sábado, 3 de mayo de 2014

La ardua tarea de recopilar los pedazos de tu vida

(Cuento a Domicilio)


Érase una vez un escritor de afición que escribía casi todas sus impresiones y las conservaba en su casa. Escribía casi todas sus impresiones, fueran cotidianas, vanas o altamente intelectuales y abstractas, en cualquier lugar que tuviese a mano, ya fuesen en hojas, servilletas, mensajes de móvil guardados en borrador, portátil, ordenador de sobre mesa, mesa, pared, parquet o donde fuera. Las conservaba en su casa, lo que quiere decir que se llevaba absolutamente siempre cada pedazo escrito consigo hasta su hogar, aunque la superficie en la que lo hubiese escrito no fuera suya —y vaya broncas se llevó cuando los bibliotecarios no le permitían llevarse la pata de una mesa o la señora que vende pollos en su tienda le esbroncaba por serrar un trozo de la pared—.
En su casa guardaba sin ningún tipo de organización todas aquellas fracciones de vida que había ido acumulando. Un lunes, en un afán de reorganizar su vida y de situar su referencia en el punto vital en que se encontraba, decidió poner en orden todos los pedazos. Ello le llevó descaradamente mucho tiempo y muchos quebraderos de cabeza. Tenía montones de viditas por todos lados y se hacía casi imposible el organizar la acumulación la plasmación de millones de vivencias separadas en distintas superficies. Es cierto que entre todas esas cosas había una pequeña línea de organización, por ejemplo, había unas pocas servilletas que estaban juntas en un cubo rosa que guardaba debajo de la mesa, pero también había en este cubo cuatro trozos de patas de maderas y una botella de vidrio con un verso grabado. Esa leve organización, en realidad, era más bien fruto de la causualidad que de otra cosa.
El aprendiz de escritor había pensado que organizarlo todo era el único modo que tenía de salir de su tan afianzada y llana costumbre y entrar en una rutina que fuese mucho más alta y noble, una que acrecentase las bondades sublimes de su espíritu tormentado (tan tormentado que le faltaba hasta la “a”) y le permitiese acrecentar su productividad como escritor, ganando un ascenso en la larga escalera del oficio del intelectual que quiere ganar unos euritos con ello (cuatro sucias perras para salir un poco adelante y comer no solo bananas, sino también mangos).
Con todos los muebles empotrados en la pared (esto le costó más horas de las que se pueda imaginar), podía al fin otear toda su magnífica obra. Podía iluminar con una potente farola esas cuatro baldosillas que formaban su existencia. De ahí, podría saltar por el trampolín de la amargura para convertirse en el granjero que conrea su tierra hasta morir. Sí, todo esto había cavilado para meterse en esta ardua tarea de recopilar todos los trocitos que se había ido dejando por el camino y de los que no había aprendido más que el simple disfrute de escribirlos y dejar constancia para siempre. Nuestro escritor solo había gozado del placer único y efímero de volcar el alma sobre la superficie, porque no se había puesto nunca a revisar todo ese papeleo que se estaba empezando a convertir en burocrático de lo poco útil que estaba siendo en su casa-almacén, no se había puesto a hacer tachones para mejorar algunas palabras de pedante mosquita muerta, no había ejercitado el trabajo del acertismo léxico, ni había comprobado si había anacolutos, si sus técnicas retóricas eran retrógradas o eran más modernas que el último boom del verano, ni había escrito, curiosamente, en qué consistía su escritura, tan distinta en cierto modo a la de los poetisos urbanos que escriben en blogs con constancia todos los sábados o todos los domingos o todos los lunes, cobrando solo un duro de amor por el simple hecho de compartir su vida, su relucientemente triste vida, con los demás. No había analizado la relación entre contenido y forma de sus poemas, ni siquiera sabía qué géneros amaestraba, si lo que él hacía normalmente era amansar la fiera del cuento breve o era hacer relinchar nanorrelatos o si cabalgaba por el reino del haiku, que está tan de moda entre los cabaretistas del desierto de la periferia holandesa o si tenía influencias flaubertianas, kafkianas, nabokovianas o de Emilio Aragón.
