viernes, 28 de diciembre de 2012

Las patoaventuras de Superfecal, alias El Perro Negro



Igual que empezamos diciembre con un cuento de Juan Manuel Carrillo Flores, estamos a punto de acabarlo con otros cuento, también suyo. Esperamos que os guste.

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Las patoaventuras de Superfecal, alias El Perro Negro

Por Juan Manuel Carrillo Flores


¿Qué es eso que surca los cielos tan veloz? ¡No es un avión! ¡No es un cohete! ¡No es un OVNI! ¡No es Super Ratón! ¿Qué es, Virgen del Huerto?

Esta es la historia de un neosuperhéroe harto chingón p´a los madrazos, virtud que le permitía poner a salvo a cuanto -y cuanta, no hay que olvidar que el sexismo en el lenguaje es lo in- común mortal estaba en peligro. Su nombre: Superfecal, quien, al igual que Kalimán, su competidor de antaño, dice ser  “el hombre increíble” y además invencible, aunque nadie sabe qué es.


Nacido en cuna humilde, allá por tierras purépechas, desde pequeño sus padres le hicieron creer que provenía de sangre azul y se la creyó. Desde joven destacó por mandón, siempre para congratularse con sus superiores. Deslenguado a más no poder, aunque no tanto como un chómpira suyo a quien más tarde se le rebeló, usaba su verborrea para imponer su dicho, virtud que lo llevó no sólo a liderar a su redil sino a ocupar una curul en el Salón de la Hueva.

Un buen día, quiso el destino que el Zorro Deslenguado llegara a “La Grande”, ante quien presto se apersonó para ofrecer sus buenos oficios. Éste, corto de mira, no dudó en atraerlo a su círculo. Sin embargo, más tardó en asegurar la chamba que en empezar a patear el pesebre y hacer una que otra transita a través de su brother in law. Así se la pasó algunos años para de pronto brincarle a su novel protector.

Nadie  sabe que chinche lo mordió pero aseguran que, así como el Hombre Araña adquirió poderes tras una picadura de un arácnido, este chaparrón Bonaparte pasó de ser un debilucho chapatín a todo un superhéroe, capaz de competir con los ya consagrados como Superman, Batman e incluso mejor que la Mole de los Cuatro Fantásticos. Es más, héroes nacionales como Juan sin Miedo, El Payo, Rayo de Plata e incluso El Santo y Kalimán, nada son al lado del naciente superhéroe patrio: Superfecal. Cuentan que tras la mordedura de la chinche Superfecal se tornó fuerte y feroz, de tal suerte que se envalentonó y mandó al diablo a su Zorro protector y se le fue por la libre para agenciarse el liderazgo del redil.

La fama adquirida de pronto le permitió vencer a cuanto se le puso enfrente para impedirle llegar a La Grande, cosa que logró “haiga sido como haiga sido”. Ya instalado en el bosque Pinolero, se rodeó de incondicionales como La Maestra, como su mentora de cabecera, El Bóxer para administrar los dineros y El Doberman en las labores para aplacar con sus actitudes porriles a la peonada, así como cientos de pistoleros liderados por un Lunático y armó tal desgarriate echando bala por doquier que alborotó al avispero. No midió consecuencias y a pesar de que mientras sus huestes realizaban uno que otro apañe de malosos, éstos empezaron a cortar cabezas de cuanto se les cruzaba en el camino.

Dicen que el corredero de sangre era tal que, al igual que Pedro de Alvarado tiñó de rojo las escalinatas del Templo Mayor, Superfecal hizo escurrir sangre en valles y bosques, de costa a costa y de frontera a frontera. Que sus superpolis apañaban o liquidaban a un maloso por aquí, aparecían veinte muertos y descabezados por allá y otros treinta descuartizados por acullá. Que si lograban una captura menor, El Lunático montaba todo un show para hacerla pasar como “golpe espectacular”, esto al más puro estilo telenovelesco. Mandarriazos y mandarriazos y nada, los malosos seguían igual o más envalentonados. Pura mortandad, diría Juan Preciado en el Pedro Páramo de Juan Rulfo. Algunos “malintencionados” tuvieron la paciencia de llevar el conteo de bajas de ambos bandos y aseguran que las cifras superan las 70 mil muertes, incluidas al menos 20 mil “bajas colaterales”, muertes sin sentido por las que alguien tendrá qué responder algún día.

En plena euforia por sus superhazañas y con la sangre azul hirviente Superfecal se mofaba de sus críticos. No saben nada de esto, “Como nunca” yo sí sé como someter a los malosos, decía; “como nunca” esto, “como nunca” esto otro. No le importaba que el respetable se pitorreara de él y se preguntara “quién es más pendejo”, si El Zorro por habérsele escapado El Chapín vivo, o Superfecal por habérsele escapado El Lazca muerto. Que cambie la estrategia, nada; que eres muy cruel, nada; que te estás llevando entre las patas a inocentes, nada, su superpoder era la única verdad que valía y la imponía por sus meritos gumaros.

