sábado, 14 de abril de 2012

Siguiéndola


(CUENTO A DOMICILIO)


Siguiéndola

La estaba ahora siguiendo frenéticamente. Habíamos salido del mismo sitio; la había tenido en la mesa de atrás durante toda la tarde, habíamos compartido el mismo aire escuálido de ese cuarto de biblioteca filológica que está en el barracón más escondido del campus universitario. Seguía sus gruesos calcetines blancos y su mochila dorada. Esa melena larga, lisa, recién planchada. Esa calle amplia con las paredes acolchadas. Era bonita. Bella, linda, sublime mujer. De espaldas más que de frente. Cobraba el significado especial que cobran las cosas cuando se las persigue, cuando se las está siguiendo por la acera lateral de la Gran Vía.

«Tan solo  durante cinco calles, no más, porque cuando llegue a la quinta voy a tener que girar hacia la izquierda, cruzar la avenida y continuar hacia abajo para llegar a  mi casa; voy a dejar de seguirte cuando llegue a la esquina.»


La estaba persiguiendo, ya no siguiendo, detrás del olor de sus cabellos rectos y lacios, absorbiendo el aroma del pelo cuyas puntas golpean incesantes la cintura fina envuelta en esa gabardina negra… En un paso cada vez más enardecido, patético, desvariado, porque sus largas piernas no tienen comparación con estas patitas que Dios me ha dado. Aun yendo cada vez más rápido, no estaba consiguiendo atraparla, todo lo contrario, porque ella se resistía a estar dentro de la circunferencia cercana que había estado trazando en mi cabeza inconscientemente cuyo centro era yo. La distancia era cada vez mayor.

«¡Halleluyah! El semáforo se pone rojo solo para que yo la pille. Pero nada, se lo salta; no tengo la misma suerte porque ahora pasan coches y no puedo cruzar entre tanto automóvil loco y poseso. La veo cada vez más lejos; el tráfico se pone siempre de parte de los demás cuando hay un perseguidor y un perseguido. Ni siquiera se gira a ver que estoy rastreando todos sus pasos… No debería seguirla, mi vida no es tan insípida como para esto.

Bueno sí, sí que lo es.

Continúo en mi lucha escabrosa de mantenerla dentro del círculo imaginario. Y cuando llegue a ella, ¿qué quiero hacer? Sí, avanzarla, no más que avanzarla, solo quiero que me vea, que sepa que existo, que pueda pensar luego en mí, cuando llegue a su casa, y que hable con ella, con Delia. Que la diga que me ha visto, que sabe quién soy, que la diga que sí que valgo la pena. Quiero que Delia lo sepa, que estoy aquí disponible para ella.»

Fue Deliacita la que me habló de Estela, esa espalda interrogante a la que quiero devorar con mi paso en cuatro respiros. También esta melena recia debe de tener el acento caribeño… al fin y al cabo proceden del mismo lugar. Mi Delia fue la que me dijo que Estela había trasladado su expediente académico a esta universidad de Madrid y que seguramente la había estado viendo sin fijarme… La había visto, es cierto, pero nunca me había fijado en esos cabellos tenaces y perfectamente peinados… La estaba persiguiendo ahora, a Estela, solo en el intento tenaz de hacer real ese mariposeo cibernético…

Y es que con Delia había estado chateando una buena temporada, había oído por teléfono su sorprendente voz dos veces contadas, con ese español caribeño que nunca había imaginado que tendría, aun sabiendo de su procedencia; hasta había visto por la webcam esos magnificantes rizos de color mancha negra de vaca. De su identidad no podía dudar; solo podía ser ella la que estaba detrás de la cámara web. Me había hasta dado su dirección, calle, número, piso y hasta código postal, por si algún día, en un futuro remoto, me pasaba por allí, como quien no quiere la cosa…

Pero un día se esfumó con la niebla que ella era, con esa nebulosa de miles de entresijos que había formado en mí, porque la había dicho lo que ahora sí sentía…

Y estaba allí, siguiendo a esta Estela con la que nunca había ni cruzado tres palabras. Compartes tanto aire y espacio con tanta gente a la que nunca saludarás siquiera… Podría agregarla a Facebook nada más llegar a casa, sería un buen modo de asegurar que ella hablaría con mi Delita para decirla que compartíamos aula y que habíamos estudiado mesa con mesa durante toda una tarde, pero al fin y al cabo ¿para qué? ¿con qué objetivo?

«¿Se pasará de mi calle? Quizá ella también girará a la izquierda en algún momento y cruzara toda la calle para ir hacia el otro lado… ¿Quién sabe? Quedan solo tres calles para que yo tenga que cambiar de acera… Ahora mis pensamientos corren incesantes por mi cabeza. Se convierten en letras, en espacios vacíos, tratan de hacer cursas entre ellos, tratan de alcanzarla, de hacerla mía, de estrechar entre mis brazos con una rabia infecta ese cuerpo cálido, débil, erótico. Recuerdo a Dela. Y reavivo en mi memoria aquellos nobles bucles. Y sobre ellos se posan los finos cabellos de esta ninfa urbana. Va quedando menos. Tan solo unos pasos para saber si gira por mi calle o sigue en su camino hacia no sabemos dónde. Recuerdo sus mofletes, sus pómulos intensos y levantados hacia los ojos. Esa mirada tenue. Y ahora esa espalda.»

«Se alejan esos rápidos pies alados. Empiezan a elevarse hacia el cielo. Debo girar por aquí, esta es mi calle, pero no la suya. El cielo quiere recibirla ávidamente. Debo regresar a mi hogar, si es que puedo llamar así a esas cuatro paredes. Debo girar.»

















«Y giro. Definitivamente. Estela no va a saber a ángel en mi garganta infecta.»

«Y esto no va a saberlo nadie. Nunca. Ni el cielo que se la ha zampado. Jamás.»





1 comentario :

  1. Intenso, frenético, original y con cierta naturalidad (realismo). Es uno de esos escritos que escasean.

    Salva168

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