Con no haber pensado en todo esto, se sintió mano de obra barata contratada por sí mismo para trabajar en algo que se le había ocurrido sobre la marcha. Un poco como en el 80% de los trabajos infecundos de este país y no solo de este. La esterilidad de su alma al cabo de cuatro horas de organizar el material cronológicamente no tenía nada que ver con el insufrible amuermamiento de sus capacidades cognitivas al cabo de ocho horas más. Cinco horas de sueño bastaban para cultivar durante el resto del día este hobby que, salvando todo el cansancio acarreado, era el hobby que más interesado lo había mantenido en los últimos cinco años. Vidas insípidas, que las llaman dicen. Cinco horas, arriba, un café y para adelante otra vez, a leer cosas tan tontas como 4 árboles con carros con candado. Es el “hojar” que nos han dejado, esa tierra que no sabemos bien de quién es o como Me encanta la palabra disquisición. Más ambigua imposible: disquisición. (Del lat. disquisitio, -onis). 1. f. Examen riguroso que se hace de algo, considerando cada una de sus partes. // 2. f. Divagación, digresión. U. m. en pl. Venía siempre la fecha abajo, en el formato siguiente: año, mes y día. A veces también algún simple dibujito, casi emoticonos, señalizando mejor su estado emocional, si este no podía entreverse a partir de las líneas escritas. Por ejemplo, ponía en uno: Abrir paraguas dentro de la casa significa que el más pequeño va a morir. Por tanto: a) el pequeño se suicida o b) el mediano trata de matar al pequeño. 2012.08.30, Cuenca, y luego al ladito había una carita con cara de mala hostia. Se dio cuenta de que se acordaba de todo lo que escribía, de todas estas memeces que le habían relampagueado la cabeza y también de las cosas importantes que había ido salpicando en cualquier material. Se acordaba del día que escribió Cuan más innoble la acción, más sangrienta la venganza, se acordaba, de hecho, del lugar donde estaba, de la piltrafa aquella que tanto daño le había hecho pero que con tanto amor le había obsequiado. A veces, se acordaba de dónde había escrito las cosas precisamente porque lo escrito era un reflejo lo más fiel posible (bendita imitatio) de la realidad que había vivido. Esta misma piltrafa salía en este respaldo de silla en el que había escrito: Querida, llevas un collar divino, es maravilloso. ¡Ay! No había visto esta perla que llevas colgada, es preciosa. // —¡Oy! Gracias, gracias. Pues sí querido, me la compró el otro día mi modista y hoy la estreno. // — Cualquier joya, por maravillosa que sea, no es suficiente para hacer justicia al escote de una mujer tan bella. Por cierto que las barras, estas barras //, significan que cambia de línea; es algo que hacía a menudo el escritor para no ocupar más espacio del debido, ir escribiendo esas líneas podía ahorrarle tener que llevarse una silla entera y poderse llevar solo el respaldo, sin tener que arrancar más pedazos de los estrictamente necesarios cuando se trataba de un objeto público. Y si hubiese algún título, estaría entre paréntesis. De hecho, disculpad, porque en ese respaldo ponía al principio lo siguiente: (Historia de una perla o de un día cualquiera con Marlene).
Pensó en escribir un algo de género narrativo en el que insertar todos aquellos pedazos. Podría titularlo: “Mi vida”, “Mi querido diario personal de miserable” o “Yo y el cerdito valiente”. Pensó en un largo poema épico de héroe contemporáneo, pero no se sintió capaz. Pero no sabía lo suficiente, tan honda era la costumbre de construir solo retales. 
Al fin, quiso darse un respiro de su cabeza y se compró un billete de autobús a Madrid. El penúltimo día decidió visitar la Casa de Campo y le giró alrededor del lago mientras la lluvia iba mojando sus zapatos y la parte inferior de los tejanos. Hizo fotografías, para pasar el tiempo y se las hizo a sí mismo, de espaldas, anostalgiado, para recordar este momento que era clave en su vida interior.
Se puso entonces en busca de lo que no buscaba y se dio cuenta de que lo que tenía que hacer con sus escritos no es una narración, ni una novela, ni cuento ni poema épico, que lo que tenía que hacer era una Rayuela, un collage o un... Pero le faltó la palabra que venía luego y se puso en busca de la palabra clave. Esta palabra tenía que ser una que consiguiese englobar y establecer la idea de un conjunto abierto, no podía ser un conjunto cerrado, como pueda serlo un puzle o una charranca; un conjunto abierto de algo que estuviese formado por partes dispares y que, por lo demás, tuviera cierta gracia literaria; un concepto, al fin y al cabo, que, aunque pareciera que tuviera unos límites marcados, le quisiera decir que todavía estaba abierto, que quedaban millones de acumulaciones más en su mundo especial.

