sábado, 19 de noviembre de 2011

El niño del Salón de Gente



(CUENTO A DOMICILIO)


El niño del Salón de Gente

El niño va cogiendo la tierra de la maceta más grande de todas y la va desperdigando por el suelo. Apenas nadie lo mira. Quizá algún transeúnte que pasa por delante, pero apenas se le presta atención. Sus padres, —suponemos que son sus padres—, yacen en el poyete de la salida del local. No hablan. No hablan entre ellos, apenas. El cochecito de color magenta trata de cubrir la humilde escena. Nadie quiere verlos o al menos las gentes fingen no verlos, aunque de vez en cuando se pueden ver, desde aquí, algunas señoras que se paran a chismorrear con ellos y a darles limosnas. Llevan tiempo allí, día a día, sentados delante del Salón de Gente. De noche no están, quizás porque el local se suele llenar de gays, de afeminados, de mujeres con bigote y minifalda, de lesbianas, e incluso algunos días porque se llena la calle de hombres que solo llevan bragas rosas y botas. Quizá no tiene nada que ver con eso, quizá es que en realidad sí tienen casa, a pesar de su apariencia mendiga. El niño únicamente sigue jugando con la tierra de la maceta, en el mismo lugar en el que ayer dos hombres se besaban apasionadamente. ¿Sabrán estos hombres que al día siguiente un niño jugará con la tierra en la que han apagado sus colillas antes de empezar a morrearse? Al fin, el padre se levanta y le llama la atención al chiquillo, sin demasiada respuesta por parte del crío. Sus rizos se van moviendo por todo el chaflán, aburridos de vagar siempre por el mismo lugar repetico y tétrico. Son mendigos de los que andan poco. Quizá un trozo de papel pueda divertir al niño durante unas horas. La madre está preocupada. Su cabello es cada día menos negro; su delgadez, cada día mayor, empieza a dibujar su esqueleto.
El padre se marcha a buscar comida. Es la una menos cinco del mediodía y las tripas de la familia empiezan a hacer cánones musicales. Ningún pintor se molestará jamás en pintar este dúctil momento en que una mujer y un hijo hambrientos esperan, delante de un fondo que es una bandera gay de colorines, a un hombre que les va a traer cualquier migaja. Las campanadas de la iglesia católica repiquetean en lo alto de la torre, si es que no lo han sustituido aún por un altavoz programado. El hombre ha llegado y está leyendo un periódico gratuito. La mujer anda por delante del Salón de Gente, cuya persiana está siendo abierta por el dueño, aunque no es la hora habitual en que lo hace los sábados. Hoy el niño lleva una falda extremadamente hortera. La madre se la levanta para limpiarlo un poco; otra vez se ha vuelto a llenar de tierra. El niño va cogiendo la tierra de la segunda maceta más grande de todas y la va desperdigando por el suelo. Apenas nadie lo mira. Un transeúnte cualquier pasa por delante, apenas los mira. Los jóvenes padres estiran las piernas e intercambian un par de frases. No hablan demasiado. El cochecito de color magenta se desliza suavemente por la acera. Un chico joven empieza a dibujarlos desde el balcón de encima. Ellos no pueden verlo, ni el chaval puede ver más allá de la coronilla del padre, la melena de la madre y la rizuca del hijo. La tarde va pasando. El sol se va apagando. ¿De dónde habrán sacado las toallitas? ¿Las comprarán, quizá? ¿Se las darán, puede? El niño únicamente sigue jugando con la tierra de la maceta, en el mismo lugar en el que esa noche dos hombres se besarán apasionadamente y compartirán salivas y demás. ¿Sabrán estos hombres que esta mañana un niño había estado jugando con la tierra en la que apagarán esta noche sus colillas antes de empezar a comerse los morros? El padre, como ayer, como anteayer y como mañana, se levanta y le llama la atención al crío, si demasiada respuesta por parte del chiquillo. Sus rizos oscuros y frescos recolotean por todo el chaflán, lozanos y moriscamente enrededados, ignorando ya cómo es el aburrimiento de vagar siempre el mismo lugar repetico y tétrico. Siguen siendo mendigos de los que andan poco. El tiempo pasa. Los huesos blancos empiezan a apretar la carne y amordazar la seguridad más básica. La mujer no sabe ni qué significa «músculo». El chico que vive en la habitación de al lado del chaval que los está dibujando desde el balcón de encima del Salón de Gente, ese chico sí que sabe lo que son los «músculos», porque su primera prioridad vital es aumentar su masa muscular. Son las cinco y cuarto de la tarde. Desde el balcón, el dibujante no puede ver la bandera gay. Una campanada de la iglesia marca el cuarto. El periódico gratuito quizá sirva de cojín esta noche, quizá solo de reposapiés en su hogar nocturno. La mujer se acerca a la maceta de la que el niño va cogiendo tierra para desperdigarla luego por el suelo. Apenas nadie los mira.

Mei

2 comentarios :

  1. "Ningún pintor se molestará jamás en pintar este dúctil momento en que una mujer y un hijo hambrientos esperan, delante de un fondo que es una bandera gay de colorines, a un hombre que les va a traer cualquier migaja." Me encanta, cuanta realidad, y se puede ver el hilo de pensamiento detrás del texto. Me gusta, me gusta muchisimo!
    Es en cierto modo un reflejo de la sociedad, del individualismo, de las prioridades, del anonimato de las personas.

    Salva168

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  2. Hola, m'ha agradat el teu conte. Has posat un comentari al meu blog de Cal Sac. Gràcies, jo també t'aniré seguint. S'aprèn molt de tothom!

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