sábado, 15 de octubre de 2011

El monólogo del martes 11


(Ficción literaria)


Este es el CUENTO A DOMICILIO de esta semana. Al final no es "La bañera", es:





"El monólogo del martes 11 (¡...y que no sea martes 13 para autojustificarme...!"
Esta mañana me he despertado sin sueño. Cosa extraña en mí, que siempre llevo unas ojeras del trece al quince. No me ha hecho falta ponerme dos cucharas frías en las ojeras para que desapareciesen, ni ponerme un antifaz con gel frío que quita el estrés y relaja y de paso devuelve a los ojos y alrededores su estado natural. No, hoy no. Hoy me he levantado de la cama y me he ido a vestir, sin siquiera lavarme la cara ni desperezarme. Luego lo he recordado: ¡Lávate las manos! ¡Lávate la cara! ¡Hazte el café! ¡Desayuna fuerte que necesitas energías para este martes del diablo! Once de octubre de dos mil once. ¡Calendario! Y los días de octubre que quedan... Soy la esclava del bolígrafo con el que tacho el calendario al final de la mañana y al final de la tarde.
Y los días de dos mil once que quedan... Y todos los días de dos mil y pico que me quedan. Visto así, levantarse un día sin sueño es tan poco importante como que los vecinos de arriba llevan cinco meses haciendo obras y que no me dejan dormir hasta cuando quiero. A los paletas de arriba les da igual que yo me pegue estos madrugones para ir a currar. He necesitado quince minutos mirándome al espejo para decidir si iba en el metro o en bici al trabajo. Argumentos y contraargumentos todo el tiempo: que si en el metro hay mucha gente, que si en el metro las glándulas sudoríparas se echan una cursa a ver cuál me hace chorrear más sudor, que si en la bici para llegar sin sudar al trabajo hay que ir despacito, que si en la ciudad no se respira más que el humo de los tubos de escape y al final el pulmón va a parecer un altavoz por dentro, que si…, que si que si ¡que si…! "¿Sabes qué? Me voy en bici, pero solo porque si me voy en metro me arrepentiré de no haber ido en bici y si voy en bici seguramente no me arrepentiré de no haber ido en metro". Falsísimo. Dichosa fe en mis convicciones erróneas. Dios sabe que hemos venido a este mundo a arrepentirnos de todo lo que hacemos. Bueno, por ahí alguna vez me han dicho que existen personas orgullosas de sí mismas y todas esas cosas extrañas que no comprendo, pero eso son oasis y efectos ópticos poco trascendentales. Además de que yo no soy persona; yo soy gente. En fin, al final he llegado al trabajo, habiendo venido en bicicleta, con la piel pegajosa y el flequillo volado ―de verdad que he de dejar que el flequillo crezca sin cortármelo otra vez para no parecer, cuando voy y he ido en bici, que me sale de la parte superior de la frente un muro de paja húmeda ―, con el corazón palpitándome por todo el cuerpo y dando sacudidas en mi cerebrito desdeñado y advirtiéndole a mis venas: "deja de fumar y come menos chorizo, que mañana esto peta y solo tienes veinte años". ¿Y por qué no quería llegar sudada? Vamos a ser sinceros, aunque solo sea un poco. Porque al trabajo hay que llegar bien. Hay que parecer una mujer de bien. Ni un putón, ni una pija boba, ni una chica inocente. Pero tampoco te pases teniendo iniciativa porque no te quieren así. Te quieren mansa, para que calles, pero con iniciativa para que consigas muchas cosas para ellos. ¿Para ti? Eso es secundario, obviamente. Todos miramos para nosotros mismos. ¿Para quién vamos a mirar, sino? ¿Para el vecino? Los vecinos hoy en día solo sirven para pedirles sal y huevos y para criticar al presidente de la comunidad. Poco más. De hecho a veces hasta sirven para menos, porque el vecino adquiere el cargo de presidente y ni siquiera puedes criticarlo y entonces es cuando toca buscar a otro vecino, quizá al que vive encima, al que por cierto nunca has visto pero del que puedes imaginar a toda su familia porque oyes los pasos de sus hijos correteando y saltando como locazas y porque ya te has aprendido y estás harto de escuchar los gemiditos de su mujer cada tres semanas, sin cortar los cincuenta obreros que debe haber tirando tabiques y taladrando con máquinas industriales las paredes maestras ―ya lo digo siempre, que este edificio un día peta y nos vamos todos para abajo―. Cuidado porque me enciendo y me voy por la tangente. Sigamos con la función que toca y no nos desviemos de carril, que las ideas se atropellan. Bueno, pues eso, que yo al final he tenido que llegar sudada e ir al servicio a mojarme la cara y limpiarme un poquito el sudor de la barriga y de la espalda para que no se manchase de sudor ni un poquito la pobre camiseta. Y cuando llego, lo único que tengo que hacer aquí es trabajar. Trabajar y trabajar, nada más y nada menos. Y aunque miles de gentes darían lo que fuese por sentarse en esta silla a hacer el culo cada día más gordo, me quejo. Menos mal que a veces me sacan de este despachito triangular en el que me ha metido el destino. Y aquí estoy, sentada, cerca de este compañero que se llama Jordi Centelles Cunit y que lo único