sábado, 25 de enero de 2014

El cuento de la fotocopiadora o ¿por qué eres normal?

(Cuento a Domicilio)


Dedicat al Sànder
(d'una experiència amb ell ha sortit aquest text; 
no pateixis, no t'assembles gens al protagonista).

Ton era un chico fácilmente sorprendible. Era también sorprendente, pero destacaba por su sorprendibilidad. Casi todo lo que los demás le contaban le sorprendía mucho o, al menos, así lo fingía sin ser descubierto. Era alto, con un buen talle y bastante activo, siempre con su mariconera colgada del hombro arriba y abajo por toda la ciudad. El tipo hacía footing por las tardes, tocaba la flauta travesera, tenía una chica con la que parecía llevarse muy bien, estudiaba y trabajaba a la vez y, para colmo, casi siempre tenía tiempo de tomarse una cerveza con los compañeros después de hacer como que se lo rumiaba un poco mirando hacia arriba y pronunciando un “mmmm” que no dejaba a nadie impasible. Yo creo que compraba el tiempo en la tómbola del barrio, pero cuando me digné a preguntarle de dónde sacaba el tiempo se sorprendió mucho y me replicó que de dónde lo sacaba yo, asegurando que quien hace miles de cosas no era él, sino yo. Esa debe de ser la imagen que doy o daba, qué sé yo, pero no nos engañemos; para empezar, yo no tocaba la flauta travesera, solo la guitarra española  cuatro veces al año durante diez minutos, ni se me pasaba por la cabeza lo de hacer footing (a veces un poco de bici estática me amortiguaba el estrés), el chicot no me quitaba demasiado tiempo y, aunque estudiaba y trabajaba a la vez, esto sí lo compartíamos, estudiaba bastante poco (no más de 3 o 4 horas diarias) y trabajaba menos que una media jornada (10 horas como máximo).


Dejando de lado estas disquisiciones sobre el tiempo y la prisa del siglo veintiunense, que podemos tratar en otra ocasión, si lo deseáis y el tiempo nos lo permite, vamos a decir que Ton era un buen chico. Avispadamente espabilado, que no astuto, un poco corto de miras —en el buen sentido y según mis criterios tajantes—, conversador, un poco tímido cuando entraban en la charla los temas más personales y un chico de los que no suele pasar tiempo solo. Bastante contrario a mí, que aunque soy tímida también, soy poco espabilada, bastante difusa y vivo considerables cosechas de soledad, las suficientes como para saber que no es posible enviarse mensajes privados a uno mismo en Facebook. Pero no olvidemos que lo que destacaba de él, a mis ojos, era su sorprendibilidad.
Así que un día, yo, que soy un poco rata de biblioteca, según dicen muy cerca de aquí, me marché a la biblioteca universitaria de al lado de casa y entre lectura y lectura me fui a fotocopiar el capítulo de un libro. Allí, en la gran biblioteca general, que es preciosa, por cierto, tienen dos salas con puertas de cristal en las que tienen en cada una de ellas una fotocopiadora — que desde hace un mes permite también digitalizar las copias (¡cómo avanza el mundo postmoderno!)—. Y entonces, después de gastar todas las copias que mi tarjeta de fotocopias me permitía, porque, si queréis os cuento, pero tengo una especie de batalla con esas fotocopiadoras en las que tienes que comprar una tarjeta de fotocopias que vas recargando en una máquina, cosa muy sencilla que a veces saca de quicio a más de uno y que se te agota en el peor momento del mundo; tengo más que una especie de batalla con esas fotocopiadoras en las que tienes que seleccionar las propiedades de la fotocopia, que si salid, fotocopias, por esta bandeja o por esta otra, que si os quiero así de grandes, que si os pongo zoom porque el libro mide más que un DIN-A4, que si ahora me salen 3 copias en vez de 2, etc. etc. y otro etc. porque el tema lo merece — por fin lo digo en voz alta, necesitaba contarlo porque si no lo grito ya voy un día a petar esas fotocopiadoras con un equipo de fustigadores—. Decía, antes de ennerviosarme con este odio que se va acrecentando en mi interior cada vez que vuelvo a fotocopiar, que, después de gastar todas las copias que mi tarjeta de fotocopias me permitía, abrí y cerré la puerta de cristal de la sala en la que estaba —siempre cierro la puerta en mis batallas, por aquella vergüenza que siente uno al reconocer que no sabe ni hacer funcionar un aparato en el fondo tan sencillo—y me marché a la otra sala, donde está la máquina para recargar la dichosa tarjeta, abriendo y cerrando tras de mí la idéntica puerta de cristal, y haciendo caso sumiso a las instrucciones de uso de la máquina de recarga de tarjetas para usar la fotocopiadora endemoniada. Volví a la sala donde estaba antes y ya se me habían colado dos tipas fotocopiando hojas, que tardaron muy poco y se marcharon. Dejaron las propiedades que habían seleccionado, sin molestarse en volver a dejar los valores por defecto, de modo que cuando yo introduje mi tarjeta en la ranura del trasto, con mi gran recarga nueva de 40 fotocopias, resulta que se me copió una misma hoja 8 veces. Empezó una nueva contienda, que conseguí solventar pronto porque, quieras o no, después de cientos de expediciones, planes de estrategia y campañas, creo que me he ganado una medalla de honor al fotocopiador más valiente y me he ganado unos amplios conocimientos de nivel usuario en fotocopiadoras. Como tengo menos suerte que Ton, porque él es un tipo sorprendible con suerte, las 8 hojas las acabé reutilizando porque no podían servir más que para eso.
