lunes, 6 de enero de 2014

A la vera del camino y Pinches Reyes Magos


Seguimos el año con otras dos participaciones. Esta vez es Juan Manuel Carrillo Flores, quien nos envía dos historias, "A la vera del camino" y "Pinches Reyes Magos", vinculadas las dos al día de hoy y a los Reyes Magos. Feliz día de Reyes.


Historia 1
A la vera del camino

Por Juan Manuel Carrillo Flores

A lo lejos sólo se ve un pequeño bulto. Conforme se acerca uno descubre los oscuros ojos de un pequeño que deja volar su mirada a lo largo de la cinta asfáltica, sentado, inmóvil al paso de los autos cuyos conductores circulan ante él indiferentes provocando con el viento el movimiento de su cabello.
     De pronto pareciera que espera a alguien de la lejanía, pero no. Continúa inmóvil, quieto, callado, sentado a la vera del camino.
     De cara redonda, su piel cobriza como el de la tierra que lo vio nacer, mirada triste como la bruma de los montes que se ven a lo lejos. Esconde un esbozo de sonrisa que comparte con sus amigos de penurias, de aventuras, desconfiado ante la llegada de cualquier desconocido.
     Pedro, más entrón que él, nos dice que siempre se ponen ahí a la espera de que alguien les dé una moneda. “Los ladinos nunca dan”, nos dice. “Van re juerte que hasta nos arrancan el sombrero”, agrega.
     Sus pies aún no saben de zapatos. Calzan unos huaraches que llevan por horma unas correas que un buen día seguro pertenecieron a alguna res que nunca dio leche y mucho menos carne: “Se cayó en la barranca por la sed”. ¿Sus suelas? Estas pertenecieron algún día a uno de esos pesados camiones que ensordecen a su paso y desde los cuales en algunas ocasiones les arrojan monedas.
    Él continúa mirando al horizonte, mientras Pedro nos cuenta de su aburrimiento en los talleres, nos comenta que no entiende nada de lo que ahí les dicen los “ladinos”. “Nomás se llevan las cosas y no las pagan”, expresa Pedro con enojo, quien agrega que “por eso se fue el papá de Nico”. –“Un día, cuando aún no bañaba el sol con sus rayos al zacate de la milpa, se fue. –Se llevó a mi hermano y nos dejó a mí, a mi hermana y a mi mamá. Nunca regresó.
     Con sus manos regordetas ha ido haciendo una carreterita en los deslaves del barro reseco, cuarteado por la falta de agua. Con la boca hace ruidos de motor sin marca, pero que ruge potente para hacer subir su pequeño carrito en la “lomita”. Poco a poco se ha ido acostumbrando a nuestra presencia.
      A lo lejos, rumbo al bordo, un par de vacas come zacate del que ha quedado tirado en la milpa, de la cosecha. –No que va a ser de nosotros, somos re probes, nos dice el pequeño una vez roto el hielo ante el desconocido.
     El frío de la zona le ha partido las mejillas. Pero a pesar de todo se viene a la carretera desde temprano. “Quien quita” y le den algo, platica. Nunca ha salido de aquí. Su casa está más adentro, como a dos horas caminando a buen paso. –Para llegar hay que pasar el lomerío, y desde allá se divisa. –Es la que se divisa junto a la nopalera. Su mamá no lo quiere llevar a la plaza de Ixtlahuaca por chiquillo. –Ella se va con su hermana todo los lunes a vender nopales y quelites”, agrega. Él se queda a cuidar la chiva y el burro.
     El “Capulín” gruñe ante la presencia de desconocidos, nos mira con incertidumbre mientras el vapor que sale de su hocico se diluye y se va moviendo la cola hasta donde se encuentra el pequeño Nico jugando con su carrito.
     Pedro, el más platicador, nos dice que si se pone “riata” junta para gastar en la escuela, donde espera llegar a segundo para después irse con su papá que está en la capital. Tampoco lo ve desde hace “retiarto”. Nico, nos dice Pedro, es re madrugador. –“Desde temprano se va a pastoriar a su chiva. Hay veces que todavía tiene agua el pasto y él ya anda por la besana con la chiva y el “Capulín”. A la escuela ya no quiere ir. Una vez lo llevó su mamá, doña Petra, y nomás se la pasó silencio, no chistaba nada”.
