martes, 22 de enero de 2013

El Anti Proust

Colaboración de Jorge A Mirarchi. Seguimos contentos de recibir más textos.
Saludos. Esperamos que os guste.
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EL  ANTI  PROUST

Acerca de la memoria; acordarse de olvidar, olvidar todo.  Olvidarlo todo, una liberación completa, total, del recuerdo. ¿Para qué recordar?  ¿Sirve de algo?

El recuerdo es un sufrimiento inexplicable, inútil.


Hay que olvidar, entrar en la densidad opaca del tiempo y disolver toda necesidad, deseo o nostalgia por el recuerdo, por el pasado.

Y así no saber nada de los amigos muertos, de los padres muertos, de los que se han ido, de los traidores, de los falsos, de los hipócritas, de los perversos, de los que olvidan y de los que recuerdan, de esos que, aunque no los recuerdes, han tenido una existencia probable.

Ah, soledad llena de sol, cómo te deseo cada vez más.

La cenizas son el testimonio del fuego pero también del fin del fuego, de su consumación, y regadas al sol, en un campito verde o en un desierto amarillo son una bendición sin fecha de vencimiento.





*







jodidas ventanas que dan al crepúsculo

miradores desguarnecidos

donde el futuro se  refleja

sin conmiseración

las manos sobre el marco de madera

gastado hasta lo indecible

la vida inmisericorde

y el sol

el fugitivo

ocultándose

borrando la idea de ventana

borrando la noche

disolviéndola en la oscura turbulencia

de las fieras desatadas en la

libertad

de la jungla a dentelladas

confusas

afuera

como si todo debiera resolverse

--y se resolverá –

en unas horas

pocas

antes del amanecer









*





He olvidado el rielar de la luna en min taza de té, en la penumbra de una escalera que supongo, porque no recuerdo

llevaba a mi pieza, en el entrepiso, quizás a medio camino a la azotea de esa olvidada casa de la calle Cochabamba

que ya no existe probablemente, modificada o destruida por sus nuevos dueños, otra gente desconocida que compraron la casa una maladada mañana en un Banco del Once, Banco de la Ciudad –ex Municipal- sucursal Once

una pareja joven que comenzaba su vida conyugal justo comprando esa casa de la que no recuerdo prácticamente nada, ni cómo era, ni los que vivieron allí cuando yo que tampoco recuerdo, no estoy muy seguro de haber dormido mi larga adolescencia entre esas paredes tan antiguas, anteriores a mí mismo, anteriores a mis propios padres, donde probablemente sería lógico que ellos hubieran pernoctado en ella por años, hasta mucho después de mi ida, y que por esas reglas curiosas que rigen esos tiempos desconocidos vinieron –las paredes- de nuevo a mis manos, que desesperados no quisieron tomarlas y buscaron deshacerse de ellas – de las paredes y de la propia casa-  lo más pronto posible, aunque de todas maneras la burocracia impuso sus  dilatados tiempos, ayudándome a olvidar y vaciando la casa, en la que ya no vivía, hasta de los olores que podrían –como la maldita magdalena- ayudar a un recuerdo de cual aborrezco, y volviéndola completamente irreconocible y ajena, hasta que pude deshacerme por fin ella, sin volver a verla ni por un segundo.  Ahora otros construirán en ellas mejores recuerdos y superiores olvidos y sus absorbentes paredes perderán toda huella de ese paso mío que ya no recuerdo y que a mí concierna.

Es así la historia de las cosas humanas: una imposibilidad de origen, un oximorón galopante, una contradicción en esencia.  La historia es una traición que cuanto más pertinaz más verdadera, más justificada: Y sin considerar la historia social, aun más perniciosa que la individual y menos justificada, más llena de errores, de monstruosas deformaciones que no conforman a ninguno de los involucrados y que no sirve a los fines de saber nada de todo aquello que no haya sido tenido por la consciencia de cada cual y aun  de lo meramente presente todavía en los sobrevivientes de lo acontecido, que mal pueden recordar los hechos que los  liguen a sus contemporáneos, con los cuales siempre han tenido sus diferencias, de apreciación, de visibilidad y de registro, ni qué decir de intereses, por lo cual cada una ha conservado, si es que ha conservado algo;  cada uno una historia distinta, una peripecia personal, tan disímil de las otras como si hubieran sucedido en otra época, en otro suburbio, en otra ciudad y a otra hora.

Que en esto de recordar hay una gran falacia, un constructivismo imaginativo e inocente, que cree poder operar sobre esos insignificantes indicios de la mente para recuperar recuerdos “valiosos” o “significativos” y levantar sobre ellos cascadas de episodios coaligados o desligados, muy comprometedores con  la historia personal de los causantes.  Son como las viejas fotografías familiares ante las cuales uno se dice inmediatamente “quién carajo son estos tipejos sonrientes y seguros de sí mismos que parecen estar invitándome a ingresar con ellos en la cartulina o también teniéndonos del brazo a una figura que pueda atribuírsenos” tomándose libertades o familiaridades que desde luego nosotros no estamos en posición  ni disposición de permitirles o consentirles ni ahora ni antes ni en el  momento imposible, fantástico e imaginario de la toma.

No hay derecho a trabajar con esas reglas, ni a jugar, ni uno debe caer en la trampa de esas fotografías por más venerables que quieran presentarse. Son pura ilusión, es puro nitrato de plata sobre la superficie de la cartulina, una capa insignificante distribuida aleatoriamente sobre la cara del papel o cartulina, y ésta misma no es más que una baraja de tarot, disimuladamente introducida en la historia de un individuo y queriendo ser interpretada gratuitamente como provocada, justificada y asumida por el causante.  Puras pamplinas, malas artes, juego sucio. Fantasmas agitados en la penumbra de unos ojos estragados por el tiempo, la fatiga y ese sentimentalismo que acontece con la edad y que se acentúa con el acercamiento a los límites.

Hay que desmarcarse, servirse una copita de ron y mirar el atardecer sin mucho cariño y sin involucrarse en él.


Jorge A. Mirarchi

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