sábado, 9 de febrero de 2013

¡Mecsicano, tu ser muy terco!


Seguimos este sábado con la última colaboración de la temporada. Hoy es de Juan Manuel Carrillo Flores, quien nos había mandado una participación (Las Chachalacas huelepedos) hace más de dos meses. Esta vez, el tema es de las condiciones del emigrante a Estados Unidos.
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¡Mecsicano, tu ser muy terco!

Por Juan Manuel Carrillo Flores
(Publicado en la revista Mira).

 "Aquí estoy, nuevamente a la espera para intentar, por tercera ocasión, llegar al gabacho. Nomás esperando que la migra se apendeje para lanzarme, en bola, junto con mis compas y el ‘coyote’ que nos guía”. Todo empezó hace medio año cuando, cansado El Cheyo de la pobreza de su gente vendió lo poco que tenía. De a poco a poco fue vendiendo una vaca, su burro, seis borregas y dos marranitos para juntar para el viaje.


-“Primero a Tijuana y de ahí p'al otro lado. Llegar a Tijuana no fue difícil. Amarrándose la tripa y sin voltear se pudo llegar de un jalón. Fue difícil vencer la tentación del tequilita y el tejuino en Guadalajara, los pollos a la leña con frijolitos en Tepic, los pollos locos en Sinaloa, las cervatanas bien frías en Sonora”, cuenta El Cheyo un poco retraído a la vez que amenazan las lágrimas con desbordarse de sus ojos.


–“Nomás pelaba los ojos y apretaba la panza para evitar que pudiera más el antojo que mi necesidad. Y es que eso de venir con pocos centavos, sólo con lo justo para lo más indispensable y para pagar el ‘coyote’. Ya ni pensar en echar vuelta y regresar. Me hacía el fuerte p’a no pensar en mi vieja y en mis tres hijos que había dejado en el pueblo casi sin nada p’a comer. Fue duro pero no hubo de otra”, comenta a la vez que juguetea con la tierra y mira de reojo hacia el otro lado del muro que divide la abundancia de la escasez, la bonanza de las carencias.


A veces gris concreto, a veces color metal galvanizado, a veces color ocre, el muro serpentea desde tierra adentro hasta encajarse en lo profundo de la playa. Decorado ya con cruces que recuerdan a quien se quedó en el intento, ya con collares de flores colgantes, ya con grafitis que refuerzan la mexicanidad y que en ocasiones se pudieran catalogar como murales de gran colorido y expresividad, el muro está ahí para impedir el paso de los miles y miles de “ilegales” que intentan cruzar cada día hacia territorio estadounidense. Más de tres millones lo intentan y 500 mil al año lo logran, incluidos los procedentes de Centro y Sudamérica, entre otras regiones del mundo, admiten las cifras oficiales de ambos lados de la frontera. Casi un millón al año sí llega, dicen los números de las organizaciones no gubernamentales.


Unos lo logran muchos no, pero a todos los mueve el anhelo de ir en busca de mejores oportunidades de vida. Muchos se dicen cansados de las promesas de los políticos de todo tipo y calaña. “Estamos cansados de que jueguen con nuestras necesidades, con nuestra pobreza. Y todavía quieren que votemos, ¡pendejos!”, dice Facundo, quien, al igual que El Cheyo hizo en Hidalgo, vendió en Oaxaca unos cochinitos y los “coconitos” (guajolotes) de su mujer para completar el viaje.


“Mire paisa, la tierra ya está cansada, ya no da nada. Dan miedo las profundas cuarteaduras por la falta de lluvia, donde hasta las lagartijas se caen y ya no salen. ¿El riego? No mi estimado, el riego nomás es p’a quien lo puede pagar y cuando juntas unos centavos te dicen que ya no hay agua, que ya se la dieron al ranchero, al del dinero en grande, comenta Justiniano, quien se emociona al recordar la tierra hidalguense (el Valle del Mezquital) que dejó atrás. –“Por eso nos venimos p’a acá. Por eso nos vamos p’a allá, dice con enojo. Visiblemente encabronado.


A pesar de la imponencia con las que a veces se aprecia la inmensidad del llamado muro de la tortilla, los paisas se las ingenian para treparla y saltar desde sus alturas hacia el otro lado. Ya usando las canaletas del troquel como escalones, ya haciéndole como pueden pequeños agujeros donde poder poner los pies para subir, ya haciendo hoyacos en su base para pasar como topos. Incluso muchos, posados como centinelas de poste esperan la oportunidad para cruzar aprovechando los remolinos que forman las olas en los tablones de acero clavados por los constructores de la cerca chimuela en la playa que divide Tijuana y San Isidro.


De pronto, al grito de unos “compas” que permanece sentado en lo alto en el filo del muro, el grupo, incluido “El Cheyo”, sube en tropel y salta hacia el otro lado y corre sin parar ladera abajo. Mezclados mexicanos, en su mayoría, con centroamericanos, sudamericanos e incluso uno que otro chino o indio (este si indio por proceder de la India), parecen conejos que intentan huir de sus cazadores que aparecen prestos en las camionetas rugientes de la “Migra”. A través de las mirillas hechas exprofeso por acomedidos anónimos, se puede apreciar cómo uno a uno van siendo detenidos por los uniformados “gringos”.


