sábado, 18 de abril de 2009

La boca de Marcela

La boca reseca. La saliva no llega a humedecer cada mordisco de los labios de Marcela. Los dientes ya han arrancado la mayoría de la piel de su cavidad bucal, y cualquiera pensaría que algo fuera de lo común sucede. No son nervios, ni siquiera una suave inquietud; es el aburrimiento y la incapacidad de no poder no pensar en nada y de no poder tampoco pensar en la nada. No son lo mismo: la primera”nada” es incolora, insípida, ni opaca, ni transparente, es un vacío vacío de todo; la otra es blanca, como la luz sin lámpara que no ha quedado reducida por el bozal de metal gris de la habitación de matrimonio, y semejante al haz de un ángel imaginario que llega a los sentidos aún despiertos.