Se topó con un árbol borroso de varios colores y se paró en seco. El árbol poseía millones de matices amarillos, verdes, amarronados y rosados. Se sintió rígido como el tronco, se sintió ser el tronco de aquel árbol. Él era el componente estructural de su copa arbórea; él había sido desde siempre un tipo leñoso, cubierto de cortezas, inerte a los paseos de las hormigas que circulaban a su alrededor. Él era aquel leño que llevaba en su cabeza todas las impresiones del aire que lo iba sacudiendo cada día un poco más.

Con la piel áspera y rasgadora, con las colores de las mejillas mudadas todavía en aquel marrón oscuro, siguió caminando perplejamente sin sentirse andar. Un ancla enorme apareció delante de sus pies. Se fue haciendo poco a poco de hierro. Lanzó el gran ancla al gran lago de la Casa de Campo y, después de aquel chapoteo de la gran áncora, con el brazo derecho todavía en alza, puso el foco dentro del agua en cada una de sus inscripciones en superficies, haciendo así un parón y reorganizando todo eso que había habido en su alma. Cuando uno echa el ancla, el barco se mantiene más o menos quieto  y a menudo los pies se quedan como pegados al suelo de la cubierta. Sin embargo, el ancla se zarandea a causa de las olas y, por tanto, el ancla no permite llegar a una quietud absoluta, no permite frenar el barco totalmente.

Con su estribor todavía en alza, tuvo la visión de todas sus piezas, pero nunca del reloj que las compone; tuvo la visión de su gran puzle, lleno de colores, formas geométricas y formas onduladas, con millones de piezas girando alrededor de enormes de piezas. Pero el puzle siempre tiene piezas que incluir hasta que lo completas y la última pieza no es más que la que crea un todo, que es parte de otro todo que solo podemos imaginar y que no hace más que empezar. No existe portalada capaz de captar la infinitud, ni puzle, ni mareas que no terminen en ningún punto o línea que llegue al punto anterior y siguiente. Únicamente hay piezas dispuestas, retales de patchwork, trozos, fragmentos, porciones, cachos, astillas de barcos, compartimentos de estructuras más grandes. O simplemente existen partes y luego solo el travesaño que va de parte a parte. ¿Para qué crear el travesaño si no puedo ver la puerta?  ¿Para qué atravesar si no puedo componerme de todo?

El aficionado en escribir impresiones en superficies repudiaba ahora, frente al lago de la Casa de Campo, frente al cielo nublado y goteante, el puzle en que se había convertido. Solo de muy lejos se identificaba con aquel monigote lleno de impresiones que le había resultado de su larga travesía por lo escrito de sí mismo. Mandó suicidarse a aquel monigote. Y con él, su propio cerebro también se apagó.






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