     La plaza está en auge pleno. Gente de todos los rumbos acude a Ixtlahuaca a surtirse. Se deja escuchar el murmullo de quienes preguntan y dicen los precios de los productos: montoncitos de “guaje”, de aguacate. También hay cocoles, pan de fiesta. Todo está separado. Las carnitas y barbacoa en un lado y al fondo las tortilleras, las verduras.
    Hasta allá, a pleno rayo del sol, está sentada doña petra. A su lado tiene un cajete de pulque sobre el que rondan las moscas amenazantes con zambullirse. –A diez el montón, marchante, nos dice al momento que nos señala los montones de nopales y quelites de a cinco, mucho más chicos.
     “La gente ya ni compra. Nomás viene, mira y se va”, nos dice con la esperanza de que le compremos para poderle llevar algo al pequeño Nico. Renuente a hacer plática con alguien, nos mira en forma retadora cuando le preguntamos por Nico. Sólo ante la insistencia acepta comentarnos que el niño “siempre es así”, desde que su padre se fue a la capital. –“Crioque estraña al hermano. Cuando se fue le dijo que liva a trair juguetes y nada. Sólo Dios sabe si algo les pasó”, nos dice afligida.
     Ellos se fueron un día cuando los rayos del sol empezaban a bañar el zacate de la milpa. –“Fueron a buscar a los parientes a la Capital y no regresan. Sólo el señor sabe qué les pasó”.
     Diario, muy de mañana, se levanta doña Petra. Se va atrás de la nopalera con su cuchillo a cortar los nopales tiernos, todavía con el sereno. Unas veces los vende en Ixtlahuaca, otras en Timilpan. –Hasta Jilo (Jilotepec) me voy, añade.
     Nico sólo mira, sigue la raya de la carretera. Hace ruidos de camión con su carrito de barro. Se alegra cuando para un autobús, pero se pone triste cuando ve que nadie baja. Se sienta en unas piedras, pasan los carros indiferentes, su mirada se pierde. “Ya tiene cuatro años así”, dice doña Petra. El mira, sigue a la espera de algo o de alguien.
     Allá, entre el ruido ensordecedor de la ciudad de México, las promesas de los gobernantes contra la pobreza, la indiferencia de la gente y el calor agobiante del Valle de Anáhuac, Nabor y su hijo hacen escuchar las notas desafinadas de una trompeta abollada y un desvencijado tambor. Miran el suelo gris mientras extienden la mano. Quizá algún día decidan, puedan volver para cumplirle la promesa hecha a Nico años atrás y llevarle sus juguetitos que espera sentado a la vera del camino.



Historia 2
Pinches Reyes Magos
Por Juan Manuel Carrillo Flores

-¡Pinches Reyes Magos! Juan estaba visiblemente enojado, encabronado mejor diríamos. Miraba al cielo con  los ojos llorosos y se preguntaba qué había hecho mal para recibir tal castigo, no tanto por el ardor que sentía en sus cachetes cuarteados por el frío invernal que calaba hasta los huesos sino por la decepción.
Pequeño de edad, de unos nueve años pero "restirado" de estatura, se agachó para recoger su zapato retorcido bajos gruesas costras de hielo. Estaba vacío, no había nada sobre el zapato que el "duro hielo de la helada de la noche" le dejó. Sin importarle el frío caminaba dando vueltas cerca del maguey haciendo crujir con sus pies descalzos el pasto cubierto también de hielo.
Caminó y se sentó triste en una piedra que empezaba a ser bañada por los primeros rayos del sol de la naciente mañana. Pensó y repensó por qué lo castigaban de esa manera. Con cuánta ilusión había decidido poner la noche anterior su carta en ese maguey, en la púa de la penca más alta para que los Reyes la vieran desde lejos. Incluso trató de no excederse en la petición y se limitó a pedir sólo un carrito, como esos que veía que vendían en los domingos en la plaza del pueblo. Pero nada, tal parece que estaban ciegos.