Empero, tal y como dice el refrán aquel de “no hay mal que dure mil años ni majes que aguanten más de seis años tal derramamiento de sangre, igualito le pasó a Superfecal. Desde el cuarto año de hazañas, la buena estrella de este superhéroe se empezó a apagar. De por sí, a la persistente luz de la esperanza que los siguió a todos lados se le sumó su mala pata de que con sospechosa frecuencia perdía a sus más leales escuderos. Su supercuico se estrelló contra una montañita cubierta de niebla cuando volaba presto en su baticóptero; el que cuidaba el interior del poder se estrelló en un avioncito a unos metros de la cabaña pinolera –dicen que por andar jugando arrancones aéreos; el que le siguió terminó de manera similar estampado en otro baticóptero en la ladera de una montañita a pesar de que sus pilotos eran expertos en el arte de volar. Por más que trató de explicar la causa del percance, incluso a unos días de partir, nadie le creyó. El colmo, ya en la recta final enfilado hacia el olvido, su escudero de Economía, uno de apellido de potente auto, que no Jaguar, resultó menos efectivo que un humilde Vochito y se le puso grave a causa de una trombosis sufrida en pleno vuelo procedente de Suiza. ¡Para deprimir al más plantado!

Para empezar, no pudo imponer en el palenque nacional a un incondicional para que siguiera al frente de La Grande y de paso le cubriera la espalda a él y a sus allegados,  incluido el brother in law incómodo. Por más que quiso asegurar candados para no ser tocado por la Justicia a la hora de la retirada, n´omás no pudo. Al igual que Superfecal hizo con el Zorro, sus huestes azules se le rebelaron e impusieron a una faldona que pese a que se quiso presentar ante el respetable como pantalonuda no le creyeron y no sólo perdió sino que se fue hasta la zaga de los suspirantes por La Grande.

Los arreglos de otro chapatín originario de cerca del Rinconcito de Acambay fueron más poderosos que la otrora fortaleza invencible de Superfecal y le propinaron tal patada en el trasero a la hora del Palenque que no le dieron tiempo de explicarse lo sucedido. Aunque cuestionados, los resultados del Palenque fueron contundentes: Superfecal p´a fuera. Dicen los que lo vieron que quedó tan atarantado que ni cuenta se dio que había perdido la jugada. De nada sirvieron sus reproches, gritoneos y manoteos para apaciguar al respetable y hacerse notar ante la naciente estrella del Sucesor. Todos se pitorreaban de las seudohazañas de Superfecal.

Como para echarle merthiolate a la herida, Superfecal siguió pregonando los supuestos logros de sus hazañas como si nada hubiera pasado. Que si como nunca esto, que si como nunca esto otro, mencionaba miles de hazañas que sólo existían para él y los pocos que aún le creían. Dibujaba un mundo mediático que sólo existía en su mente y en los dueños de los medios que se llenaban de dinero los bolsillos con las jugosas facturas a cambios de sus mensajes triunfalistas. Era tal su mentira que al pie de una enorme manta que colgaron sus corifeos en la entrada de un hospital destacando logros imaginarios, en la ventanilla de junto una recepcionista mandaba a volar a una madre con su hijo enfermo, con 40 grados de temperatura, porque ahí no le tocaba.

Para consolarse un poco de la indiferencia del populacho, el ya menguado Superfecal inauguró cuanta obrita se le ofreció y se organizó una gira mundial de despedida. A diestra y siniestra reparte adioses, que al del Norte, que a Sus Majestades, esto por si alguien dudaba que en el fondo de su supuesta alma republicana anida el fervor monárquico mostrado por sus gurúes de antaño ante Maximiliano. Pretextos le sobraron para viajar al extranjero y de paso buscar chamba. ¡Ah! Cómo hace recordar las giras del adiós de decenas de grupitos musicales de pacotilla que ni quien los pele.

¿Pero qué es eso que surca los cielos más rápido que Flash Gordon?

Eso que surca los cielos más rápido que la luz es Superfecal. Se trata de un neosuperhéroe indefinible que se aparece por aquí y por acullá, cuan avistamientos extraterrestres como esos que nos reseña de vez en vez Jaime Maussán y que sólo son producto de su imaginación, el mismo Superfecal a quien el más conocedor del tema ha errado en describirlo.

Cuentan los pocos que han tenido el privilegio de verlo de cerca que se parece a Supercán, por aquello del Perro Negro, corrido emblemático de José Alfredo Jiménez con cuya interpretación confirmó que no canta mal las rancheras, las destroza peor que concursante de la Academia como el tal Yahir de TV Simi que hace carcajear con sus berridos a Camilo Sesto.
                                         
                                                                               Juan Manuel Carrillo Flores

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