Sin embargo, el caso de Ton fue otro muy distinto. Él, que es avispadamente espabilado, no tenía estas acometidas, por eso de ser un joven muy afortunado.  Cuando salí de la biblioteca me topé con él, que salía también del perímetro de estudio. Estudiamos unos ratos juntos, entre descansos y conversaciones triviales bien breves, hasta que dieron el toque de queda para salir del recinto. Le pregunté entonces si hacíamos una cerveza o algo, para relajarnos un poco de esta vida sofocante. Se lo rumió, sonorizó el “mmmm”, yo no me quedé impasible, dijo que sí, me alegré por su respuesta afirmativa y nos marchamos al bar Ciervo Loco.
Cuando le conté todas mis lides con el armatoste copiador, me contó su colosal  anécdota. No sería muy grande, pero a sus ojos, todo era asombroso, así que para él fue uno de los tres mil fenómenos extraordinarios que la vida prodigiosa nos presta cada día. Cuando él había ido a la fotocopiadora a copiar lo que tuviese que copiar se encontró una hoja, sin tenerle que darle a copiar ni nada, así de repente, como quien no quiere la cosa. Vamos, que no tuvo que gastarse ningún céntimo en esa hoja, sino que alguien la había olvidado ahí para que él la encontrase o porque no la había visto o porque no le interesaba, tanto da, el universo sigue caminos inhóspitos que no lograré comprender.
La hoja estaba ahí, bien dispuesta, sobre la bandeja de salida del cacharro, mirando a Ton con los ojos despiertos y suplicantes de que alguien la agarrara de una dichosa vez y Ton, con la mirada intrigante y sin pensárselo ni un momento, la cogió suavemente y la empezó a mirar. Era un DIN A-4 normal y corriente, y en él había copiadas 7 hojas de un libro, en una letra minúscula, dispuestas en la primera plana 3 hojas de aquel libro y en la plana de detrás 4 hojas, que en el original eran verticales pero que estaban colocadas horizontalmente en el tramo central de la hoja. No sé si me he explicado bien, pero además la habían fotocopiado por el borde largo, así que cuando mirabas la plana de delante y querías ver la de atrás debías girar la hoja hacia arriba y no hacia la izquierda —esto va a gustos o a despistes—.
La empezó a mirar y empezó a leer el contenido porque, cuando llevas unas horas de biblioteca, solo tienes ganas de leer otra cosa (o de no leer, en algunos casos, cosa que también va a gustos o a despistes)—, lo que sea, y si es literatura mejor que mejor. ¡Bendita literatura! ¡Cuántos ratos he dejado estos artículos científicos del copón para coger algún manual de literatura en esta gran biblioteca filológica y aprender un poco de lo que ha pasado en este mundo de las letras en los últimos 30 años! Mi amigo empezó a leer el papel y el título le sorprendió. Al final, todo parece estar relacionado con lo que uno estudia, así que le pareció que detrás de aquel contenido literario estaba la teoría más profunda y actual que se explicaba en los artículos y libros que iba él leyendo por una mezcla de obligación y placer morboso intelectual. Pero nada más lejos y anacrónico, porque el cuento de la fotocopia encontrada se había escrito en 1980, así que de teoría actual nada, profunda quién sabe. De hecho, luego descubrimos buscando y rebuscando durante dos semanas que el libro que contenía ese pequeño capitulito era de un escritor sagitario que era además sociólogo, así que fue difícil discernir si eso era literatura o sociología. Además de esto, al buscar el libro entero en la biblioteca resultó encontrarse en un depósito de libros guardados en un viejo estante de psicología social.