A lo lejos se escuchaba creciente la algarabía de los niños, de sus vecinos, de sus primos que vivían al cruzar el camino. -¿Chingao!, dijo aún con más encabronamiento y soltó el llanto a la vez que trató se limpiarse los mocos con el antebrazo. Se puso de pie y subió a una “cerquita” de piedra encimada para ver cómo uno de sus primos corría empinado simulando con la boca el ruido de un rugiente motor automotriz. –¡Chingao!, dijo de nuevo.
De pronto salió disparado corriendo hacia el interior de su casa. Ayudado por la incipiente luz del sol que entraba por las rendijas de los muros ubicó el cuchillo de su madre, el mismo con el que todos los días doña Santos cortaba y limpiaba nopales para asar y comer, para rebanar chiles y cebolla para la salsa.
Tomó firme el cuchillo con la mano y se fue de regreso al maguey. Trepó con agilidad de nuevo en la “cerquita”. No le importó el riesgo de caer al pisar en falso una de las piedras. Hizo sombra con la mano derecha para impedir que los rayos del sol le molestaran la vista al tratar de ubicar una penca grande y fresca. Le echó el ojo a una ideal para su propósito.
Ante sus ojos Juan tenía dibujada la figura del enorme maguey. Grande, imponente. Visto a contraluz se apreciaba una flor gigantesca que brotaba de la tierra cuyos pétalos eran coronados por una afilada aguja y sus bordes eran protegidos por decenas de pequeñas espinitas para impedir el paso de intrusas manos que intentaran lastimarlos. –Esa mera, gritó Juan con júbilo y saltó para después correr hacia el maguey.
Con la agilidad propia de una ardilla pisó con firmeza en una las pencas más bajas cuya punta a causa de la fatiga ya apuntaba hacia el piso. El otro pié lo puso en una que estaba un poco más arriba. Con la mano izquierda se afianzó con firmeza para no caer. Estaba consciente de que si caía tremendo dolor se iba a llevar en las nalgas. De sólo pensar en el dolor que le causaría el mínimo rozón de esas espinas, se estremecía.
Cerró los ojos y con la mano derecha lanzó tremendo manotazo para tratar de cortar de un tajo la penca que tenía enfrente. Sólo se escucho un chasquido al momento de cortar los miles de hilos de la penca. Esos finos y resistentes hilos que se utilizan para fabricar cuerdas o redes para bolsas y costales. El corte llegó casi a media penca.
Con movimiento de sierra fue haciendo que el corte cruzara todo lo ancho de le penca. Se veía como la amplia herida provocaba que de ésta escurriera un jugo transparente, mismo que se iba por el canal formado en la penca de abajo. Juan trataba de evitar que el jugo hiciera contacto con la piel de su mano. Una vez terminado el corte alzo con orgullo la pesada penca. Hizo girar con rapidez su cintura y saltó sin importarle el resorteo de las pencas donde estaba parado ni el pequeño corte que le hizo en el tobillo una de las espinas. 
Caminó con rapidez milpa adentro para seguir hasta lo que parecía ser un pequeño arroyo semiseco. Se sentó en unas piedras y rascó con las manos el barro agrietado. Tomó con ambas manos agua revolcada y la echó sobre el montoncito de barro que había formado. Lo amasó con agilidad. La verdad es que no era la primera vez que lo hacía. Hizo cuatro bolitas y las aplastó simulando ser gordas tortillas. Las puso sobre una laja. De un manotazo se arrancó la costra de sangre que se había formado en su tobillo.
De su cintura cuan Tarzán del desierto, sacó el mismo cuchillo que el que cortó la penca del maguey. Cortó la penca del lado más angosto. Primero la parte de la punta, a una cuarta de la púa, y después en lo ancho, a unos treinta centímetros. En la orilla de la milpa vio un manojo de “jaras” y caminó hacia éste. Cortó dos ramas, de las más gruesas, de un medio centímetro de diámetro aproximadamente, con las que hizo dos ejes, uno de seis centímetros y otro como de doce.
Sin importarle la humedad del hielo se sentó en el pasto. Mordiéndose la punta de la lengua que asomaba por el lado izquierdo de su boca, hizo dos perforaciones en su trozo de penca. Metió ambos ejes, primero el más corto y después el  largo. Le colocó las cuatro ruedas de barro, en el mismo orden, primero las del eje más corto y después la del eje largo. Ya con el trasero húmedo se resbaló por el barro seco y con el lodo que le había quedado hizo dos tapitas que colocó en lo acanalado de la penca.   