que hace es teclear y teclear y ponerse los auriculares de vez en cuando y que cada tres cuartos de hora o una hora lo único que me dice es hasta luego, ahora vuelvo. Más compañerismo imposible, aunque así mejor. Total, esa nariz puntiaguda me irrita y apenas tiene pelos en los brazos, (apenas, por no decir que no tiene) y esas gafas de pasta tan grandes y taaaan azules me sulfuran. A ver, que mis gafas también son azules, pero al menos son de metal... digo yo que habrá que parecer seria en esta vida, ¿no? Pero solo para ir contra el ninguneo, porque el ninguneo es de lo peorcito que hay. Y hay que hacerse valer. Sí señores, hay que hacerse valer en este mundo de locos y locas. Menos mal que yo estoy cuerda, porque sino...Total que tengo que salir de aquí para irme corriendo a casa. Perdón, no corriendo, en realidad en esta bici verde nueva que me he arreglado y que llevaba muerta de asco los últimos tres años en la caseta en la que guardamos objetos varios que lo único que tienen en común es precisamente eso, que se mueren de asco y que son varios (y así nunca están solos esos entes inertes que a veces parece que te miran como diciendo: «oye, que soy un trasto roto, o me tiras o me arreglas»). Pero bueno, en fin, la vuelta es bajada y tampoco me importa tener que ir esquivando a todas las señoras y señoritos con carrito y los treintañeros con maletín que atraviesan el carril sin mirar. Siempre el peatón por encima de todo. Y cuando llego a casa, coger de ese armario lleno de cacerolías una sartén imposible de coger, porque claro, todo está encima de todo y es imposible conseguir coger una de esas sartenes sin que todo se caiga. Las cosas caen por su propio pie. Dos opciones, pues, o sacarlo todo despacio y elegir el objeto deseado o, segunda opción sacar la sartén como se pueda y que todo se caiga por el suelo y que los cazos, cazuelas y escurridores salgan volando por esta cocina, que siempre está sucia pero que es muy bonita porque claro, tiene esos muebles creados en serie para que no logres ser distinto a nadie, pero que son monísimos. Porque esto lo tenemos claro, ¿no? Ser distinto a los demás es malo. Si supiésemos que no existe un igual en esta puta Tierra... en esta puta Tierra que es un títere infecto. Ay, nada, nada, que al final he dejado de ser la Lola para empezar a ser Dolores. ¡Y qué dolor, cojones! Hacer la comida, pues bueno, ara en casa al menos soy la Loli y mi Pedrito llega y come de mi sartén. Claro, yo llego un poco antes que él y entonces hago yo la comida. No, no, ya sé lo que estáis pensando, que le hago la comida porque soy mujer. ¡Pues no! Habéis fallado, es única y exclusivamente porque llego antes que él. Porque los viernes, sí, los viernes llego yo un poco más tarde que él y cuando llego a la mesa, me siento y a jalar. Aunque ya sabemos lo que hace para comer este Pedrito, siempre las mismas tiras a la carbonara (él las llama tallarines, pero vamos, que ni en broma) de sobre. Sí, de sobre. ¿Y yo entonces para qué me mato a hacerte esta mierda de ensalada de tomates, atún, queso, manzana, maíz y pepino que nunca te quieres comer? Que no te puedo hacer sopitas cada día, hombre. Pero bueno, va, en realidad no le da tiempo de hacer más que esas tiras de sobre porque se está todavía saliendo de ese bucle infinito de no encontrar las gafas porque no las lleva puestas y por tanto no las ve y se pasa el tiempo de hacer la comida, pues, buscando las dichosas gafas. Aunque bueno, peor es, y lo cierto es que más rabia me da, cuando no las ve porque las llevas puestas, eso sí, es curioso porque dice que no ve bien, aunque las lleve en los ojos, porque piensa realmente que no las lleva y entonces esto, que no ve de un metro para adelante. El otro viernes, sin embargo, Pedrito no pudo hacer la comida porque se dijo: «Yo nunca más vuelvo a buscar las putas gafas por toda la casa» y se fue a comprar otras. Pero ara resulta que cuando tiene que buscar las primeras se pone las segundas para poder ver las que estaba buscando. Sin embargo, Pedrito no sabe que cuando pierda las segundas, necesitará unas terceras; que cuando pierda las terceras, necesitará unas cuartas; que cuando pierda las cuartas, necesitará unas quintas... Total, que Pedrito se me va a arruinar en breves. Pero en fin, esto no viene muy al caso, porque a fin de cuentas, tampoco me molesta tanto llegar a casa cansada de trabajar y querer comer y verlo buscando las gafas mientras esos tallarines de broma se van haciendo solos en un cazo. Toda esta parafernalia, a fin de cuentas, para salir corriendo después de comer, como si el tiempo viniera persiguiéndome detrás, como si el tiempo tuviese la forma de un monstruoso hombre lobo peludo y grasiento que viene a buscarme. Empiezo a pensar que de veras el Tiempo monstruoso, cruel y feroz existe y me persigue a mí, justamente a mí. Bien, vale, quizá exagero, tenéis razón, porque me toca confesa que me echo casi una hora y media todos los días en el sofá. Y veo la tele, y veo estas series televisivas