sábado, 9 de marzo de 2013

La posesión de la rosa

(Cuento a Domicilio)


Me siento en frente de este ordenador y miro el teclado. Miro las mal pintadas uñas de mis dedos y al fijarme en mi pulgar derecho, tajado por el lateral derecho, advierto que no puedo escribir sobre nada. Ahora que tengo aquí una especie de angustia que no alcanza ni a asomar los ojos, no tengo nada qué decir, por banal que sea. Justamente ahora, que haría estallar por la boca este gran gotarrón salado de esta gangrenada herida que tengo en el estómago.


"La posesión de la rosa". Quizá podría ser esta noche un buen comienzo para la posesión. Así intitulé hace ya un tiempo una de mis infinitas porquerías. Así se llamaba y sin embargo estaba vacía. Un simple .txt vacío de nada. Solo había escrito el título. Nada más. Ahora podría ser uno de esos momentos, en esta noche de Navidad de 2012, en que destrozo uno de los cuentos más bonitos que tengo ―seguramente el único―, en que destrozo este título magnífico solo porque deja abiertos todos los caminos y encrucijadas que la mente pueda llegar a imaginar, en que lo destrozo para contar cómo es la mujer, que habita en ese gran gotarrón.

Es una mujer morena, alta y esbelta. Es una mujer con más de una sombra. Una figura que habla.
Que actúa con sus diversas sombras ondeando detrás, expresando todo el abanico de posibilidades en un veloz vaivén fantasma. Desde la fogosidad más exacerbada hasta la tristeza más fútil. Se superponen unas sombras a las otras con la excusa de formar dibujos escandalosos y escurridizos, bajo esos dos grandes focos de luz del teatro. Y vaya porquería de teatro. Las luces producen escabrosas intermitencias en la sala y la mujer desaparece cada segundo para volver a aparecer en el siguiente, en el que volverá a desaparecer. Todos, mujer morena y sombras incluidas, dan vida, en una interpretación teatral muy lúcida, a otra mujer, una chica pálida, pelirroja e ingenua que vive en una de las sombras.


Esta otra mujer, chica pálida, pelirroja e ingenua a la que la primera mujer, morena, alta y esbelta, interpreta en su teatro, se despertó a saber a qué hora de a saber qué día en a saber qué lugar[1]. Y cuando se despertó, seguía siendo humana, aunque no recordaba sus vivencias pasadas. Reconocía las cosas, sabía lo que eran, pero pensaba que no las había visto nunca. No podía situar esa gran avenida de coches y camiones, ni esas aceras hechas de cemento gris, ni el desdibujado paso de cebra que iba a cruzar. No lo cruzó, pues se acercó a ella un tipo misterioso, con un aire de decisión y certeza. Acabó caminando con él, contándole su historia, su historia de diez minutos como máximo, porque aunque no le daba demasiada buena espina era muy guapo. Diez minutos de historia y tanto futuro por vivir. El hombre, agradecido por la confianza de la mujer, ―a la que no sabemos si quería violar al principio para después volver a golpearla en el lugar adecuado haciéndole olvidar todo justo al caer desmayada en el banco donde se despertaría de nuevo―, quiso contarle la historia de un personaje que se llamaba Rafael.

Y resulta que Rafael era un personaje que lo veía todo difuminado con sus gafas antiguas. Se daba con todas las esquinas y tenía los laterales de los dos hombros literalmente hechos trizas. Todo el mundo en Fasamel se preguntaba por qué sería que no las cambiaba, hasta que un día descubrieron que es que habían estado dentro de un cajón que se había encallado y que había estado dos meses tratando de abrirlo. Todo el mundo se preguntó entonces por qué no se había, simplemente, comprado otras gafas y parece, por unanimidad, que habían decidido que era porque tenía la manía de llevar siempre las mismas, pues de este modo había sido en los treinta y cinco años de su larga existencia. Sin embargo, desistió en su empeño de recuperar las gafas, fueran cuales fueran los motivos, porque encontró unas gafas mejores. Él no quería unas gafas que le permitieran ver la nitidez de la realidad, sino que quería llevar las gafas de las fantasías, para ver la belleza o lo que él llamaba, simplemente, lo bello, pues belleza le parecía algo cacofónico. Con las gafas de las fantasías, además de captar lo bello, podía ver colores que nunca había imaginado, objetos que no podía ni siquiera nombrar y experimentar sensaciones indescriptibles. A través de sus gafas, vio un día a una mujer que rezaba en un xiuxiueig en la capilla de Fasamel.

“Gracias, Dios, por la familia en la que me has permitido crecer.
Gracias, Dios, por crear a todas esas personas que me enseñan cada día a ser mejor persona, a ser más generosa, más empática, más honesta y más decidida.

Gracias, Dios, por los cielos realmente estrellados, por los rizos definidos que no me has dado, por los contrastes de colores y la textura de las nubes que hacen que los paisajes sean tan bellos y que hacen que mirar cualquier mar sea como mirar el de mi hogar.

Gracias, Dios, por darme esta cabeza pensante y por darme ese potencial emocional que me garantiza la más amplia variedad de sentimientos.
Gracias, Dios, finalmente, por disponer la historia y la microhistoria de mis predecesores del único modo en el que el resultado es no creer en ti.”

