sábado, 7 de diciembre de 2013

Retales de Madrid (III)




Noche. El silencio era incandescente, extraño. En una ciudad como Madrid, silencio era lo último que esperaba encontrar. Y menos este tipo de silencio concreto, tórrido, torrencial, sincero. Hacía demasiado tiempo que siempre que escribía lo hacía literaturizando el personaje que soy. Me había vuelto de demasiados colores y olvidado mis reflejos, siempre con pocos matices, delineada en dos trazos inconfundibles (así me lo habían enseñado en las escuelas de escritores, donde, salvo a veces, convierten tu escritura en un trazo uniforme -a excepción de un taller impartido por Lola Andrade, donde los objetivos eran desde su propia raíz bien maravillosamente distintos-). 

Por la sequedad de ese silencio, me adecué a la sigilosidad de esa cuca habitación, nueva para mí, mía desde aquella noche hacia las 00:00. Serán las 00:00 también para la otra Mei, la del reflejo, porque las 00:00 es el único tiempo del día donde nuestros tiempos y relojes se alinean. Empecé a moverme cautelosamente por la habitación, con un deseo de ser como ese silencio, honesto y poderoso, contagioso. "De momento, calcetines -sucios- váis al cajón del armario, a airearos" que al hospedador le he dicho que no usaré nada: "No quiero molestar"; "Mientras no des por saco". Lo primero que había hecho era mensajear al amor de mi vida -"te amo", "te amo", y un morreo inmenso y contenido en sí mismo en la puerta del autocar, en Arco de Triunfo, a punto de dar luz verde al trayecto. Lo segundo, sacar de la mesa un gran oso de peluche marrón con cara de desamparado, situarlo en la cama, bien sentadito, como si fuera yo misma, y fotografiarlo en el ambiente de la habitación, rompiendo el silencio con el clac de la toma de foto de mi cámara DC E600. Silencio. Todo en slencio. Vaciar parcialmente la mochila light roja 36 litros y hacer un escándalo con las bolas de plástico al meterlas en el armario, a pesar de la tangencial delicadeza empleada en ello. Nunca antes había hecho algo con tanta lentitud, cálculo y consideración. Qué silencio más bien avenido con todo. Me fui instalando el alma en ese cuarto poco a poco, sellándola en esas paredes rosas con un cigarro Eco Flandria recién liado. 

El silencio empezó a golpear en los oídos. Está claro que el silencio silencio silencio no existe. ¿O sí? ¿Oirán los sordos este tipo de silencio, este beneplácido silencio con sustancia de pasta de dientes mentolada?








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