En cualquier caso, lo que el cuento predicaba era que las cosas no son así porque son así y punto, sino que las cosas son así por un determinado modo y punto. En concreto, instruía al lector en una idea que a todos se nos ha pasado por la cabeza pero a la que no le prestamos demasiado caso: que todo lo que hacemos cotidianamente está al fin condicionado por las circunstancias en las que vivimos, que no es azaroso que yo esté escribiendo esto, ni es azaroso que yo batallase con la fotocopiadora (aunque debo de tener algunas disposiciones genéticas bélicas), ni lo es que me encontrase justo al salir de la biblioteca con Ton, y menos azaroso es que el chico sorprendible estuviese en esa fotocopiadora ese año, ese mes, ese día, esa hora, ese preciso minuto, ese intervalo de segundos en el que encontraría la hoja. Cómo expliquemos cómo hemos llegado aquí ya es una cuestión de agrados: hay quienes se orientan por explicar el origen del universo, otros quienes quieren explicar el cemento del universo, dejado a la noción de la causalidad, otros quienes quieren explicar el por qué del ser humano, otros simplemente viven y reviven sus vidas cuando ya no tienen nada más que vivir.
Cuando Ton me enseñó, por primera vez, la hoja en el Ciervo Loco, lo primero que alcancé a ver es que la primera letra del cuento estaba en mayúsculas. Era una A, la gran letra del origen de todo. Y fue el origen de toda la historia de Ton y, en parte, de la mía como observadora y narradora. El título estaba hecho para enganchar al lector, pero debajo iba copiada una cita de una canción popular que ni él ni yo conocíamos — tan popular no sería— y que no parecía al final guardar ninguna relación con lo que se explicaba en el cuento. A veces se nos escapan los significados más ocultos, los matices más misteriosos. Pero en fin, lo que el cuento iba a explicar es que lo normal  no es tan normal, así que la cita introductoria no tenía ninguna razón para ser normal.
El nombre del autor no estaba en ningún sitio de esa hoja. Descubrimos que hay demasiados escritores que se quedan en el anonimato. Aunque eso ya lo sabíamos. Descubrimos también que en realidad él no era uno de ellos, que había tenido una columna en uno de los periódicos más importantes de este país. Pero nuestra ignorancia era demasiado grande como para conocerle. No importa si el cuento era del mejor dramaturgo de la historia o del Conde Cervantes, ni la lengua en la que andaba escrito, lo que importa es que en el cuento se nos daba un ejemplo sobre lo que es normal pero no tiene por qué ser tan normal si cambiamos nuestra mirada. Los hechos narrados estaban claros. El cuento explicaba cómo un señor X se llamaba X porque había nacido en un lugar, hacía las cosas que hacía porque había vivido de manera Y y se había criado en Z. Era un inventario banal de un día normal de un personaje normal. La elección del personaje normal no había sido arbitraria ni en balde: era la encarnación de la absoluta normalidad. Como nosotros lo éramos, como lo somos ahora, como tú lo eres, como vosotros lo sois, como ellos lo son y siempre lo seremos todos y yo y tú y vosotros y ellos también lo ser. De la misma manera que el autor eligió al señor X, yo había elegido al chico T y a la narradora R. Al final, cuando miras las vidas a través de un caleidoscopio redescubres en cada mirada que no hay dos modos iguales de volver a advertir lo mismo, que todo cambia a cada paso. Incluso después de todo lo que el cuento originó aquella tarde en el Ciervo Loco, X, T y R seguirían siendo igual de normales, quién sabe si T seguiría siendo igual de sorprendible y si yo volvería a reñir con alguna fotocopiadora otra vez.
Estuvimos dos horas discutiendo aquella tarde lo que el cuento quería reflejar. Especulamos mil y una razones y llegamos a un consenso en la interpretación, al menos en las cuestiones centrales. Lo que vino luego fue sublimador y sucedió casi súbitamente, en un momento de epifanía particular. Dos ideas se acogieron a nuestras mentes y no se quisieron desagarrar. Dos ideas que al ser verbalizadas se convirtieron en la misma y que dieron paso a un acto benévolo y cautivador.
