire contar hasta tres (o hasta cinco, según esté acostumbrado) o bien pensar "adiós, hipo; adiós, adiós, no tengo hipo, no tengo hipo, puedo controlar mi hipo... etc." También puede pensar en esto último mientras agita con un cuchillo el agua en un vaso (este es propio de brujas y brujos).


Si nada de esto funciona, espere.

Sí, espere.

Porque a mí el hipo se me quitó esperando,

esperando mientras leía una entrada de blog como esta,

buscando en google que "cómo quitar el hipo".

Y así encontré esta entrada.



Saludos.


Mei Manzanero



sábado, 21 de agosto de 2010

Mal agüero



Al Jony:

Cuando yo escribí el cuento que tenía por protagonista a Saúl, sí, el bailarín de claqué que dejó de serlo por una cabronada del destino, no sabía que iba a causar tan mal agüero en mi círculo familiar. No sabía que mi hermano mayor, que aunque no era bailarín era casi ingeniero, acabaría con casi cuarenta de fiebre y yendo con dos muletas.

El cuento se me ocurrió porque sí. No es que me viniese a la cabeza la imagen del bailarín rompiéndose las piernas, no, tampoco me llegó como por arte de magia la imagen de un hombre en silla de ruedas. Que va, nada más lejos. Más bien lo que me vinieron fueron las palabras: “Un bailarín que se cae bailando y se rompe las piernas”. Esa idea tan boba, que se formó a partir de palabras y no de imágenes, fue el germen del cuento. Lo que nunca imaginé yo es que del cuento surgiría una historia real y que el pobre de mi hermano recibiría las consecuencias negativas de la trágica historia de mi personaje.

Todo ocurrió en poco tiempo. Escribí la idea en una hoja amarilla pensando que quizá algún día podría llegar a ser un relato con un mensaje coherente, impactante y moralista. Luego vino una nueva etapa corta en la que pensé que no valía la pena redactar tal cosa. Pero al cabo de unas pocas semanas, comparando todas las ideas que tenía escritas en las muchas hojas en las que me apunto ideas absurdas, pensé que esta del bailarín era la mejor. Fíjate tú, una idea tan boba y era la que me pareció mejor. O bien era realmente la mejor idea y soy muy poco imaginativa o bien estaba alelada. A saber.

Me senté en el ordenador y empecé a teclear. Taclatá taclatá taclatá. Y más taclatá taclatá taclatá. De repente un bloqueo de ideas: no sabía qué final poner. Se me ocurre entonces el final. Y otra vez taclatá taclatá. Luego corrección, que el conflicto real del cuento no estaba suficientemente desarrollado y el relato quedaba desequilibrado. Vale, pues taclatá taclatá taclatá. Fin del cuento. Poscorrección. Taclatiqui, taclatiqui. Corrección total. Fin real del cuento.

Vale, pues cuento terminado. Me levanto de la silla y me voy a dormir. Y sueño mil cosas que me servirán para mil cuentos más.

Llega la mañana, y con la mañana llega el mal agüero. Me levanto, me voy para el comedor y ¿a qué no sabéis a quién veo echado en el sofá, con casi cuarenta de fiebre? Pues sí sí, a mi hermano. Vale, hasta ahí bien, yo no tengo la culpa, Saúl no tiene fiebre en todo el cuento. Y entonces ¿qué pasa? Que veo que mi padre le trae dos muletas. Y vale que a mi hermano le pasó algo en la rodilla tirándose en una piscina hace unos días y que llevaba ya dos días con una muleta. ¿Pero la otra muleta qué? Vale, pues será todo cuento, se pone dos muletas para pedir el doble de favores que los que sería lícito pedir si sólo lleva una sola muleta.

Pero no, quizá esta vez no es cuento. Me explica que ayer se le cayó el móvil encima del pie, en el empeine, y que no puede andar con ese pie. “Pues sí que será cuento”, pienso yo y se lo digo medio de broma: “¡Cuentista!” Pero entonces llega a casa un tipo que no he visto en la vida y saluda con un "hola" más o menos formal, con voz flojita. Un tipo extranjero que acaba explicándonos cuáles son los remedios naturales para curar la fiebre, que nos explica también que tiene cinco hijos que nunca han enfermado porque cada mañana beben un vaso de miel con leche fría y mil cosas más, y entonces le da mil consejos a mi hermano para que se cure. Será el médico. Su visita no dura más de un cuarto de hora.

