sábado, 30 de junio de 2012

Cama y noche


(CUENTO A DOMICILIO)


Cama y noche

A Salva:


Duermes boca arriba. Con las manos encima de la panza y entrecruzando los dedos. Como el que está pensando en cosas abstractas y requiere para ello de una concentración máxima, casi sublime. Quizá solo estés soñando con un culo en pompa o con un helado de chocolate. Pero no importa. La posición es la misma.

Con los ojos enlegañados y la habitación a oscuras, me levanto para ir al baño. Mear de noche con los ojos abiertos es casi siempre una tarea complicada. Pero nadie nos castiga si nos quedamos con los ojos cerrados, si es que no vale como castigo el rubor por la mañana del que se despierta con el ruido de unos nudillos que pican a la puerta del lavabo y del que levanta entonces su culo de la taza del váter y la cabeza de la pared lateral. Quizá sí valga la pena mantener al menos un ojo abierto.

Vuelvo del baño. La habitación a oscuras, la boca mojada de agua. No son babas; es agua. Sigues durmiendo boca arriba, en el más allá de los sueños y de las constelaciones nocturnas. Parece que te has ido a un extremo de la cama, enganchado a la pared de madera. Quizá te has despertado levemente y tenías miedo del vacío de la media cama. Ya estoy aquí. Yo solo quiero adherirme a tu costado. Me acerco un poco. Y otro poco. Y ya del todo.

Pasa una milésima de segundo. Tus brazos se abren lentamente. Y tu brazo derecho me acoge en el seno de tu cuerpo en reposo. Tu cara imprime un tono de seriedad y de felicidad a la vez. No hay sensación igual que engancharme a ti por la noche y recibir de ti el enganche del todo.
Daría lo que fuera, menos la vida, por mantener esta sensación el resto de mis días. Al principio todo estaba en calma y ahora todo vuelve a estarlo. Pasan las horas, imperceptibles al tiempo.

En la mañana, se vuelve a hacer la luz, como todos los días. Dios crea un mundo nuevo, parecido al de ayer, diferente al de mañana. Es una nueva luz que brota de la oscuridad más humilde. De la penumbra del hogar en la noche hasta los sonidos matinales del calor del hogar. No oiremos los rumores de la nevera al hacer el desayuno. Ni los cantos de los pájaros que no sabemos distinguir. No los oiremos. Solo la máquina del café, un clinc de microondas, el agua del té hirviendo a 100 y picos grados. Solo la música de tu cuerpo cuando se acerca dormido con las manos ya por la mañana.

Vuelve esta noche. Y duerme, mi niño, duerme.






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