sábado, 4 de mayo de 2013

Ensayo y error sobre las mesas


Se sientan en una de las mesas de la terraza de un bar. Mi mesa es la de al lado. La suya está coja. Me ofrecería a cambiar de mesa porque yo solo estoy bebiéndome un café. Ellos dos se han pedido «tallarines y bistec; por dos». Afán de laxa generosidad, la mía.  Sonrisa de complicidad entre los dos miembros de una pareja seguramente infeliz pero que ahora goza de dos horas de confianza. El libro que estoy leyendo está muy bien escrito, me gusta. La seguridad que se siente al estar junto a alguien, comiendo tallarines, un lunes al mediodía. No siento envidia.

La vida exprés galopa a caballo por las carreteras de esta Barcelona que un día está en todas partes y otro día solo en el destino de un avión desde cualquier parte del mundo.
Los manteles azules serpentean encima de las mesas de metal. Las sillas son incómodas. Subrayo en mi libro: «niños desorientados», «poca seguridad», «dimensión temporal del nuevo capitalismo», «al igual que la mayoría de la gente de su edad, detesta a los parásitos sociales», como si se tratara de sacar los hashtags de la obra del sociólogo inglés.

Lo que importa es lo que permanece siempre ante este mundo de cambio constante, ante esta vida exprés que ni de lejos hemos elegido. Con mucho, puede que nos hayamos propuesto plantearnos una vida diferente, en alguna isla perdida del Pacífico, de una manera fantasiosa y sin pretensión de hacerla real. ¿Cómo reeducarnos a nosotros mismos en este campo en que no paran de crecer las calles y de empequeñecerse los rascacielos voluminosos y altivos?

Los hijos del camarero ―me lo ha contado él mismo― vienen el mes que viene a ver a su padre y cruzarán el Atlántico en un larguísimo vuelo. A veces las familias viven separadas por una inmensa Atlántida de necesidades económicas. ¿Qué es lo importante? ¿La cotidianeidad? ¿Poder picar al timbre de nuestra casa ―¿nuestra? ¿seguro que es nuestra, la que llamamos nuestra casa?― y que alguien que nos lleva esperando poco rato se levante del sofá a abrirnos? ¿Satisfacer el estómago en la mesa coja de una terraza de bar mientras satisfacemos brevemente la ilusión de vivir el amor junto a otro?  ¿Qué es lo importante?

Sentarse, solo sentarse.






1 comentario :

  1. joarmir@hotmail.com5 de mayo de 2013, 21:58

    ¿Qué es lo que importa?
    Sentarse, solo sentarse. Pedir un coñac y tener amartillada la pistola con silenciador, sobre las piernas tapada con una servilleta, mirar alrededor, observar la vida pasar, ver esa pareja que simula su amor, ubicarse bien y dispararles tratando de atravesarlos a los dos con una sola bala, como Cupido.
    Guardar el arma, disimular, dar un traguito al coñac y esperar. Ya vendrán otros a ocupar ese lugar. Mientras tanto consolarnos pensando cuantos otros males hemos evitado con nuestra acción: menos construcciones, menos mesas en los bares, menos viajes, menos polusión, menos energía disipada, menos habitantes en las islas del pacífico y así siguiendo.
    ¿No es un negocio redondo?
    Ah, y cuando lleguen los hijos del camarero seguramente se abrazarán formando un grupo compacto...

    Jorge

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