Y bueno, pasa el rato y me pongo a jugar, como estaba haciendo antes de que llegase el médico. Y entonces oigo un ruido asqueroso. Me giro. Miro un poco de reojo. Y veo el líquido de no sé qué color haciendo un trayecto corto: de la boca de mi hermano a la palangana verde. Ahora seguro que no es cuento. Y entonces ¿qué me da por pensar? pues que Saúl vomitó mucho del disgusto que se dio cuando, por la caída desde la silla con sus zapatos de claqué marrones que tenían la suela de aceite de girasol por algún cabronazo, tuvo que pasar aquellos dolorosos meses en la silla de ruedas….

Buf. Y no sólo eso. Porque llega la comida y entonces le pregunto que cómo se le cayó el móvil al pie. Y sobre todo, que cómo carajos puede ser que una caída de móvil sea la causa de no poder mover el pie. Y bueno, me cuenta una historieta, que el pantalón tenía un agujero en el bolsillo y que se cayó por ahí y que de la fuerza del movimiento al andar y la caída pues bueno, que pataplás. Y sí, sí, suena tan absurdo como sonó la caída de Saúl con esos zapatos de claqué cuya suela estaba llena de aceite de girasol. Sí, sí, es igual de absurdo. Y entonces sé que yo fui el motor de que ese móvil le hiciese tanto daño en el empeine.



Mei Manzanero




sábado, 14 de agosto de 2010

Pensamientos y deseos; no usar secadora

(Cuento a Domicilio; también colgado en Armario de Cuentos)

Huelo muy bien. La mezcla del jabón y del acondicionador me ha dado un aroma suave y puro que ojalá llegue a durarme dos días. Ahora estoy aquí, aburrida, sin hacer nada, esperando que te acerques y me cojas, con tus manos finas, de una vez. Tus manos son tan suaves… y siempre me cogen con una delicadeza… Te echo de menos, y es que me tienes aquí, todo el día entero, mirando las paredes blancas que me rodean... ¡Todo el santo día! Y ya hace un rato que me siento un poco encerrada, que me está dando un poco de claustrofobia. A ver si de una dichosa vez abres por fin la puerta y te acercas a mí y noto ya esos dedos tan selectos escogiéndome a mí, dentro de esta habitación con esas dos puertas bien cerradas. Lo malo es que si vienes seguro que pierdo este perfume de limpieza que tengo desde la mañana, seguro que me ahuyentas mi buen olor con tu aroma de macho.

sábado, 7 de agosto de 2010

Los caminos de Saúl


Se oye un grito agudísimamente doloroso. Después, “¡Oh! ¡Diooos!”. De inmediato un intenso alarido. El bailarín se levanta. Se cae. Y se levanta otra vez. Y se vuelve a caer. Quiere agarrarse a la barra de baile, pero nunca ha sentido un dolor tan atroz. No puede tenerse en pie. Se mira las manos buscando fuerza en ellas. Tampoco. Se mira los pies, a ver si echan a andar por sí solos. Nada. Se mira las piernas y entonces dejan de dolerle; empieza a sentir tal aflicción en el alma que no puede ni sentir daño físico. Y es una angustia tan estridente la que siente, tan punzante, que lo que sale de su boca ya no son gritos, son aullidos de lobo. Una imagen nunca antes percibida en su cabeza se le cruza en medio de la sucesión de pensamientos: él en una silla de ruedas. Pero eso es imposible, a él nunca va a pasarle nada, él cree en una especie de fuerza del destino que le impide que le pasen cosas malas. Frunce el ceño ya fruncido, se le abren las aletas de la nariz y con la rabia iracunda que lo absorbe consigue ponerse en pie. Sabe que sus piernas no van a funcionar nunca como antes.


La pared-espejo de enfrente de él empieza a moverse y en el reflejo ve cómo se levantan los pocos presentes en el ensayo general. La sensación es desesperada porque piensa que está parado, pero su cuerpo en el espejo demuestra que él también se está moviendo. Se está empezando a marear. Nota que la barra de baile le está zarandeando y sus manos, que estaban sujetas a ella, empiezan a deslizarse por el sudor. Se cae definitivamente al suelo.


Seguramente fue en el momento en el que Saúl se cayó el 22 de noviembre en el que también su fe en las fuerzas universales cayó en picado. Era bailarín, había sido bailarín de claqué durante más de diez años. Pero nunca más volvería a escuchar el suave y continuo taca-taca de las láminas de metal del zapato contra el suelo de madera. Su sueño hecho cenizas, después de tantas horas, tantos días, tantos años frente al espejo ensayando... No había sido más que un gran bailarín, un gran bailarín de claqué que se había sacrificado demasiado por su carrera artística. Pocos amigos, casi inexistente currículum amoroso, poca relación con su familia; todo por el claqué, que le había dado vida y ahora se la quitaba destrozándole las tibias. Lo hubiese dado todo por sacarse el cúbito y el radio de los antebrazos y formarse dos tibias nuevas, pero ningún cirujano consideraría suficientemente ético cometer tal atrocidad.


