martes, 26 de junio de 2012

Francis Ponge: poemas habitantes



Poemas habitantes, de Francis Ponge


El mar hasta la cercanía de sus límites es una cosa sencilla que se repite ola por ola.
Pero para llegar a las cosas más sencillas en la naturaleza
es necesario emplear muchas formas, muchos modales;
para las cosas más profundas sutilizarlas de alguna manera.
Por eso, y también por rencor contra su inmensidad que lo abruma,
el hombre se precipita a las orillas o a la intersección de las cosas grandes para definirlas.


Pues la razón en el seno de lo uniforme rebota peligrosamente
y se enrarece: un espíritu necesitado de nociones debe ante todo hacer provisión de apariencias.
Mientras que el aire hasta cuando está atormentado por las variaciones
de su temperatura o por una trágica necesidad de influencia
y de informaciones directas sobre cada cosa sólo superficialmente hojea y dobla
las puntas del voluminoso tomo marino,
el otro elemento más estable que nos sostiene hunde en él oblicuamente
hasta la empuñadura rocosa anchos cuchillos de tierra
que se quedan inmóviles en su espesor.
A veces encontrándose con un músculo enérgico una hoja
vuelve a salir poco a poco; es lo que se llama una playa.
Desorientada al aire libre, pero rechazada por las profundidades
aunque hasta cierto punto tenga familiaridad con ellas,
esta parte de la extensión se estira entre lo uno y lo otro más o menos leonada y estéril,
y por lo común no sostiene más que un tesoro de desechos incansablemente
alisados y recogidos por el destructor.
Un concierto elemental, por lo discreto más delicioso y digno de reflexión,
se ha ajustado allí desde la eternidad para nadie: desde que se formó
por operación sobre una chatura sin limites del espíritu de insistencia
que suele soplar de los cielos, la ola llegada de lejos sin choques
y sin reproche al fin por primera vez encuentra a quién hablar.
Pero una sola y breve palabra se confía a los cantos rodados y a las conchillas,
que se muestran muy conmovidas, y la ola expira profiriéndola;
y todas las que la siguen expirarán también haciendo otro tanto,
a veces quizá con fuerza algo mayor. Cada una por encima de la otra
cuando llega a la orquesta se levanta un poco el cuello, se descubre,
y da su nombre al destinatario. Mil señores homónimos son así admitidos
el mismo día de la presentación por el mar prolijo y prolífico en ofrecimientos labiales a cada 

orilla.
Así también en vuestro foro, oh cantos rodados, no es, para una grosera arenga,
algún villano del Danubio el que viene a hacerse oír: sino el Danubio mismo,
mezclado con todos los otros ríos del mundo después que han perdido
su sentido y su pretensión y están profundamente reservados en una desilusión amarga
sólo al gusto de quien se cuidara mucho de apreciar por absorción su cualidad más secreta, el
sabor.
Porque es, en efecto, después de la anarquía de los ríos,
a su abandono en el profundo y copiosamente habitado lugar común
de la materia líquida a lo que se ha dado el nombre de mar.
De ahí que éste parecerá aun a sus propias orillas siempre ausente:
aprovechando el alejamiento recíproco que les impide comunicarse
entre sí como no sea a través de él o por grandes rodeos,
hace creer sin duda a cada una que se dirige especialmente hacia ella.
En realidad, cortés con todo el mundo, y más que cortés:
capaz para cada cual de todos los arrebatos, de todas las convicciones sucesivas,
conserva en el fondo de su permanente tazón su posesión infinita de corrientes.
Sale apenas de sus bordes, por sí mismo pone freno el furor de sus olas y,
como la medusa que él abandona a los pescadores como imagen reducida
o muestra de sí propio, se limita a hacer una reverencia extática por todas sus orillas.
Eso es lo que ocurre con la antigua vestidura de Neptuno,
amontonamiento pseudo-orgánico de velos unidamente extendidos
sobre las tres cuartas partes del mundo. Ni el ciego puñal de las rocas,
ni la más perforadora de las tormentas que hacen girar atados de hojas
al mismo tiempo, ni el ojo atento del hombre usado con dificultad
y por lo demás sin control en un medio inaccesible a los orificios destapados
de los otros sentidos y trastornado más todavía por un brazo
que se hunde para agarrar, han leído ese libro.

Francis Ponge (Montpellier 1899 - Le Bar-sur-Loup 1988)


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