sábado, 4 de enero de 2014

Insumiso

Empezamos el año con una nueva participación. Jorge A. Mirarchi, escritor y ceramista impecable, muy ágil en las palabras, nos envía desde Argentina su relato "Insumiso". Él, cuya "única ambición es provocar un estremecimiento en el corazón" de sus lectores-espectadores, es la tercera vez que lo hace aquí en Cuentos a domicilio.

INSUMISO
Verdaderamente, quisiera hacer algo
diabólico, pero no se me ocurre nada.
Juan José Arreola
Confabulario

    A veces se encuentra una especie de biografía apócrifa en un texto cualquiera, escrito por un hombre del que sólo habíamos tenido vagas referencias hasta ese momento y que de pronto hace que nos resuene en el interior una cuerda de empatía, que nos sorprende con la descripción de sentimientos o deseos o sueños, o con un relato de acciones que alguna vez hemos fantaseado con los ojos abiertos.
Entonces no se puede menos que pensar si ese otro que ¿nos adivina? es un espíritu especialmente aguzado o tal vez romo, vaya uno a saber; si nos conoce -cosa que sabemos que es imposible en la realidad- o si un tercero le habló de uno, quizás una especie de generalización sobre un tipo humano, que, mal que nos pese, es harto común y corriente. Lo notable es ese escalofrío de incertidumbre y de sorprendido infraganti que nos sobreviene y que perdura, más allá de haber terminado la lectura y las anécdotas, la agridulce sensación de déjà-vu, la inquietud de sernos revelado hechos que aún... pero el temor que sobrevuela no es más que el desconocimiento de esas perspectivas que tomamos como inexorables y que, en realidad, no son más que ficciones ajenas, que no nos pertenecen ni nos pertenecerán a menos que así lo elijamos, que así lo queramos y que ello se concatene con el curso de nuestros propios acontecimientos. De todas maneras, cómo supo este buen hombre que yo... en esa  puta circunstancia... y a pesar de todo... no  haber  transigido es  también una especie de mérito... que no habrá que menear demasiado... pero que de todas formas así fue.
   Ahora que lo pienso, esto viene a resultar una especie disimulada y retórica de la influencia de un padre sobre su hijo, el prerelato del padre sobre la vida del hijo, la organización que aquél hace sobre el futuro abierto de éste. Y es así; todo relato prefigura a un lector que se dejará influenciar más o menos por esas palabras ajenas que se introducen subrepticiamente en su experiencia y en su memoria, que lo inficionan, que lo enferman. Todo relato es un virus que se organiza desde adentro y cambia las instrucciones preexistentes. Todo relato me tiene de hijo y puede llegar a testarme aquello que el otro no llegó o no se atrevió a hacer o pensar. Todo relato carga de culpa y de frustración, todo relato es una penitencia o una condena, que se inscribe con sangre sobre la espalda, que vuelca ríos de tinta en el cerebro abotagado y oscurece el discernimiento autónomo. Todo relato impone las perversiones de otro, ahoga las pulsiones pueriles y las sustituye por las de texto.
   Por eso se dice que los analfabetos, los iletrados, los des-relatados, los que carecen de relato, son felices aunque no tengan camisa.
   Odio los relatos.                                                  

      Jorge Mirarchi    

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