domingo, 23 de octubre de 2011

La bañera



(CUENTO A DOMICILIO)

Sientes un placer inexplicable al notar el impacto de la gota fría en tu pie. Lo vas girando despacio para sentir ese golpe tenue en todos los puntos posibles de tu extremidad izquierda. Luego la derecha. Las gotas parecen inmensas cuando las vas notando, una a una, en tus empeines. Y sin embargo, la bañera está llena de ellas. Son solo infinitas cuando están en contacto con las de al lado, nunca si las piensas una a una. Balanceas tu cuerpo de lado a lado de la bañera y colocas tus manos entre los riñones y el mármol para notar en ellas la presión de tu cuerpo medio flotante.
Empujas con tus caderas hacia arriba para hacer emerger tus rodillas y tu pecho. Sientes el contraste del aire frío y del agua cálida. El agua está cada vez más sucia. Usas tus dedos pulgar e índice para tapar tu nariz al sumergir ahora el cuerpo entero. Bajo el agua tan solo se oye el ruido que produce tu boca al sacar aire. Te preguntas, acaso, cuánto tiempo puedes aguantar así, cuánto aguante tienen tus pulmones, pero casi antes de hacerte la pregunta ya te has quedado sin aire y ya has sacado de nuevo la cabeza fuera del agua. De nuevo el griterío de la casa. No es posible relajarse, apenas solo diez, quince quizá, segundos de paz, bajo el agua. Tu ombligo te parece ahora tan erótico como tus muslos. Acercas tus manos a tus ingles, a tus muslos, a la piel de tus rodillas; mueves los tobillos en círculos (hacia afuera), cruzas con tu dedo corazón tu cara de arriba a arriba, apretando suavemente la punta de tu nariz y sigues bajando tu mano recorriendo tu esternón. Te sonríes a ti mismo cuando palpas, divertido, tu ombligo y cuando continúas la complicada tarea de acariciarse a uno mismo te las ingenias para agotar en el silencio un valeroso ronroneo. Miras ese ombligo tuyo que parece un taladro en medio de la nada y que parece una cueva profunda de la que solo al final se ve una gran rueda de bicicleta (¡tiene radios y todo!). Tus yemas notan el vello hirsuto de la carretera que lleva de la oquedad del ombligo al monte más carnoso de la Tierra. El agua de la bañera está grisácea. La piensas. Piensas en ella y la recreas en tu imaginación. Sabes que nunca estará contigo. Sabes que nunca compartirá esta bañera contigo o con lo que queda de ti. Nunca te acercará un pie jocosa, ni nunca te pateará de broma en tu pecho. Nunca las gotas que caen del grifo, frías, una a una, y causan ese cándido impacto en tu pie serán las gotas que caen de sus manos mojadas. Te contraes, te haces pequeño, como siempre, y agachas tus piernas. Aprietas los dedos de los pies hacia las plantas. Restriegas tu cara contra la almohada de aire con tela aterciopelada. Te pica en la cara. Gimes quedo de rabia. Una punzalada salvaje te recorre toda tu piel. Sientes miedo. Tienes miedo. La amas, aunque te quite el hambre, la sed y el sueño. La amas, aunque hayas de padecer esta lucha salvaje para seguir amándola, aunque esta guerra secreta y silenciosa contra el destino y contra ella empiece a parecer una memez satírica. La amas, porque dedicas diez escasos minutos al día a recordarla, a recrearla y modificarla a tu antojo, a imaginarla a tu lado, besándote, acariciándote sin querer con su pelo largo, a figurarte sus manos apoyadas en tus muslos, porque te deleitas con una imagen de ensueño que apoya la mejilla encima de tu estómago. La amas, aunque tengas que luchar día sí y día también por seguir amándola incondicionalmente sin engrandecer el pequeño rencor que sientes al no ser ya correspondido. La amas a más no poder, porque tu deseo más ferviente es que sea feliz. Ya no que sea feliz a tu lado, tan solo que sea feliz, a su modo y en beneficio de su individualidad. La adoras, como a una ninfa, y ni siquiera esperas que se mantenga sin disolverse su imagen de ficción en la bañera. «Echar de menos» es una impresión demasiado imprecisa para expresar esta nostalgia, este remordimiento, este esplendor de su figuración desvanecida que nada tiene que ver con ella. En realidad, ya no la necesitas a tu lado. Es tan etérea y eterna que ningún cuerpo puede llenar esa plácida labor de rehacerla en la bañera. No puede mojarse tu querida pelirroja, no pueden mancharse sus pecas con el agua grisácea. Sigues girando el pie y cada vez lo ves moverse más despacio para que se eleve la fruición que sientes con el encontronazo de las gotas del agua, cada vez más frías. Miras el borde de la bañera. Miras como el agua empieza a desparramarse por el suelo. La bañera está colmada. No obstante, el baño ha terminado. Estiras los dedos de las manos, abres las palmas. Te desperezas, en un vano intento de sentirte enérgico esta mañana de finales de setiembre. Te espera un año lleno de trabajo. Y de júbilo también. Terminas de desentumecer tus hombros, que se habían tornado rígidos al evocar de nuevo a esa mujer que hace tanto tiempo que no existe de forma real. ¡Cuán importante es su imagen, ya más que su cuerpo, lejano, inerte en tu imaginación, aunque en la realidad quieras imaginarla gozosa, entusiasta y bailando por las Ramblas! ¡Cuán importante es para ti y para que tu mundo siga girando en ese curso eterno! En el fondo, muy en el fondo de tu fondo, sabes que quizá no es feliz, pero ya que te has tragado como un infecto y repulsivo jarabe la intrínseca temporalidad del amor, al menos que permanezca la perpetua imagen de difusión e incertesa a la que te entregas sin descanso día tras día. Te levantas. Se colma la bañera al mover con el cuerpo el agua al salir. Levantas tu pierna derecha y la pones fuera, encima de la alfombrilla. Pones tu pie izquierdo. Ya estás fuera. Coges la toalla blanca y te envuelves en ella. Escuchas, impasible, el tono alto de las voces de la casa. Vuelves a estar entre ellos. La olvidas, porque necesitas respirar todo el tiempo que no estás en esa bañera. La olvidas y su imagen queda inserta en tu mente, muy escondida, hasta que vuelvas a escudriñarte los sesos buscándola para relajarte de nuevo.

Mei


No hay comentarios :

Publicar un comentario

Otros adomiciliados han visitado esta semana...