sábado, 10 de marzo de 2012

Hice un pacto con el diablo


Hoy sábado tengo el placer de colgar un cuento de Salvador Salar. Espero que les guste. Animamos a los demás a que también participen con nosotros.






Hice un pacto con el diablo y se me llevaron las ratas. Confié en su voz y pensé que sus bellas palabras florecerían sinceras. Pero la mentira y la retórica con la que emponzoñaba su voz aun no se destilaban entre sus dientes. Su cola flexible bailaba al son de ninguna canción y sus cuernos se retorcían locos ocultándose por todos sus rizos negros. Sus ojos ardían en llamas negras y su sonrisa era tan malvada que parecía pronosticar el fin de los tiempos. Su olor era de azufre y sangre, un olor metálico que se empalagaba en mi lengua y secaba mi garganta. Me hacía tener ganas de más. Y como si escuchara mi pensamiento, su olor se incrementó como una cúpula de cristal que se expandía invisible. Su olor y su esencia ocuparon toda mi realidad y todo mi ser. En ese momento lo supe: ya había perdido mi alma para siempre.
Todo aquello me pareció extrañamente seductor. Sus arrugas, su piel rojiza, sus formas sinuosas bajo esa túnica violeta. Su lengua. La utilizaba para divulgar irónicas mentiras o condenas insufribles. Pero también podía hacer desfilar miles de bellas sonatas que se curvaban con cada risotada, aguda y grave por igual, que emergían de lo más profundo de su garganta. Sus dientes afilados y desordenados encajaban como un reloj al cerrarlos. Y sus labios carnosos: daban ganas de besarlos hasta quedarse sin aliento. Puede que no me creas, pero en aquel momento me pareció la criatura más sensual del mundo. Con cada movimiento, incluso estando quieto, mi cuerpo reaccionaba con un pequeño estimulo. El calor de su piel, la velocidad de sus manos. Todo en él me pareció bello y encantador. Misterioso, seductor. Me daba morbo. No todos los días se conoce a una persona y te ofrece un trono en el infierno. No todas las noches alguien se destapa solo para ti, para que puedas ver quién es realmente. Y creo que ese fue su acto más sincero, o quizás el único: decir quién era. Hola, soy el diablo y vengo a por tu alma, me dijo cuando aún aparentaba ser humano. Y esas palabras fueron mi condena, mi sentencia, que sin saberlo las besé y las abracé. Las hice mías. Hola, quise decir, soy la pareja del diablo. Pero él sonrió, y me selló los labios con su dedo humano. Fue entonces cuando el vello de la nuca se me erizó. Su piel, su dedo caliente. Su tacto. Me acarició con la yema y sentí cómo una sensación me recorría el cuerpo entero. Quise desprenderme de él. Pero pensé: ¿Por qué? ¿Qué mal me hace? Y dejé al demonio hacer. Le dejé hablar. Ven conmigo, te llevaré donde nunca has estado. Pero antes, has de creerme, soy el Diablo, me dijo aquel hombre que no conocía, encantador y misterioso. Satanás, pronunció sin voz, moviendo los labios de una forma provocativa. Pero lo mejor, o quizás lo peor, aún estaba por llegar.
Me llevó por un callejón. Ni me obligó ni me lo ofreció. Sólo me sonrió y se marcho. Pensé que era mi oportunidad: salir corriendo era lo más sensato. Pero aquel aroma que desprendía me cautivó. Crucé la calle y seguí su olor hasta llegar a él. Así me llevó hasta el callejón: atrayéndome por su sensualidad y por mis ganas de más. Nunca se me olvidará la impresión que me dio la primera vez que le vi, que le vi de verdad. El fuego despertaba la oscuridad. Bajo sus pies el suelo ardía en pequeñas llamas y su cuerpo no era el mismo. Ni el olor. Entonces su olor era distinto, más hostil, más placentero. El olor del Diablo. Y sus ojos, podría estar años hablando de lo maravillosos, misteriosos, siniestros y sensuales que eran y me faltaría tiempo. En aquel momento se mostró como realmente era, con su cuerpo de demonio. Y me gustó.
Hice un pacto con el diablo y se me llevaron las ratas. Apenas una noche de placer. Toda una noche que a él parecía saberle a poco, y mí alma se quemó. Ahora cumplo condena: soy su concubina. Me pierdo por la oscuridad de los rincones de una celda situada en no sé dónde. Ni me importa. No sé cuánto tiempo estaré aquí, y me erizo al recordar sus palabras que pronuncio con sabor de hiel entre risas. Has probado un placer maldito y ahora me perteneces. Tu alma es mía, y pagaras condena durante toda la eternidad.
De vez en cuando visita mi jaula. Camina lento y vago, y mata la soledad que me maltrata. Desvela la oscuridad con su luz, y le digo que no lo haga: prefiero no ver más allá de los barrotes. Es el Diablo, pero es el mejor amante después de todo. Cuidadoso y cariñoso, al menos conmigo. Y cumplo condena por ello. Para toda la eternidad.
Y nunca dejo de pensar que una eternidad encerrada en la oscuridad es suficiente. Es el precio justo por una noche con el Diablo. Y no me arrepiento de estar pagándolo.



                                                                  Salvador Salar

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