que dan a la hora de sobremesa y que están pensadas, yo creo, para mujeres como yo y para hombres como mi Pedrito, para gente que se echa en el sofá con la convicción de que no quieren pensar en nada, de que no quieren comerse los sesos ni haber de apretarse las sienes para entender películas buenas ni comprender documentales. Si es que... con razón triunfa la prensa rosa, que por cierto, aparte de no haber de pensar mientras se ve, es muy jugosa en el sentido del ingenio. ¿De verdad no os parecen ingeniosos esos videos que hablan del último suceso, siempre más importante que el anterior y menos importante que el posterior, en ese bucle extraño en el que ha entrado la prensa rosa televisiva? ¿De verdad que no? Pues a mí cada día me parece más fantástico. Pero me vuelvo a salir por la tangente y no me da la gana. Os decía, pues, que una hora y media de sofá, en la que se incluye media hora de siesta, y arriba otra vez, a seguir el día. Porque sí, queda todavía mucho día por delante, de hecho apenas ni ha empezado. Y de nuevo a ponerse en marcha, a zarandear un poco la cabeza a ver si cae de ella algún fruto y a irse mojando la cara cada cierto rato para aguantar hasta la noche con el alma y el cuerpo disponibles. ¿Disponibles para qué? ¿Para vida social? Bueno, a veces toca elegir entre dormir y vida social, porque con todo lo que hay que hacer apenas tengo quince minutos para relacionarme de verdad con los demás. Así que me relaciono conmigo, me hago mis charletas trascendentales sobre la vida conmigo misma y listos. Total, como vamos asimilando que la amistad no es verse todos los días, que con hacer un café cada cuatro meses los vínculos ya van tirando por sí mismos, con la autovidasocial uno ya tiene la barrita de la sociabilidad llena. Y menos mal que tenemos Facebook, Twitter, Messenger y móvil, que nos permiten estar comunicados las veinticuatro horas del día ―¿con quién y para qué, me autopregunto en mis charletas?―. Comunicados veinticuatro días a la hora; digo, veinticuatro horas al día. Sí, sí. Ah bueno, y de esas veinticuatro horas quitadle seis o así para dormir una siesta larguísima a la que llamamos sueño nocturno. Bueno, nocturno... nocturno porque es de noche. Porque viviendo en un segundo piso en pleno centro de Barcelona, lo de dormir el sueño nocturno se está convirtiendo en meterse tapones en los oídos para no oír las carcajadas y las fiestas locas que se pegan los de la calle, que no entiendo por qué esta gente no madruga ni a la de tres o si es que salen un día por semana y no siempre son los mismos... y bueno, ya no es solo eso, porque cuando despiertas por la mañana no tienes ni idea de dónde han ido a parar y no te puedes proteger de la fiesta infernal de taladros y golpetazos a martillo loco que se pegan en el piso de encima de buena mañana. Y por si no es suficiente, necesitas también un antifaz que te proteja de esos megarrayos de las farolas barcelonesas que no sé si están hechas para iluminar las calles o están hechas para joder a los dormilones como yo, que necesitamos, a saber por qué, unas seis horitas de siesta larga (más la siesta de treinta minutos del mediodía) para ir tirando. Total, que hay el mismo jaleo a las cuatro de la tarde que a las dos de la mañana. Y así vamos tirando, con estas ojeras del trece al quince, aunque ya lo dije al principio, que hoy, cosa extraña, me he levantado sin estarme muriendo de sueño. Pero no por eso he dejado de ser una panoli este día. Lo soy día sí y día también; soy una panoli reincidente. Ya voy teniendo la costumbre de serlo y de costumbres vivo cada día más. De hecho, por ejemplo, las ojeras ya se han instalado permanentemente debajo de mis ojos; es una costumbre boba que tenemos mis ojeras y yo. Esta mañana, sin embargo, se han revelado y me han dicho: «nos vamos de vacaciones». Supongo que no quieren seguir fracasando. Yo sí, así es como voy fracasando minuto a minuto. Os confieso que a veces, ―de hecho, bastantes veces―, voy mirando de vez en cuando hacia atrás para ver cómo el Tiempo tragaldabas me persigue para darme unos tortazos. Yo os juro que un día de estos, me paro y le planto cara, y le pregunto: «¿Tú qué es lo que quieres, engullirme, simplemente, o pararme para que me siente un rato para una charleta?». Porque un día a lo mejor me sorprendo y me veo sentada en el banco de un parque sin hacer nada más que mirar el paisaje urbano.


Mei


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3 comentarios :

  1. Jaja muy bueno, sabes me suela a la Bamba.
    Saludos cordiales

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  2. Hola! Si no recuerdo mal, se podían solicitar cuentos a medida. Me gustaría un cuento que hablase sobre la frase "A veces no hace falta buscar nada, con sentir que estoy en la dirección correcta me basta".
    Gracias.

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  3. Fantástico :), así será en unas semanas.
    ¿Algún lugar dónde avisarte?

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