Lo primero a lo que tuvo que enfrentarse el danzarín fue a la silla de ruedas. Y no lo hizo hasta que no se volvió a poner sus zapatos de claqué. Los mismos que por tener la suela llena de aceite de girasol le habían hecho resbalar, un mes y medio antes, desde encima de la silla en la que estaba ensayando para el nuevo espectáculo. Y mientras evitaba el momento de sentarse por primera vez en esa silla que cada día se le hacía más inmensa en su cabeza, pasaba el tiempo en la cama, lamentándose de la jugarreta que el destino le había preparado quizá por darle una lección, quizá para castigarle, seguramente solo por fastidiarle. En definitiva, Saúl no quería sentarse en esa dichosa silla de ruedas, sentía que estaba traicionando a su sueño, él tenía que ser bailarín de claqué, pero desde lo más hondo de su cerebro tenía que soportar oír una voz acartonada que le decía: “ya nunca más volveré a bailar”.


Después de conseguir sentarse por primera vez en la silla, Saúl tardó otro mes en salir a la calle. Le costó meses acostumbrarse a ir sentado por la calle y le llevó más tiempo todavía aceptar que era un minusválido. Fue tan duro como él había creído que sería. Muchas veces se le antojaba que no era más que una silueta, que sólo era la señal de minusválido del cartelito de “¡ATENCIÓN! Espacio reservado” del metro y del autobús. Seguramente, lo era. Sus sueños se habían roto tanto como lo habían hecho sus piernas. Su antiguo buen humor se había mudado de casa y tenía de visita perpetua al mal humor. Su rabia solo desaparecía cuando daba paso a la tristeza nostálgica que sentía al mirar sus zapatos de claqué, casi siempre puestos. Y es que solamente se los sacaba cuando la persona que le había asignado la asistenta social para cuidarle le duchaba. Entonces la chica los dejaba encima del inodoro por manía de Saúl, que no dejaba de pensar en la vida que se le había resbalado de las manos por algún cabronazo que le había empapado las suelas de los zapatos de aceite.


Pero el tiempo pasa para todos y, tras una larga rehabilitación, pasó de la silla de ruedas a las muletas. Le parecía más incómodo, pero al menos podía moverse por sí solo y además ya no tenía que estar en el espacio reservado para minusválidos en el metro, ahora ya había pasado a los asientos reservados “para personas que merecen una atención especial”. La recuperación había sido lenta. Sus tibias no volverían a estar perfectas, no le permitirían volver a andar, pero sí podría mantenerse en pie con solo una muleta. Lo que no iba a recuperar nunca, ni siquiera lentamente, eran sus sueños, su vida, sus bailes solitarios en el salón de su casa, la vecina de abajo tirando pelotas al techo para que parase de bailar, todos sus recuerdos… Lo único que quedaba de todo aquello eran su par de zapatos marrones, sus dos ya viejos zapatos, casi siempre puestos en sus pies, delicadamente, incluso mientras dormía.


Una tarde, la chica que lo cuidaba lo vio demasiado decaído y le propuso dar un paseo por las Ramblas. Empezaron a caminar despacio por el paseo, él con las muletas y sus zapatos de claqué en los pies, escuchando la voz de esa muchacha tan jovial. Y entonces Saúl se paró delante de un hombre mayor cuyo espectáculo lo dejó impresionado. El hombre hacía virguerías con un balón. Se notaba que había estado practicando durante años. La gracia era que al hombre le faltaba parte del brazo derecho y, entre lo bien que dominaba el balón y lo tierno que parecía el gran esfuerzo del hombre, tenía el sombrero en el suelo lleno de monedas e incluso billetes. A Saúl le conmovió tanto que se quedó paralizado, pero no fue suficiente para que cambiase la actitud amarga con que llevaba su desgracia.