―Hombre, si el señor de este cuento es normal y se supone que es normal porque resulta que ha vivido como ha vivido y esto,
―sí, ya,
―pues, y además también el autor ha creado, que por cierto no sé si se identifican el autor y el narrador, pero bueno,
―yo creo que no, que seguro que ha pensado lo más normal del mundo
―a eso iba, a que deberíamos pensar en un personaje super normal también
―síííííííí, eso estaba yo justamente ahora pensando
―y también que nosotros somos normales y que somos personajes también de esta vida-libro que vivimos
―ya, piensa que hasta el autor es normal y corriente
―sí, y va más allá, porque esto de que es normal y de que tenemos un concepto de normal que además también viene como determinado así por las circunstancias, ¿no?
―ya, bueno, quizá su intención sea la contraria, ¿no?
―puede ser que
―el demostrarnos que nada es tan normal como parece.
―puede ser que sí
―pero bueno sí, yo lo que estaba pensando es en que hagamos una lista, una lista del personaje normal
―y nos comparemos, aunque se parecerá porque vemos la normalidad desde nuestros ojos
―oye sí, y veamos cuánto de normal tenemos y cuánto no.
―¿lo hacemos ahora?
―lo bueno es que al ser dos confrontaremos normalidades, ¿no?
―eso es lo fantástico
―oye deberíamos consumir, perdona que te corte,
―ya, que llevamos un rato sin consumir y así cogemos unas bravas o algo.
―venga, va
―¡perdona!
―sí
―¿nos podrías poner unas bravas y ¿dos cervezas?
―sí, sí
―sí, ¿grandes o pequeñas?
―uhmm
―pequeñas mejor, ¿no?
―sí, pequeñas, pequeñas
―vale, lo que te decía, póngamonos a hacer una lista con lo normal que somos y de ahí saquemos una comparación entre los dos, para ver
―sí, vale
―para ver que somos
―que somos, sí, no tan normales, o que al menos podríamos ser de otra manera. Podríamos poner todas las hojas que hacemos, esos rasgos que tenemos en común con otras personas, como que vamos a la universidad, que estudiamos, que tenemos nuestros hobbies y todas esas cosas.
La conversación crujió a la perfección. No nos metimos en pantanos ni en aforismos desarrollados a partir de lo que habíamos dicho, si bien es cierto que discutimos más tarde el significado de normal y confabulamos un poco sobre la etimología del vocablo.  Enseguida, entre bravas y cervezas nos dispusimos a realizar sendas listas: la lista de la normalidad de Rubena; la lista de la normalidad de Ton. Casi las escribimos por separado, como si no estuviésemos sentados a la misma mesa del Ciervo Loco, cada uno con su trozo de papel reciclado (aprovechamos 5 de las 8 hojas que iba a reciclar, de las que la fotocopiadora me había escupido injustamente). Yo ya sabía que Ton era diferente a mí, evidentemente, y que su footing no era comparable a mis escasos pedaleos en mi bici de casa, pero iba a ser interesante aquello que sacáramos de normal, más que lo que sacáramos de lo divergente.
De nuestra lista no derivamos, sin embargo, demasiadas cosas. Él se centró en sus facultades biológicas: “que soy un homo sapiens, que como, que bebo, que tengo órganos, que posee lenguaje”, etcétera. Nada dijo del footing. Ni yo de la guitarra. Por mi parte, yo también dije que soy humana, pero empleando otras palabras y recalcando que podría haber sido cualquier otro animal o cosa. Me acordé, además, de un texto que escribí un año atrás, titulado Mi vida es normal y corriente. En definitiva,  había un punto de convergencia entre sus respuestas y las mías: lo que nos hacía normales era simplemente el hecho de ser humanos. Al menos teníamos en común esa normalidad.
Pronto nos dimos cuenta de que nuestros contextos eran demasiado semejantes para encontrar grandes diferencias, aunque las había. Decidimos al final de las cervezas, inmersos en una tibia embriaguez, que en esta tesitura de la vida lo extravagante sería salir un día de estos en busca de lo que a la gente le hace ser normal. Como pasa con estas cosas, pasó cierto tiempo hasta que lo llevamos a cabo, pero cuando ya andábamos por la vida olvidando nuestra conversación de la normalidad, dejando atrás nuestras respectivas listas y nuestras conclusiones derivadas de estas, en una de otras cervezadas para relajarse un poco y ver que no es normal la vida que llevamos,  en una de aquellas, pues, nos pusimos preguntar a algunos qué si eran normales y qué cosas les hacían normales. Algunos se prestaron a contárnoslo, a responder a la pregunta que acabamos formulando para casi todo el mundo igual: ¿Eres normal? ¿Qué cosas te hacen normal?
