sábado, 28 de septiembre de 2013

Apología


(CUENTO A DOMICILIO)



Pues parece que vamos a ser solo tú y yo. No intentaré pintarrajearte con mis lápices grises, ni te forraré el lomo con mis ideas y venideas. No pasará. Hoy solo somos tú y yo, en este lugar, en esta inmensa hierba, frente a la bellísima cascada que emite un ruido espantoso y deja en el aire y en las sandalias gotitas de hastío y rocío.

Al principio, no haré más que empezarte, poco a poco, más que aprender a desnudar las palabras de tu ficción, de tu sinuoso relato, párrafo a párrafo y  mirada a mirada.
Después, no me importará percibirte algunos instantes a través de esta cortina de agua que nunca es la misma y siempre es tan parecida, en el inmenso juego de ir cambiando tan de tanto en tanto, poco a poco. Más adelante, tampoco me turbará mojarme en la pasarela que separa los ladrillos de la vida de la finita libertad de los patos del estanque. Un día, iremos a las gradas, a esas grandísimas escaleras que envuelven suaves rincones donde se puede ser uno mismo. Y te amaré. Te amaré demasiado. Porque serás un libro levemente abierto. Y tú solo querrás que te siga pasando las hojas, que me fije en cómo llevas narrados los hechos de la erótica y de la vida. Y entonces sí buscaré tu glande, sí, más o menos a la mitad de tu cuerpo, en el capítulo intermedio de todas tus vivencias.

Una vez lo haya encontrado, me prepararé para marcar con una raya de lápiz imaginaria (porque hace tiempo que perdí el estuche) la mitad de tu vida conmigo. Seguramente será tu mitad, la mitad de tu vida entera, pero para mí solo será la mitad de tu vida conmigo. ¿Quién sabe? Me prepararé y lo acabaré haciendo. Miraré entonces cuántas páginas me quedarán para acabarte y sin embargo no vislumbraré con exactitud cuánto tiempo nos subsistirá esta fantasía nuestra, porque entonces sin querer evitarlo empezaré a caminar más despacio. Lo notarás porque de repente un día empezaré a tocar con mi dedo índice el margen derecho de tus hojas recicladas de arriba abajo, a una velocidad de 10cm/s. cada vez que voltee una de tus páginas y lo haré con una lentitud irreconocible, nueva en mí. Pensarás que he cambiado. Pero en realidad es solo que estaré enfocándome más en el recto que en el verso cada vez que pasamos de una página a la siguiente. Yo pensaré, simplemente, que es que ya empiezo a conocerte demasiado.  

Al final, quizá en pequeños estallidos absorbentes, puede que bese un poco las esquinas arrugadas de tu memoria. Quizá estés más amarillo, no mucho más, no habrá pasado el tiempo suficiente, y yo empezaré a advertir los primeros síntomas de vista cansada. Sabremos entonces que debemos dejar esta aventura revolucionaria.

Entre gritos y emociones levemente contenidas, cerraremos el último capítulo de nosotros. Pensaré, en un dejo de pronta superación, que encontraré a uno mejor que tú, con más estilo, menos altanería, mejor cuerpo y con un lomo más apetecible, y sabré que, aunque es cierto, no hay dos cosas iguales en este mundo canicoso y puntiagudio. Me daré la vuelta, me guardaré las lecciones vitales que he desprendido de tu existencia.

Quizá, cuando ya haya acabado contigo, probaré pedacitos de otros muffins como tú (“Es que eras como un muffin, quizá el único tan apetecible y tan prohibido por mi nutricionista…”). Pero solo los empezaré, sin disfrutar de sus últimos bocados, porque antes volveré a buscarte. Tú sabes que volveré a escudriñar un poquito más de ti y que entonces sacaré mi lápiz, aclararé tanto lo que no había entendido de ti como lo que no había abarcado del todo. Quizá hasta te releeré un poquín el glande, por encima, no como la primera vez (cuando me fuiste encharcando la mente de morbo y también el dedo). Esto será, probablemente (pensaré entonces), lo último entre tú y yo. Me despediré rápido, como si no hiciera más que cerrar la contraportada de una historia finita y temporal, me despediré rápido, en un beso o con un último bofetón extraño y definitivo.


E irás a parar a la estantería. ¿Dónde si no? Una antorcha más dando lumbre a mi cuarto. Harás amigos, compartirás con las mejores de mis antorchas tu felicidad pasada, lo que queda de nuestras memorias. Y esperarás, quizá hasta el punto de que ese amarillento corte delantero empalidezca del todo, esperarás, no sé a qué ni para qué, pero esperarás. No te asustes si algún día alguien pisa, agita y muerde con una gran parsimonia tu corte superior. No temas, será solo un bocao de alguno de mis coracoles, Simonne y Sandr, que viven en una caja con algunas lechuguinas, entre la estantería en la que vivirás y la guitarra española que te apaciguará las largas noches de nostalgia (contenida o no, expresada o no; eso ya es cosa de cada uno). Quizá será, en realidad, que los he mandado a molestarte una larga tarde en la que me acuerde de ti vagamente y de la cortina de agua y de la pasarela que nos permitía distinguir la pesadez de la existencia de la aparente liberación y de las gradas y de las esquinas donde podíamos ser aquellos nosotros mismos de aquel tiempo y también de algunas de tus páginas, de tu clímax, de la dichosa raya que dibujé en la mitad de tu cuerpo y de mi lento caminar de entonces y de algunas de las vueltas que nos fuimos dando y, en un chillido callado y plausible, de lo amarillo que te estabas quedando y del último capítulo y de todo lo que vino luego, contigo y después de ti, y de lo penoso y bello a la vez que te veía en esta estantería. Y nuevamente de ti, me acuerde quizá. Puede que quiera sencillamente rememorarte un poco. Porque te seguiré queriendo. De otro modo, sobre todo con un cariz distinto y también con otras intenciones, pero con la misma intensidad, siempre.

1 comentario :

  1. APOLOGÍA Y REQUIEM
    “…gotitas de hastío…
    …finita libertad de los patos en el estanque…
    …antes volveré a buscarte…
    …sí, será lo último entre tú y yo…
    …me despediré rápido como si no hubiera más que cerrar la contraportada de una historia finita y temporal, me despediré rápido…
    …e irás a parar a la estantería…
    …nos permitía distinguir la pesadez de la existencia de la aparente liberación…
    …de lo amarillo que te estabas quedando…
    …porque te seguiré queriendo, siempre…”

    Después de un largo, angustioso silencio, este breve e incisivo relato, abierto como la Lección de Anatomía, sobre la mesa de disección, con los innúmeros circunstantes absortos en la contemplación involuntaria. Bien, Mei, nos tienes a todos con la boca abierta, temblando de decir algo, temblando de la emoción que se derrama, no ya como catarata, sino como un subrepticia inundación sin ruido de las ardientes palabras, una corriente humana de sangre de palabras, de palabras de sangre solitarias y nostálgicas, pero enteras y finalmente luminosas. Tan luminosas como el arte de la escriba.
    ¡Bravo! Bravo a pesar del dolor.
    Con afecto verdadero
    Jorge Mirarchi

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