Al terminar, la mujer empezó a recordar su niñez y de lo profundo que era en realidad el juego de la charranca.

Tiras la piedra y ahí donde la tiras es donde la has de recoger para ir más lejos todavía de lo que tenías pensado, más allá de donde los sueños alcanzan. Más allá de las metas, porque mientras recorres la meta ves que no quieres llegar al 7, sino al 10.
Pero aquella niña, aquella principita, en realidad no existía. Aunque sí existía ya la semilla de lo que algún día germinaría y acabaría por finar.

Solo iban a existir aquellos dos viejos del tren que se sentaron separados porque ningún joven estuvo dispuesto a ceder su sitio para que estuvieran juntos. Y en el no demasiado largo trayecto de tren, separados por quince metros y unos veinticinco asientos, a veces uno miraba al otro en el preciso momento en el que el otro no le estaba mirando y nunca alcanzaban realmente a verse si no era en sus encanecidas cabezas. Volvían a mirar, siempre, cuando los asientos contiguos se vaciaban, pensando que quizá en aquel preciso instante el otro también se voltearía para mirar y que con los ojos o con algún gesto apagado podría decirle que se acercase, que ya podían estar juntos. Sin embargo, solo podían estar juntos en el momento en que se reencontraban en la puerta del tren y presionaban el botón de “abrir” para abandonar ese tren al que seguramente nunca más volverían a apearse.

Y saldrán del tren. Y la mujer, muy rápidamente, volverá a ser la principita-semilla que jugará en el recreo a la charranca, juego que reinterpretará la mujer que agradecerá a a Dios la disposición ordenada de sus acontecimientos vitales en una capilla de Fasamel, la cual luego pasará por las gafas de las fantasías ―con las que se puede ver lo bello― de Rafael, que se irá a la historia de un personaje en la memoria-imaginación del hombre agradecido al que escuchará la mujer que se despertará sin recordar sus vivencias pasadas, la cual será vivificada por la mujer con sombras que actuará bajo dos grandes focos de luz y que será cobijada por ese gran gotarrón de la gangrenada herida del estómago de una mujer que a fecha de hoy seguirá sentada en frente de este ordenador y mirará el teclado y mirará las mal pintadas uñas de sus dedos y al fijarse en su pulgar derecho, tajado por el lateral derecho, advertirá que no puede escribir sobre nada y decidirá dejar vacía la posesión de la rosa inalcanzable.




[1] En honor a "Miss Amnesia" de Mario Benedetti.







3 comentarios :


  1. martes, 16 de abril de 2013

    CUENTOS A DOMICILIO..................Mei Manzanero: La posesión de la rosa
    CUENTOS A DOMICILIO..................Mei Manzanero: La posesión de la rosa

    El texto "La posesión de la rosa" es un texto desconcertante. Desde la promesa del título, que impulsa el ánimo del lector hacia un cuadrante Rilkeano o Borgiano, hasta el contenido mismo, que te desvía de allí para llevarte a un ámbito más propicio a Alwjandra Pizarnik, al Hesse de El Lobo Estepario con su teatrillo romántico, a algunos pasajes de Las Iluminaciones de Rimbaud,etc.
    La preocupación por el corte en el pulgar derecho, impedimento para escribir sobre nada conduce sin escalas al gotarrón de la herida en el estómago. Gran desasosiego. En el segundo párrafo comprendemos que esta vez tampoco se trata de la posesión de la rosa, que no destrozas nada, que se habla de otra cosa y que cuando lo mencionás comienza verdaderamente este trabajo, que adelanto me gustó mucho. La mujer morena y la chica pálida, el hombre con el cuento del personaje Rafael, personaje entrañable que prefería con sus gafas "no claras"
    quizás, "La posesión de la rosa", no la realidad visible, sino la otra, la bella. Aquella mujer vista rezando, oída rezando, tiene la misma identidad o realidad que baña a la posesión de la rosa, una realidad donde siendo niña juega a la rayuela. Y como la rayuela -que avanza y retrocede en el tiempo - la mujer recuerda el futuro del viaje en tren y el juego de asientos y miradas que no se cruzan cuando deben y que es una metáfora deslumbrante de la vida, y vuelve finalmente a la principita-semilla y flotará sobre la historia que acaba de enunciar y que decidirá quizás por la visión de esas uñas mal pintadas o el tajo en el pulgar derecho, que no puede escribir sobre nada y mucho menos sobre la posesión de la rosa inalcanzable. Y llegar a este adjetivo es el triunfo secreto de este relato, es la conquista de una sabiduría superior y la culminación de un periplo fascinante, que entre otras cosa no advierte la posibilidad futura de sí poder hablar de la posesión de la rosa -título que en cualquier momento te robo descaradamente.
    Celebro verdaderamente tu escrito. Celebro haber conocido tus escritos y tu existencia. No he leído todo lo
    que has escrito, lo voy leyendo de a poco en el blog, pero este es para mí el punto más alto. Sé feliz todo lo que puedas.
    Jorge Mirarchi

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  2. Me gusta disfrutar de la literatura y por eso trato de conseguir numerosos libros para poder leer cada semana. Es por eso que paso mucho tiempo en los domicilios disfrutando de buenas lecturas que me ayudan a mejorar en diversos aspectos de mi vida

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