-Lo bueno es que no te golpean cuando te detienen. No, para eso de golpear no se comparan en nada con los nuestros. Aquí si te chingan cuando te agarran. Allá no. Cuando da miedo es cuando te tocan migras de origen mexicano. A esos si hay que temerles. Como que se sienten ‘gringos” aunque algunos dicen que lo que les pasa a esos pendejos es que tienen miedo de que lleguemos nosotros y les quitemos la chamba. Como ellos ya tiene papeles, ¿pus cómo? A chingar al mexicano, al paisa, nos platica El Cheyo ya de regreso en Tijuana. –“Los gringos no te chingan. Esta vez sólo me dijeron: ¡Oh Mecsicano. Tú ser muy terco! Aunque su alto cuerpo se nota algo desmejorado, él dice que “no pasa nada”. Sin embargo, su delgadez lo delata. Los pantalones se le notan aguangados cuando da largas zancadas conforme se adentra en esta nueva plática. Sigue siendo amable, sonriente alejado de su parquez inicial.


-La primera vez traté de cruzar por Ciudad Juárez, pero no. Por allá es más peligroso. Si logras llegar a la frontera ya es mucho, Por allá si no te roban, te secuestran o te matan para llevarte, como en los tiempos de la leva pero ahora con los narcos, de sicario pues. Si pasas todo eso, te espera el cruce del río. Con tantita suerte hay poco agua, en temporada de sequía. Si no, crúzate el río embravecido a nado, agarrado en un mecate, flotando en cámaras de tractor que te venden o rentan. Si llegas, agárrate porque te espera la “migra”, hay que burlar a la camarita, a los helicópteros de la “migra”. Con tantita suerte llegas a Nuevo México o a Texas pero dicen que son muy ojetes con uno. De “seboso” no lo bajan a uno.


Comenta que, como consecuencia del endurecimiento de las leyes migratorias en estados unidos y del reforzamiento de la vigilancia, sobre todo luego de que se construyó el muro fronterizo, muchos de los indocumentados, mexicanos y latinoamericano, intentan cruzar por Arizona. Por ahí está peor la cosa, dice El Cheyo, quien a regañadientes acepta tomarse una cerveza para mitigar la sed del mediodía tijuanense. -“Por Arizona a veces son semanas enteras de caminar por el desierto para poder llegar a Tucson. Por el día te quema un calor que está cabrón, por la noche te chinga el frío pero no queda de otra. El que quiere llegar al gabacho tiene que arriesgar hasta la vida”, expresa, sabedor que conoce el tema.


"Los cruces ilegales se están llevando a cabo en zonas más remotas y peligrosas y por esto el número de muertes de inmigrantes en el desierto ha aumentado”, decía Samuel Murillo, periodista de 'La Voz de Arizona', en su texto El camino para llegar a Estados Unidos de manera ilegal, más peligroso”.


Al comentarle el dato a El Cheyo, justifica su preferencia por la Mesa de Otay para cruzar. De hecho, dice, ya lo logró en una ocasión. –Fue hace unos quince años. Como pude me las ingenié para meterme por la Mesa. Aunque unos lo intentaban de plano colándose por el cruce fronterizo, incluso corriendo a pie en sentido contrario al camino internacional, otros escondidos en las cajuelas de los coches yo fue fui por la Mesa de Otay y logré llegar a California.


Motivado por una tercera cerveza, El Cheyo se sincera, nos cuenta con más lujo de detalles. –“Fue a mediados de los 90. Estuve en Los Ángeles pero como no tenía ni un “’conecte” ni nada me tuve que dedicar a vender ‘churros de mota’. A veces me dormía en los parques, escondido para que los negros, que no quieren para nada a los mexicanos, me delataran. En ese entonces apenas empezaban a venderse en las calles las grapas. Entre los riquillos la coca ya se consumía mucho pero en las calles no tanto. De eso vivía y de eso logre juntar algo de dinero, dolaritos”.


Sin embargo, un día se enfermó uno de mis chamacos y tuve que regresar a Hidalgo. A lo mismo. Una vez que m’ijo se curó me vine de nuevo a Tijuana. Al principio me resignaba y empecé a trabajar la carpintería. Aprendí bien el oficio pero como siempre el deseado ganar en dólares pus, aquí me tienes esperando el paso de los días. Nomás esperando para pasar.


Al día siguiente, a dos meses de haber visto frustrado su más reciente intento para llegar “al gabacho”, había una nueva cita con El Cheyo para continuar la charla pero no llegó. Un compa que “jalaba” con él para todos lados, dijo que “parece” que ahora “sí se fue” sin importarle “las hambres del camino”. Afirma haberlo visto correr “como conejo” y remontar tierra adentro hacia territorio californiano. “La migra no le vio ni el polvo, parecía una liebre pero con tenis”, dice su amigo casi al borde del júbilo al narrar la hazaña de El Cheyo, su compa.

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