martes, 14 de mayo de 2013

Historia de un incómodo despertar


Historia de un incómodo despertar

Por Juan Manuel Carrillo Flores

 Esa, como muchas otras veces, El Papiro andaba crudo. La noche anterior se había corrido una verdadera parranda, por lo que en él hacía estragos no sólo la cruda sino también la desvelada y la descremada.
      Para llegar a su casa tenía que cruzar toda la ciudad de México. No tenía ese día ninguna prisa por llegar por lo que decidió que su medio de transporte, o de reposo, sería un confortable autobús urbano de la Red de Transporte Público (RTP). La terminal estaba cerca y sólo tenía que caminar una calle para llegar a ella.
     
Había poca gente esperando por lo que no le fue difícil ganar un asiento. No habían pasado diez minutos cuando el sueño, el cansancio y la cruda hicieron su labor, lo vencieron. Sus ojos se negaron rotundamente a seguir leyendo el pequeño libro que traía consigo para casos como este: Trópico de cáncer, de Henry Miller.
      El vaivén del camión y el murmullo del pasaje eran el medio ideal para arrullarlo y poder conciliar el sueño. Su mente volaba muy lejos. Se imaginaba en el metro de Nueva York recreando sus lecturas eróticas. Como iba del lado del pasillo, el cuerpo de El Papiro parecía el de un caballo lechero por tanto cabeceo. La gente lo miraba divertida por su persistencia para tratar de mantenerse en el asiento.
      Conforme avanzó el camión se fue llenando también el pasillo. Nunca se dio cuenta cuando algo ya no permitió más su bamboleo. Era algo suave y fragante y estaba ahí, justo pegado a su hombro. ¡Qué maravilla de almohada, pensó antes de cerrar nuevamente los ojos. Al sentir la suavidad se acomodó y siguió soñando sus escenas millerescas.
      Un brinco del camión a causa de un tope lo hizo volar, arrancándolo de su asiento y de su somnolencia, para regresarlo a la realidad. Al tratar de mirar hacia el pasillo su cara se encontró con un hermoso vientre, con un rico olor a mujer. El Papiro emocionado volteó hacia arriba para ver quién le iba proporcionando tal comodidad. Se encontró con un lindo rostro, moreno, de grandes ojos, una guapa mujer que lo miró sonriente.
      La mente cochambrosa de El Papiro empezó a elucubrar de inmediato. “¡Ya ligué, cabrón!”, pensó. Sin embargo se sentía indeciso entre cederle el lugar a tan bella dama y seguir reposando la cruda. Era una verdadera disyuntiva entre ser caballeroso y abrir la posibilidad de una conquista o mostrarse indiferente para continuar tan cerca del “aquellito” de la guapa portadora. Optó por lo segundo. A fin de cuentas, concluyó, lo que la gente pensara de él le importaba muy poco o nada. Se impuso  la líbido.
    El ajetreo del camión era un buen pretexto para repegar su hombro al vientre de la risueña dama y disfrutar su delicado aroma. Era un buen motivo para poner en práctica las lecciones de Henry Miller. Procuraría no volverse a quedar dormido para evitar privarse de tan suculento banquete, se decía mientras volteaba hacia arriba de reojo y se deleitaba con el rostro sonrojado de la chica. Hacía especulaciones acerca de la edad que podría tener la mujer: “Veinte o veinticinco, no más”. 
"Quise motivar tu vida, quise motivar tu vientre, quise motivarte toda, quise motivarte siempre... ", tarareo El Papiro mentalmente al tiempo que se le dibujo en la boca una leve sonrisa.
      Otra cosa que enardecía a El Papiro eran los senos de la chica, dos melones de bastante buen tamaño que parecían quererse escapar de su red a causa del bamboleo rítmico, casi frenético, provocado por el vaivén del camión, y que ya se imaginaba mordiendo, saboreando.
      El cansancio pudo más nuevamente. Después de dibujar una pícara sonrisa, un profundo sueño se apoderó de El Papiro. De pronto sintió que perdía su punto de apoyo, su almohada, misma que fue sustituida casi de inmediato aunque ahora con más dureza, con un cambio de textura.
     Aquel acojinado almohadín ya no estuvo más, en su lugar estaba algo que no lograba definir. Trató de despertar para ver de qué se trataba pero sus lagañas de crudo le impidieron hacerlo con claridad. Quiso repetir la estrategia anterior y miro hacia donde se encontraba el punto de incomodidad y se encontró con otro vientre, pero ahora con el de un hombre bigotón.
     Al darse cuenta de lo que se trataba se volteó de inmediato, como un resorte, hacia la ventanilla del camión. Mientras, el bamboleo del camión hacía que su cara pegara de golpe contra su nuevo respaldo. Para su sorpresa, a cada golpe o roce, a su nueva almohada le nacía una protuberancia, se endurecía, se le restregaba.
     Con el enojo evidente en su rostro, El Papiro volteó hacia arriba “para verle la cara al cabrón que se atrevía a tanto”. No te enojes, le dijo divertido el pasajero de junto, “estas cosas pasan por tanto apretujón”, a la vez que veía que el bigotón se mordía tranquilo los labios. ¡Carajo!, contestó El Papiro. -¡Bajan, chofer!, gritó desesperado antes de ponerse de pie como resorte para, a grandes zancadas, alcanzar el estribo del autobús y bajar de un salto visiblemente encabronado.


Juan Manuel Carrillo Flores

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