sábado, 26 de noviembre de 2011

Horizonte de expectativas

Cuento a Domicilio
Ficción literaria


Horizonte de expectativas

La gente ha puesto unas expectativas en mi persona que me vanaglorian algunas veces. Me dicen: «cuando tú seas» y a continuación un sustantivo que algún día me ha de caracterizar. Esperan que sea eso o, incluso, algo mejor todavía. Y yo les cuento: «Ay, me gustaría…» hacer esto y lo otro y esta otra cosa y también aquello, y bueno «no sé, seguramente algún tiempo podría hacer…» eso y lo otro, y más porque no hay. Entretanto no he hecho nada, apenas.

El caso es que navego un poco por internet, miro un poco por aquí y otro poco por allá. Y una cosa lleva la otra y esta otra me direcciona a otra aún peor y al final acabo leyendo las metas ya satisfechas de tantos y tantos. Veo, en algunas tardes de domingo andrajosas, esos perfiles de páginas web de veinteañeros (algunos rozan la treintena, pero yo no quiero darme cuenta de ello) que ya han alcanzado sus objetivos, al menos esa es la impresión que dan o que quieren dar. Los veo con su carrera profesional habiendo dado ya el bombazo (que parece definitivo) y me pregunto cómo es que yo, entretanto, sigo tan solo mirando esas minibios de ideales poco abastecidos y, muy en el fondo, indeseables o al menos poco adecuados para mí. Siento, es cierto, una milésima de envidia, una milésima capaz de hacerme pensar que «mañana doy el bombazo yo también», pero mi ángel de la guarda me dice «Tú has de esperar, tú mereces un camino más adecuado para ti y más gratificante todavía».
Pero yo a este angelito le escucho muy de cuando en cuando y de repente, como si fuese magia, leo en una ventana de chat de Facebook que alguien me propone: «vamos a organizar el proyecto que va a cambiar nuestras vidas». Bien, eso es lo que yo quiero leer, porque en realidad, solo me dice ¿«k t parece s…» tal y cual y esto y lo otro? Y yo contesto, mientras por dentro pienso «¡energía a rebosar!», un sencillo «xqé n?». No es que difiera lo que pienso de lo que digo, pero para cuando contesto la «energía a rebosar» está en busca y captura por fuga. Al final, no es que todo quede en nada, no es exactamente eso, pero no voy a negar que mi dichosa capacidad de anular todo mi potencial enérgico en cuestión de segundo y medio lo estropea todo.
No estoy hecha para estar en la vanguardia de algunos ejércitos. Hay bombazos que son el cúmulo de microbombetas. Quizá ese es mi estilo. Pero desde la última fila de las tropas, que está a rebosar, por cierto, miramos la vanguardia con pelusilla y con algo de desdén. A veces nos gustaría, (creo que hablo en boca de muchos), dar un paso gigante hacia adelante, pero acabamos resignándonos, de nuevo, a dar esas minimarchas a rechinadientes de soldado eficaz y constante. Perseverancia… no hay más. Fama, reconocimiento público y agradecimiento son palabras que me son ajenas, a mí y a muchos. Poco más hay que decir. ─Bueno, algo sí que hay que decir, porque lo cierto es que este párrafo terminaba aquí, pero este párrafo no hubiese existido nunca si no fuese porque hace poco murió una figura intelectual que estuvo siempre en segunda fila y que sin embargo era el motor de acciones para muchos invisibles pero para otros muy significativas. Aunque reconozco no saber apenas quien era antes de morir, debo por lo menos reconocer que, sin esta gran figura, este pseudo-cuento hubiese tirado por una línea mucho más distinta y hubiera acabado seguramente recopilando un saco de palabras del tipo «patetismo», «ridiculez», «debilidad» y «resignación». Pero no, ha habido suerte, a pesar de los acontecimientos, y no hemos tirado por la línea de los caprichos de grandeza y triunfo que tenemos algunos de los mediocres supravalorados.
