sábado, 1 de diciembre de 2012

Las Chachalacas huelepedos


¡Buenos días! Empezamos el mes de diciembre con "Las Chachalacas huelepedos", enviado por Juan Manuel Carrillo Flores. Esperamos que os guste.
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Las Chachalacas huelepedos

Hay gente que se arrastra un día y es muy buena,

hay gente que se arrastra muchos días y es mejor,

pero hay gente que se arrastra toda la vida,

esa es la imprescindible (para los patrones).


(Adaptación libre de un fragmento del poema de Bertolt Brech)


Mire m´hijo. Esta es la historia de tres chachalacas y una que otra jilguerilla que anidaban en lo alto de los montes Pirineos, allá por el poniente, donde se mete el Sol. Las tres tenían algo en común: gustaban harto y gozaban hasta el delirio de los pedos que expelían sus superiores.
Es más, habían desarrollado tal adicción a los pestilentes gases que si se les privaba de olerlos n´omás no se hallaban.  A falta de capacidad para escalar posiciones en el trabajo del Nido, de manera rápida desarrollaron tal habilidad, se les dio de manera natural.



    Primero llegó una. De manera sutil se le pegó a “El Tres Almendras”, quien, por cierto, se hizo de ciertas mañas para congraciarse ante sus patrones y esperó agazapado a que su jefe cayera en desgracia para apañarse el Nido. A done iba lo acompañaba, se acomedía, digamos. De pronto la paciente espera de “La Primera” chachalaca huelepedos recibió la recompensa anhelada y se le hizo un huequito en el Nido. A partir de este momento se le colgó del “La Huelepedos Mayor”, nombre que se agenció no por su nivel de mando sino por su fiereza para aferrarse a la cercanía.



     La “Huelepedos Mayor” sí que era gandalla y malhablada, cabrona pa´pronto. Nada le importaba con tal de que su superiora y “El Tres Almendras” se fijaran en ella. Bueno, digamos que el respaldo de su superiora ya lo tenía asegurado desde años atrás ya que se había encargado de colmarla de halagos. Como ambas chachalacas tenían sus respectivas crías, esto era un magnífico pretexto para congraciarse con ella. Que “cómo amaneció” la peque, que “Plumachudis” –porque así le decía por aquello de que tenía el plumaje alborotado- ¿cómo te fue” con aquél?, que “¿qué hiciste el fin?”, que “¿qué te duele Plumachudis?”. “¿Dime Plumachudis?”, en fin, no se le podía atorar el aire a “La Primera Huelepedos” porque ahí estaba “La Huelepedos Mayor” para desatorárselo.



   A partir de que se hizo oficial que “La Primera Huelepedos” ya tenía un lugar en el nido, la cercanía de “La Huelepedos Mayor” se intensificó aún más. Su afición por el chisme y la leperada, propias de su condición de chachalaca lépera, perdón de Peral –árbol cuyos frutos son del gusto de las chachalacas-, pasó de ser estridente y ruidosa a un mero murmullo. Cómo el nido tenía varios huequitos, se agenciaron del que creyeron más discreto para pasar ahí largas horas de cuchicheo, nada más de cuchicheo, no sean malpensados. A pesar de que el Nido se estremecía con frecuencia a causa de su debilitamiento por la falta de atención y mantenimiento, estas dos chachalacas huelepedos se hacían las desentendidas

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y dejaban que el Nido funcionara gracias a la laboriosidad de otras aves que lo habitaban mientras ”El Tres Almendras” digamos que “pajareaba”.



     Había ocasiones en que el resto de las aves del Nido brincaban por los excesos de las chachalacas y acudían a expresar sus quejas ante “El tres Almendras” pero éste, bien propio, en lugar de poner un remedio, meterlas en cintura, digamos, les daba más alitas. A éste lo que le gustaba es que lo colmaran de halagos. A pesar de que eran raquíticos sus logros, tanto en el Nido como en las carreritas de Mickey Mouse en las que participaba, gustaba que lo elogiaran y para esto sobraban aduladores, unos por convencimiento, otros por mero compromiso y otros más por puro sarcasmo, pero ahí estaban adulándolo, elogiándolo, pitorreándose de él y de sus medallitas del Pato Pascual. No era capaz de darse cuenta que ni en los juegos Paralímicos –sin tratar de ofender a sus participantes, aclaremos- podría destacar.