Estos son los resultados, las respuestas que algunos plantearon. Algunos hasta giraron la pregunta para no responderla.
µ      Ainhoa: Por que no soy normal? Porque no quiero ser una mas de esas personas que actuan de la forma que el resto del mundo esperan que lo haga. Xk lo normal es vulgar y vulgar es un adjetivo muy feo. Muuuyyy feeeooo!!! Porque la normalidad es subjetiva y creo que soy la zumbada mas normal del mundo. Y xk una de las personas que mas quiero me dijo un dia "para bien o para mal liala y que no se olviden de ti" y la gente normal no hace eso..
µ      Roger Mercader: Soy normal. Tengo frío, calor, respiro, lloro, me cuesta respirar, río, me meo, me cago, tengo hambre, tengo sed, necesito abrazar, que me abracen. Me pierdo, me encuentro, me ignoro, me sobreatiendo...soy normal. Sigo la norma que este cuerpo humano representa. La de vivir asociado a un cuerpo y a veces sentirme libre en él, a veces sentirme esclavo. Soy normal porque nunca ha habido nadie como yo. Y eso, le ocurre a todo el mundo.
µ      Julia queer punk riot: No, no soy normal. Es más, rechazo ser lo que sea que se considere ser normal. No entiendo que es "ser normal", es un concepto que me parece excluyente, opresor, limitador, y que personalmente me duele. Supongo que no soy normal porque no me gusta ser normal. Para mi todo tiene que ver con la corporalidad, porque convivo con mi cuerpo en todo momento. No soy normal porque soy gorda, porque no veo bien, porque dicen que soy mujer y yo aún no entiendo que significa eso, porque no soy hetero... que es lo normal, pero tampoco soy lesbiana que sería lo siguiente normal... ni bisexual... en realidad, no se que soy. Ni siquiera estoy segura de ser algo, porque ser, ser... me suena a algo como muy definitivo. Probablemente más que ser, esté. Y ¿cómo estoy? Feliz,  así que viendo como está el mundo, incluso eso me parece poco normal. Normal significa común, usual. ¿Realmente alguien quiere ser normal? ¿No le gusta a la gente pensar que es única, exclusiva, maravillosa? El único motivo que encuentro para que alguien quiera ser normal, es que todavía no ha descubierto lo maravilloso que es y vive tan atemorizado por el rechazo y el dolor que esta sociedad puede causarle como para hipotecar su vida y su felicidad tratando de pasar desapercibido. Ser normal no mola, yo no quiero convivir con la normalidad, quiero convivir con la locura, con la felicidad, con lo inesperado, con la explosión de emociones que nadie entiende. Aunque duela, aunque sufra... porque por el momento, sólo tengo por seguro que tengo esta vida... así que, qué coño! A mí no me lieis con normalidades absurdas, eso se me hace diminuto.
µ      Alguien de Laure Ilustraciones: no soy normal porque no sigo una norma...
µ      Alejandra: yo no soy normal. Normal no existe. A lo que se le llama normal cambia segun el pais, la ciudad, el pueblo, la cultura, la religion etc. osea Normal no existe.
Estos han sido los resultados, las respuestas que algunos plantearon, cuando les preguntamos si eran normales. Pensando en el cuento del escritor sociólogo del que partíamos, parece que la gente tiene claro que no hace falta ser normal, que nadie es normal y que lo normal no es natural, hecho que parece evidente pero que muchas veces se nos puede escapar. Así que, en fin, luchamos contra la deriva de lo más estereotipado y sabemos que entre lo normal y la transgresión hay una pequeña marisma demasiado poco fonda. Durante los siguientes cinco días, ubiqué mi cabeza sobre el cuello otra vez y me dispuse a leer las respuestas intermitentemente, para al final llegar la obvia conclusión o acabar descubriendo —quizá hacía falta un texto que hiciera evidente lo normales que somos— que yo nunca dejaría de ser normal, de lo poco que lo era, que Ton tampoco y que el resto menos, y que no hay cosa más normal que el no serlo y que todos permaneceríamos normales hasta el resto del tiempo más normal del mundo normal.


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