-Échenle un ojo a esto, ¡pinches Reyes!, grito con Juan fuerza. En un santiamén tenía lo que parecía ser un potente auto de carreras cuyo diseño desearían con seguridad los ingenieros de Fórmula Uno. Lo alzó con orgullo con ambas manos, lo colocó ruedas arriba en la misma laja en la que hizo las ruedas de su carro. Se le quedó mirando con detenimiento durante varios minutos. Amodorrado por el calorcito de los rayos del sol de la ya avanzada mañana, poco a poco se fue quedando dormido tomando como almohada un terrón de barro.
Fue hasta que escuchó a lo lejos el grito de su madre que le decía “Juaaan. A almorzar Juaaan”, cuando despertó. Entreabrió los ojos y miro con tranquilidad que su carrito aún estaba ahí, donde lo había dejado. Voy y vengo, se dijo. Entró de manera intempestiva a la cocina de su madre. Evidentemente ya nada más faltaba por él por almorzar. Devoró con rapidez la enchilada que le dio doña Santos, sin escuchar a su madre que le día: ¿Qué te pasa m’ijo que te ves tan muino? Sin contestar a su madre, con la misma rapidez comió otra tortilla que tomó del comal y bebió unos tragos de “café negro”.
Con la cabeza gacha, salió de prisa de la cocina, fue al cuarto y le pidió a su hermano menor que lo acompañara “a llevar a las borregas a besanear”. Después pasaron ambos por sus primos “los de enfrente” pero ya se les habían adelantado. El corazón le latió apresurado a Juan, era una mala corazonada. –“Llévate las borregas y te espero en el arroyo”, pidió Juan a su hermano y salió disparado con ese rumbo.
El “rastrojo” crujía al paso de las largas zancadas que daba entre los surcos. Corría y corría para tratar de cubrir el largo trecho que había entre la casa de sus primos y el punto del arroyo donde había pasado toda la mañana. Una polvareda de barro se alzó cuando se barrió y rodó por la ladera del arroyo. Se limpió con el antebrazo el sudor que le escurría en la cara y miró que aún ahí estaba ruedas arriba, ante él su bólido. Al escuchar la proximidad de su hermano tapó con unas ramas su carrito. –Tienen que secar las ruedas para que resistan, pensó.
Pasaron él y su hermano en ese punto el resto de la mañana, hasta después del mediodía. A lo lejos veían a su primos que andaban al otro lado del arroyo, al pie de la loma. Hasta ellos llegaba su risa, se notaban alegres. –Sigan jugando, pensó Juan.
-¿Por qué no vamos con mis primos a jugar? Le preguntó su hermano. –“Más tarde”, contestó lacónico Juan.
-¿Por qué más tarde, si siempre jugamos con ellos?, insistió el hermano. –Ya verás?, se limitó a responder Juan.
Fue hasta pasadas las dos de la tarde cuando Juan pidió a su hermano que fueran a alcanzar a su primos. Sin embargo, le extrañó a éste que le pidiera que dejaran ahí las borregas. –Espérame tantito, pidió a Juan a su hermano, quien lo vio caminar hacia unos matorrales y extraer un bulto cubierto con ramas. “Era como envoltorio”, diría más tarde a doña Santos.
-Bonitos carritos, dijo Juan en tono sarcástico a sus primos. -¡Verdad que sí!, contestó uno de ellos, el mayor de los tres que estaban ahí. Cada uno de los primos llevaba consigo un carrito de plástico. -Son fuertes y aguantadores, dijo ufano el de en medio quien explicó que se los habían traído los Reyes Magos “por portarse bien”.