     Tan ocupado andaba “El Tres Almendras” en sus menesteres que ni cuenta se daba de lo que hacían las chachalacas, ya porque andaba en la depre porque le habían robado a su paloma, ya porque andaba en plena conquista de una nueva pichona. Que se movía “La Primera Chachalaca”, ahí iba “La Chachalaca Mayor” tras ella. Caminaba, la seguía, se detenía, se paraba encorvada, con su joroba de bruja. Era su sombra eterna. Que las otras aves se ponían al brinco ante quien fuera, ahí llegaba para aplacarlos a mentadas de madre cuan si se tratara de la dueña del Nido; que se hacía un anuncio “importante” ante los ocupantes del Nido, se aparecía, paraba oreja, siempre presta a defender con su lengua rastrera “a los de arriba”. Es más, hasta detrás de la puerta del baño paraba oreja, ¡qué no escucharía!  En esta delicada labor era ayudada por una chachalaca de rango menor, parda de plumaje güero, para más señas, la cual pese a su baja capacidad y nulos resultados se envalentonaba y defendía sus tareas. ¡Denme una oportunidad para demostrarles que puedo!, gritoneaba la chachalaquilla.



     A pesar de que las chachalacas se las daban y se las dan de honestas, siempre prestas a cuidar el bolsillo del dueño del Nido, se las ingenian para hacer una que otra trancita. Miren n´omás: Mientras algunas aves inocentonas les piden pases para uno que otro evento ellas se los toman para acudir, incluso a lugares VIP, faltaba más, ¿qué la calidad del plumaje no cuenta?. También a lo bueno se acostumbra uno, reclamaba la Huelepedos Mayor. Mientras algunas aves fueron echadas del Nido por atreverse a birlarse un pasesillo, estas chachalacas se dan el lujo no sólo de disfrutarlos a su antojo sino de repartirlos entre sus corifeos, sus aduladores. Tal fue el caso de dos pasesitos para la Madonna que habían prometido entregar entre el respetable, a quienes mandaran más mensajes al Nido, pero nada, sólo fue uno y se lo dieron a El Cantador, un pajarillo de raras maneras y harto lambiscón con los de arriba.



     Hubo un caso que no sólo ameritaba sanción por parte de los altos jerarcas del Nido de Pirineos sino de la Autoridad.  Había en el Nido un gordo y güero ejemplar

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que acostumbraba acosar a las avecillas. En una ocasión una de ellas se envalentonó y se atrevió a denunciar tal estado de cosas luego de recibir una “propuesta indecorosa”.  Empero, lejos de ser escuchada por los altos Jerarcas, éstos la presionaron para que se fuera del Nido, previa amenaza velada de que si abría el pico la pasaría mal. En cambio el Gordo Güero, agringado, para más



señas, fue premiado con un puestecito que aseguraba su dominio en los nidos menores que hay en los montes del país. ¿Linda manera de practicar la honestidad, no?



      Entre los malos hábitos que tenía “La Chachalaca Mayor”, era su proclividad a creer pendejadas de brujería. Es más, se ufanaba de tener su bruja de cabecera. Le hablaba con mucha familiaridad cada que le pedía cuanta pócima necesitaba. Que para el amor, de ella y de La Primera Chachalaca; que para la salud, que para la hueva, que para no sé qué tantas cosas. El colmo fue, cuando aún era una simple jefecilla de las otras aves, jefa de las aves nocturnas, digamos, porque también sabía volar de noche: les untaba las “poderosas” agüitas que le preparaba su bruja en las orejas quesque para que les fuera bien, que nos la regañaran. No conforme con eso, rociaba el líquido que le había preparado su brujita querida en los lugares de trabajo del Cachito de ave, y en los lugares de las otras dos aves canoras, por si se cambiaba de sitio, “para que no llegue enojado”, decía. Hacía esto al menos una vez a la semana. Ya ni hablar de las horas que se pasaba enlelada viendo sus telenovelas o platicando las chachalacoaventuras de su cría andreanógina y cuando se daba cuenta ya eran las dos de la madrugada. Entonces venían los apremios para las otras aves. Las ponía en chinga a darle a duro a con sus alas para que al salir el Sol estuviera la chamba lista. He ahí la causa de infinidad de errores.



