sábado, 21 de diciembre de 2013

Cosmodidad


Me siento atrapada en esta comodidad cósmica que el escepticismo me ha brindado. Hay una grieta en mi intelectualidad, en mi conciencia racional, que me grita que debe haber algo más allá del determinismo justificado, algo más allá de atribuirle a la vida la magia que es no conocer todos los factores que nos llevan a nuestras circunstancias.
Últimamente, algunas tendencias intelectuales me han llevado a pensar que el cerebro es nuestro motor. Sigo haciendo hincapié, no obstante, en que el motor de la vida, si no es la vida el motor, es el amor. El amor como motor y la comunicación sincera y eficaz el engranaje que puede hacer que este motor no se apague nunca y funcione en sus condiciones óptimas.
Estas tendencias intelectuales me han llevado también a considerar los límites de la cognición humana. Aunque escucho y leo repetidas veces, en fuentes poco oficiales, que el ser humano es capaz de traspasar esos constreñimientos y de construir una identidad entorno al ser consciente de nuestra mente y nuestras capacidades, identidad que puede llevarnos a sobrepasar esos límites, aún a pesar de esto, sigo creyendo en esas limitaciones que hacen que la especie humana sea cómo es y no pueda ser de otro modo.

Últimamente, además, hay una noción que me ha hecho cavar bibliográficamente en la noción de ‘causa’ y de ‘causalidad’. Los niños la aprenden con una facilidad asombrosa (no cita bibliográfica, esto es un texto informal) y usamos relaciones de causa y consecuencia en las situaciones más cotidianas de nuestras vidas. Las conexiones que establecemos entre los hechos son, muchas veces, causales o, en última instancia, remiten a la causa. Pero da la sensación de que poco tienen que ver con aquello que llamamos realidad. Ya lo había dicho Hume, yo no me invento nada, porque soy una escéptica que aún tiene un poco de fe en el determinismo. El determinismo y la causalidad son dos aspectos que se pueden hacer converger, por supuesto que sí. De hecho, mi intuición es que la causalidad necesita de determinismo, precisamente. Mi determinismo se vale en la asunción de que todo funciona por una cadena de causas-efectos, mejor dicho, una red de causas-efectos (y asumamos, ya que podemos abstraernos, que incluimos las causas-efectos de mundos posibles que no son el nuestro). Pero la vida es otra cosa. Por otra parte, quizá el libre albedrío podría vivir sin causalidad. Lo que no llega a estar bien emparentado puede que sea este escepticismo mío con la causalidad.

 

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