-¿A ustedes qué les trajeron?, replicó el mayor, mientras el menor se mantenía callado, sólo miraba. –Nada, se adelantó a responder el hermano de Juan. ¡Cómo que nada!, secundó con enojo Juan. –Nos trajeron un carro de carreras y está bien chingón, dijo en tono desafiante Juan a la vez que quitó de un manotazo las ramas que cubrían su bólido.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Rieron a la vez los dos primos, mientras que el menor siguió callado. Esto enfureció aún más a Juan quien los retó a jugar carreritas con sus carros. Los dos primos aceptaron de inmediato el reto pero propusieron que apostaran dinero, ellos tenían lo que les habían dejado los Reyes junto con sus juguetes, dijeron mientras el menor seguía callado. Juan titubeo y miró a su hermano. Se metió las manos a las bolsas del pantalón y volvió a mirar a su hermano, no pudo contestar.
De pronto se le acercó su primo menor y le cuchicheó algo al oído. Volteó y miró a sus dos primos y les aceptó el desafío. Una vez fijadas las reglas, prestos se dieron a la tarea de dibujar en la tierra lo que pretendían simulara una pista de carreras de unos cincuenta metros de longitud, con todo y sus curvas. Trazaron la línea de salida y fijaron la meta. Ya habían acordado que sólo participarían Juan y el primo mayor. Eran casi de la misma edad.
-Uno, dos y tres, dieron la salida al unísono los no participantes. Empinados ambos competidores arrancaron levantado una polvareda con los pies. Lustroso y bien lubricado el carrito del primo salió bien pero después se le fueron atascando las ruedas con el polvo. En cambio el carro de Juan, previo salivazo en las ruedas como lubricante, avanzó con firmeza a pesar de que éstas de pronto parecía que se salían al rozar con el “ixtle” con el que le aseguró los ejes.
Seguidos de los tres no competidores, el hermano de Juan y los dos primos, éste y su retador llegaron a la meta con una amplia ventaja para el bólido hechizo. No muy conforme el primo mayor reconoció su derrota y retó ahora a una competencia de choques. Miró su carro, fuerte y resistente aunque empolvada su carrocería de plástico. Juan miró su bólido: “chuecas las ruedas, desalineadas, digamos”, con el lodo de lo que simulaba ser la parrilla del radiador semirroto. El hermano de Juan y su primo de en medio callados el menor sonriente.
Ahora trazaron una pista recta, de unos tres metros. La regla era arrancar, tomar velocidad y chocar de frente. El carrito que sufriera menos daño ganaría. Juan miró hacia su casa y vio como se elevaba el humo que salía de entre el tejado. –Ya huele a comida, pensó y escuchó: Uno, dos, tres, arranquen. Fue la orden de salida. Nuevamente los competidores agachados, la polvareda y zas, un choque tremendo. –Tomen, pinches tíos por ojetes, pensó Juan al momento de impactar su bólido contra el carrito de su primo, regresó su carrito y lo volvió a impactar con fuerza. Por allá salieron las ruedas del carrito del primo, por allá salieron las partes de plástico que se le desprendieron, mientras el bólido de Juan se veía casi intacto. Sólo partes del pellejo del maguey se veían despegadas y algo guangos los ejes pero todo seguía en su lugar. Gana Juan dictaminaron los no participantes y a pagar. Con una amplia sonrisa dibujada en la boca Juan se echó a la bolsa el billete de a cincuenta que le dio su primo mayor, quien, a su vez, nuevamente admitió lo reconoció como ganador. El hermano de Juan y su primo de en medio callados y el menor muy sonriente.
-Qué te dijo mi primito, le preguntó al oído a Juan su hermano menor. –Me dijo que aceptara la apuesta, que él me prestaba para pagar en caso de perder. También me dijo que tenía coraje porque escuchó a mis tíos platicar que ellos eran los Reyes Magos y que ayer en el día habían ido a comprar los juguetes para los primos. ¿Por qué a ellos sí y a nosotros nada, si nos portamos bien?, preguntó a su hermano al momento en que llegó hasta su nariz el olor a frijol y cebolla cuyo aroma seguía hasta la cocina de su casa.
Ya con el apetito desatado, se miró sentado comiendo esas ricas y humeantes tortillas que les hacía diario, a él y a su hermano, doña Santos. El único inconveniente era que tenían que pasar por las borregas las cuales, a la distancia, se veían bastante dispersas en la parcela y tendría que juntarlas antes que todo para meterlas al corral y de ahí, ahora sí… ¡A comeeeer!, escuchó el grito de su mamá.

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