Así, no tengo que mendigar para que alguien se compadezca de mí. Puedo afirmar categóricamente lo afortunada que soy. Sin embargo, el sistema de valores y de jerarquías me presiona a ser la mejor, a ser todavía mejor de lo que lo soy ahora. La mejor de mi campo, claro está. Al menos esto reduce bastante la dificultad, no hace falta ser un humanista del Renacimiento, a veces no hace falta aspirar a saberlo todo. Elige bien tu rama, porque para ser el mejor parece no haber tiempo para cambios de dirección, aunque a más de uno conozco que ha cambiado de rumbo y viento en popa a toda vela por el mar de la locura. Pero «ese mar no es para ti», me dice mi ángel de la guarda a gritos, y, seguramente, si tú has llegado a leer hasta aquí, también te lo va a acabar diciendo a gritos a ti (a ver si hay suerte y te lo dice de verdad, porque con su runrún consolador al final lo acabaré estampando contra el mármol y le haré poner la barbilla en el bordillo).
En fin, mi mar solo es turbio cuando yo lo enturbio por aburrimiento. Y es que mi diez constante cuesta mucho esfuerzo. No he sacrificado nada porque no he tenido ni el tiempo necesario ni la posibilidad de sacrificar lo que nunca he poseído. Estoy tan abnegada que no tengo siquiera un lapso para celebrar los triunfos. La velocidad de la vida no me deja tomarme una noche de descanso para salir de juerga y olvidarme hasta de tus ojos, que ahora leen. Y siento envidia cuando oigo desternillarse de risa a los que fuman en la puerta del Salón de Gente. Gente… eso son, solo gente… Pero sé que ellos el lunes no llevan en el bolsillo todo el vendaval de energía que yo poseo el primer día de la semana a las ocho de la mañana, porque se les cayó del bolsillo el jueves noche o el viernes noche o el sábado noche o progresivamente durante las madrugas de fin de semana, entre jarra de alcohol y jarra. Y sé también que muchos de los que van tirando las colillas al suelo antes de volver a meterse para adentro del antro no están celebrando nada, si acaso únicamente que la vida transcurre. Celebrable, sí, pero no durante tantas horas en la vida, que no quisiera que de repente la vida me diera a mí también otro traspié en las narices. Solo hay que vivir lo justo para sobrevivir.
Lo que pasa es que, vivida así como yo la vivo, la vida no es del todo emocionante. Ni del todo ni nada. Lo más extremado que he hecho en la última semana es escribir un texto y no darle al botón de «justificar» o a Cntrl. + J. Eso es lo más excitante de mi semana, porque el resto me la he pasado elaborando un informe, robando grapas del trabajo para ponerla en la grapadora del escritorio de mi casa (de la pereza que me da bajar a comprar grapas, que es algo que pienso que nadie debe de hacer), intentando superar mi miedo a pedir un bolígrafo en horario laboral (el material fungible me lo debe administrar mi jefe) y escribiendo este texto (y este tampoco lo justificaré, nada de Cntrl. + J, ¡se acabó!) Eso es todo. Quizá esta tarde me corte unas lonchas de jamón serrano El Pozo, eso podría ser lo más apasionante de mi día, pero creo que con una tortilla francesa con queso y cebolla mis intestinos pueden ir tirando; quizá que le ponga un poco de leche y de jamón serrano dentro pueda hacerme sentir viva, ¡VIVA!
Nadie sabe que estas son mis expectativas, que estas no pasan de las que tengo ahora respecto a la hora de cenar. Nadie sabe que puede que mañana no sea lo que ellos creen que seré. Tienen fe en mí, parece. Si me dieran un poco de esa fe… Si no tuviese que ver lo llenas que están las segundas filas de motores que hacen funcionar coches, si no tuviera a mano toda la información de cursos de formación, de talleres, de aficiones posibles, si no…, si no… y si no…, quizá encontraría un camino más ambivalente y un poco menos rectilíneo.
Estar en la dirección correcta me bastaría, aunque el trayecto fuese a base de curvas que marean, ¡pero es que al menos marean! Bastaría con estar en la trayectoria más afín a mis deseos, aunque no me beneficiase de este camino tan largo que se espera para mí, aunque no siguiese el dictado de esta procesión que persigo y venero y de la que formo parte desde el día que empecé a ser un diez constante y satisfice las esperanzas de los que creían en mí.
«Iba por el buen camino, pero luego se torció», dirán algunos. Otros añadirán: «pero bueno, era muy buena persona, y eso es lo que cuenta». Quizá algún iluso diga: «fue feliz mientras vivió; no he conocido persona más feliz en toda mi vida». Pero al final todos sabemos que hay algo mucho más importante que ser bueno y que ser feliz: cumplir con sus expectativas.

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