Lo que hizo falta fue que una semana más tarde la chica lo llevase a casa de una amiga suya que tenía un marido al que le faltaba el brazo izquierdo. Este hecho, lejos de haber limitado la vida del marido, le había hecho refinar sus habilidades con una sola mano. Cuando el matrimonio le enseñó la habitación de los niños a Saúl, observó el dibujo de un oso enorme en la pared. La paleta de colores con la que había sido pintada era impresionante. Ese marido y padre lo había pintado solo, para sus hijos, a los que tanto quería, sin pedir ayuda ni a su mujer ni a nadie. Se acordó del hombre de la Rambla. Esta vez se le encogió el corazón. Estaba avergonzado de sí mismo.


Durante todo el camino de vuelta a casa apenas habló con su cuidadora. Nada más salir del portal de aquella casa, le dio la sensación de que, desde que era realmente conciente de que el valor de sus piernas se había perdido ya para siempre, sabía que estaba desaprovechando su vida pero que pronto sabría cómo sacar provecho a una situación tan penosa. Sentía que lo había sabido en cada momento, pero realmente nunca se había parado a pensarlo, a reflexionar, tan sólo se había compadecido y enfurecido cada vez que alguien trataba de hablar de su pasado como bailarín de claqué o de su presente como lisiado. Mientras caminaba con los brazos apoyados en las muletas, sus pensamientos correteaban como las alas de una mariposa gris. Imágenes, palabras, escenas, recuerdos, deseos… De repente un refrán se le cruzó de un chispazo en el revoltijo de sus pensamientos: “No hay mal que por bien no venga”. El chispazo le hizo tirar el cigarrillo con fuerza al suelo, agarrar más fuerte las muletas y andar un poco más rápido. No mucho más rápido, tampoco podía correr. Todas sus ideas estaban desordenadas, aunque el refrán le había devuelto un momento de lucidez, como cuando bailaba solo, delante de la pared-espejo, noches y noches. Saúl estaba furioso no sólo con el mundo, ahora también consigo mismo. Más imágenes, frases, deseos, repasos de trozos de vida, abstracciones. Y recordó: “Lo importante no es lo que la vida te hace, sino lo que tú haces con lo que la vida te hace”.


La confusión se iba paliando poco a poco en ese camino a casa gracias a breves destellos de clarividencia que le iban llegando al mundo de los pensamientos. La cuidadora le pidió que fuera más despacio, que podría hacerse daño. No hubo respuesta. Por unos momentos la chica temió la mirada airosa que desprendieron los ojos de Saúl, pero esos ojos en seguida empezaron a transparentar tranquilidad. Vio que le hacía caso, Saúl empezaba a ir más despacio hasta que, ya totalmente calmado, le pidió pararse en un banco para descansar y fumarse un cigarrillo, vicio que había empezado a tener desde que iba en la silla de ruedas. Lo vio pensativo, preocupado, pero ella no podía adivinar ninguno de sus pensamientos.


Lo que Saúl estaba pensando, después de haber conseguido amansar esas fieras abstractas que le corrían por el cerebro a todo trapo, era qué cosa podría hacer con sus manos. Los dos hombres que le habían impresionado más en toda su vida, el marido sin brazo y el hombretón de las Ramblas, ambos, habían encontrado un camino. Que no tuviesen un brazo o ningún de los dos no les había impedido encontrarlo. Aunque una senda se hubiese cerrado, había un inmenso abanico para elegir una nueva vía.


Saúl le estuvo dando muchas vueltas a esto durante largo tiempo. Su mirada era más sosegada que antaño, sus gestos menos bruscos. En aquel tiempo, él se había aficionado a ir a la playa por las mañanas a escuchar el sonido relajante del mar, un poco antes del alba. Día tras día escuchaba el romper de las olas en la orilla, olas que se lo llevaban todo, y que con todo se llevaban la angustia de aquel hombre y le iban devolviendo, mañana tras mañana, los pedacitos de la serenidad que el destino le había arrebatado el día que se vio a sí mismo, en el suelo, tratando de levantarse y cayéndose, sabiendo ya que su vida no iba a tener caminos.


Una mañana, la frescura de la música de las olas le devolvió el sabor del ritmo. Pero Saúl no se vio bailando claqué, ya no, ya no oía el taca-taca del metal de los talones en el escenario; esta vez se vio a sí mismo tocando muchísimos tipos de tambores: una caja, una conga, un dyambe, un taiko, un bombo, los bongós... y así fueron pasándole por su cabeza todo tipo de instrumentos de percusión, hasta las castañuelas, que le hicieron olvidarse de sus zapatos de claqué. Se volvió descalzo a casa.


Esa noche, Saúl no pensó en los zapatos que había dejado en la orilla del mar. Cuando se durmió, las castañuelas se cerraron en sus manos haciendo un suave crujido.


Mei Manzanero