sábado, 27 de abril de 2013

Todos conocemos a uno de ellos






Todos conocemos a uno de ellos. Y, sin embargo, no hacemos nada. Seguimos con nuestras vidas, más o menos como podemos, felices la mitad de las veces al irnos a dormir, pensando que hemos tenido un día totalmente satisfactorio; decepcionados con nosotros mismos la otra mitad de las veces, al despertarnos y darnos cuenta de todo lo que no hemos hecho y de todo lo que nos queda por hacer.


Todos conocemos a uno de ellos. Y los vemos de vez en cuando. En algunas etapas de nuestras vidas, según donde estemos, los vemos todos los días. Incluso tomamos café con algunos de ellos y charlamos hora tras hora sobre cosas que nos parecen importantes. Y nos damos cuenta de lo felices que somos, porque ellos tienen siempre un problema añadido a la existencia. Y bastante gordo. De esos problemas que nosotros nunca tendremos porque jugamos en otra liga. «Mi vida no va tan mal, comparada con la de ella»; «Qué fabulosa debe de ser mi vida a través de sus ojos». 

Todos conocemos a uno de ellos. Y sabemos que siempre están en el futuro incierto que nos acecha. Y su sonrisa, dibujada hacia abajo, permanece inmutable ante los grandes cambios de sus vidas. Y lo vemos. Pero no hacemos nada, porque no sabemos qué debemos hacer, ni siquiera apenas sabemos lo que debemos hacer con nuestras vidas. Y cuando pasan los años, los vemos hacer sus vidas, pero sabemos que en el fondo de sus almas se nos escapan sus pensamientos.

Todos conocemos a uno de ellos, pero en realidad no les conocemos. Puede que ellos sí se conozcan a sí mismos, quizá sospechemos algún día. Pero luego rechazamos esta leve intuición y les atribuimos la lejanía absoluta. No hay forma de divertirse con ellos. Pero a veces nos sorprenden con una variedad de juegos infinitos que a ellos les motiva y les entretiene. Puede, que al fin y al cabo, sí se conozcan a sí mismos y, en un amago de fingir que no se conocen perfectamente, nos vetan disimuladamente la entrada a sus fortalezas para no ver el maravilloso tesoro que aguardan sus almas inciertas.





6 comentarios :

  1. Todos conocemos a alguno de ellos.seguro los conocemos,el problema es la solidaridad. Ellos deben aprender junto con nosotros la solidaridad, que es la única fortaleza que podemos construir juntos. Pero para eso debemos renunciar al individualismo exacerbado, al partidismo excluyente,al yoísmo ciego, sordo y mudo. Jorge Mirarchi

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  2. posdata: Un día aciago en mi país, un día de golpe militar, resolví dejarme la barba - en respuesta al milico energúmeno que asociaba pelo largo y barba a los subversivos apátridas, como los llamaba. Años después, en un amago de democracia, resolví afeitarme la barba y menuda sorpresa me llevé al mirarme al espejo, que entre paréntesis es una actividad muy peligrosa. Pasó que vi algo que tu dices en tu escrito con una justeza extraordinaria y que me recordó todo esto: sin barba me apareció en la cara esa sonrisa dada vuelta que mencionas. Los largos años de dictadura me habían dado vuelta la sonrisa.
    Colofón: de inmediato volví a dejarme la barba, pero el mal ya estaba hecho. Saludos de Jorge sonrisa dada vuelta.

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  3. Jorge, me gusta el modo en como le das una interpretación al escrito. Lo escribí lo suficientemente ambiguo para que cualquiera pueda abrir paso a su imaginación.

    La anécdota que cuentas es muy interesante porque plasma en un detalle casi anecdótico lo alicaído que puede quedar un hombre cuando sufre situaciones como esas.

    PD: ¿A dónde te ha llevado el texto? ¿Quién crees que son ellos?

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  4. Lo primero que pensé sobre ellos es que son los parados, los que sufren el ajuste neoliberal, como el que pasó en nuestro país, donde a todos nos pegó el hachazo de los poderosos, especialmente en 2001-2002. Eso fue muy fuerte, por eso mi mente fue derecho a los vulnerables. Pero como bien decís tu texto es lo suficientemente ambiguo como para aplicarse a muchas situaciones padecidas por individuos a quienes conocemos, individuos inciertos con destinos ignotos, con almas y todo.
    Hasta puede aplicarse, en nuestro "gremio", todos conocemos a alguien que escribe, alguien incierto y perfectamente desconocido, el otro.
    jorge

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  5. Sí, de hecho la gracia es esa ambigüedad. Por eso es por lo que tenía curiosidad de saber qué había despertado en ti. Gracias por compartilo.
    Muchos saludos.

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  6. Sí, un gran escritor permite a sus lectores crear sendos propios mundos.
    Es más puede ser releído miles de veces y en cualquiera de ellos estarás de acuerdo.

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