    El colmo fue cuando con el pretexto de “orar” por no sé quién “La Chachalaca Mayor” encendió unas velas “tratadas” por su bruja en su rincón del Nido. Las encendió y se salió para ir a seguir, faltaba más, a “La Primera Chachalaca”. De pronto alguna de las aves vio que en el rincón se empezaban a hacer pequeñas llamaradas y salía humo. Al asomarse se percato que la flama de las velas ya habían alcanzado a algunos papeles. Como esta ave no tenía tratos con La Huelepedos pensó en dejar que se quemara el rincón, pero su conciencia pudo más y le avisó a otra de ellas, una muy laboriosa y chambeadora, por cierto. Ambos optaron por apagar el pequeño incendio no sin antes pedirle e segundo al primero que callara, que no hiciera olas, bajo el compromiso de que pediría que le llamaran la atención. ¿Qué hubiera pasado si no se da la voz de alerta? ¡Adiós nidito, seguro!



      Otra de las virtudes que tenían las chachalacas era su tacañez. Buenas para la gorra pero cortas cuando les tocaba por el desayuno o la comida en el nido. Como se acostumbraba que cuando llegaba una pajarillo nuevo al nido pusiera la botana, la Primera Chachalaca se apersonaba de inmediato a solicitar el

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cumplimiento de tal tradición, Sin embargo cuando ésta fue premiada con el carguito se hizo la occisa y no puso nada. Cada que las aves del nido se lo pedían con su risita chocarrera se escabullía y se iba de volada a su rincón. El colmo fue un fin de año, cuando a las dos chachalacas les tocó “mocharse” y llevaron unas flautas tan correosas que parecían de cuero. Seguro que como una de ellas vivía cerca de La Villa, propuso comprar de las del día anterior, para no gastar mucho, digo. Todas las aves que disfrutaban del convite se mofaban de la fuerte

resistencia que oponían las flautitas a ser deglutidas, mientras ellas se habían lucido llevando verdaderos manjares el día que les tocó. ¡Culeras!, era la opinión generalizada.



      Otro momento chusco que protagonizó La Primera Chachalaca fue en una visita tempranera del Cardenal, un ave copetona que llegó procedente del nevado de Toluca y hoy día está de moda, es más, la tendremos presente durante los próximos seis años. Pues bien, resulta que una avecilla harto acomedida –chiquilla pero movida- vio a los chalanes del Cardenal y les ofreció una cafecín. Sin embargo el gesto fue rechazado porque, dijeron, ya se lo habían pedido a la chachalaca del servicio, o sea a La Chachalaca Mayor. Cuentan quienes la vieron que nada más se le paró el plumaje. Dicen que encorajinada porque la habían confundido con “La Chacha” y la habían mandado por el cafecín salió disparada echando madres de la salita del nido. ¡Pos cómo!  ¡Cómo chingaos confundir a la realeza de Peral con la plebe (palabra puesta de mofa gracias a la hija del futuro inquilino de Los Pinoles)! ¡Pendejos!, quiso gritar pero se tragó el enojo porque así convenía a su condición de chachalaca arrastrada.



       Quien crea que tanta lindura junta no es duradera, está muy equivocado. Aunque algunos optimistas guajiros apostaban a que este estado de cosas no duraría mucho, la realidad es que ya han pasado varios años y lejos debilitarse cada día se afianzan más al nido. Es más, ya han logrado tirar del nido a aves bien preparadas, chambeadoras. Tal es el caso de La Ojitos, grandota y noble; a La Entrona, A El Risueñor –por risueño no por cantador-, incluso el ave Mayor y El Condor tuvieron que volar hacia nuevos horizontes con tal de librarse de tal frado de pendejez e ignorancia de las chachalacas; es más, no se han detenido ni siquiera para sacudirse a algunos de sus aduladores como el que en eza sucia tarea los acompañaba –y que se deba buenos gustos a costillas de destacadas aves canoras, ya apañándose los regalos que les llegaban, ya apersonándose en los convites haciéndose pasar como “representante” de ellos- , así como a muchos más que ya habían echado tiempo antes bajo cualquier pretexto.



¿Hasta cuándo seguirán haciendo de las suyas esas chachalacas, apá? Hasta que los dueños del Nido quieran y estén dispuestos a soportar sus tropelías, m´hijo, y ya duérmase. Yo creo que también les convienen, les sirven para tapar sus cochinadas, m´hijo. Por cierto m´hijo, en desagravio a las chachalacas debo decirle que se trata de “un ave gallinácea de México que cuando está volando no cesa de gritar”. Eso dice el diccionario m´hijo. Nota: cualquier parecido de estos personajes con la realidad pirineoesca no es mera coincidencia, ¡ES LA NETA!


Juan Manuel Carrillo Flores


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