sábado, 30 de noviembre de 2013

Retales de Madrid (II)




El reflejo dibuja un autocar más, paralelo al nuestro, pero bien diferente. En el reflejo, un reloj digital de caracteres rojos marca las 20:20 con pequeños destellos alrededor, reflejando unas siluetas borrosas que no señalan nada. Aquí son las 05:05. Suenan en los altavoces de nuestro autocar, no en el otro, en el que no hay sonido, voces de vampiros y los ruidos de pístolas de alguna estúpida película de pasatiempo mortífero. El reloj sobrevuela las montañas rocosas. Impasible, en ese escruento austero paisaje de no sé dónde. 


También en el autocar paralelo hay una Mei. Otra Mei. No sabe combinar bien la ropa. Pantalones marrones con rayas blancas verticales y horizontales rayas marrones sobre fondo azul en la camiseta de manga larga. Mejor no saber que debajo lleva una camiseta con las mangas recortadas esencialmente roja-naranja con rayas de muchos colores, ni que sus bragas son blancas con rayas horizontales rosas. En definitiva, un conglomerado de rayas mal combinadas y un pañuelo azul con rayas aleopardadas negras atado como una corbata y una ignorancia absoluta hacia lo que el resto de viajantes pensarán. El moño hecho tercamente con una pinza para el pelo; los pies agobiados en las deportivas, sudando como mocos en una nariz costipadísima dentro de los calcetines. Me gusta pensar que hay otra Mei haciendo el mismo viaje, al otro lado del reflejo, al otro lado de la vida, una Mei muerta que vive solo a través de insinuarse en reflejos de autocar, de metro, y en espejos, que solo vive por la luz que existe y por muchas otras cosas que ahora desconozco. Me gusta pensar que esa Mei también lleva los calcetines sudados, que tendrá un buen viaje, que hablará sobre pueblos indígenas hablantes de quechua con una ecuatoriana de la que lo recuerda todo menos el nombre exacto.

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