sábado, 29 de octubre de 2011

Bebo solo para seguir volviendo a casa bebida




CUENTO A DOMICILIO

(Ficción literaria)

[Modificado el domingo 30/10/2011]

Bebo solo para seguir volviendo a casa bebida
Bebo solo para volver casa bebida. No para vivir el momento de beber contigo, o con él, o con ella. Tanto da con quien. Yo lo que quiero es únicamente volver a casa, bebida, viendo el reflejo de la luz en el reflejo de la imagen del metro en el cristal de la ventana de delante. Me siento en el asiento del vagón y no dejo de mirar esa cara fea que no dejo de ver en el reflejo de enfrente. Soy fea desde que tengo dieciséis años. Quizá desde siempre.
Delante de mí hay una pareja de entre veinticinco y treinta. Él está muy serio, ella demasiado maquillada; sé que él también lo piensa. A su izquierda otra pareja, ella encariñadísima con el bebé que llevan en el cochecito. Sus ojos resplandecen. El marido realmente está out, con su lata de Estrella Damm en la mano derecha, concentrado solo en esta. A mi derecha un hombre que mira hacia arriba un poco perdido. No sé qué más mirar en este vagón de tres al cuarto. Cuando llegamos a Mercat Nou sé que vamos a dejar de ver la calle, que el metro se va a meter en el túnel para siempre, hasta el final del trayecto. La pareja entre veinticinco y treinta se levanta de sus asientos y se marcha. Otros dos ocupan su lugar. Están distantes el uno con el otro. Parecen novios. ¿Se enternecerá alguno de los dos con el bebé del cochecito, con el hijo del hombre de la lata de cerveza? ¿Quizá ella, de repente, vuelva los ojos hacia el crío y lo mire con cara de deseo de maternidad condensado en cuatro rasgos faciales? Voy a quedarme hasta ver cómo ella se conmueve, aunque llegue a Fondo, la última parada de la línea roja. ¿Voy a gastar mi última barrita de incienso de vainilla que me queda, cuando llegue a casa? Sí, parece que al fin hoy sí. Mientras espero a que te enternezcas. Y lo haces. Miras al bebé. Y no quieres mirar, parece que sientes miedo de tener sentimientos, porque enseguida vuelves a tu estado de repugnancia. Aunque vuelves a mirarle. Y de algún modo le pegas al chico ese modo de mirar. Lástima que no se lo pegues al padre, que sigue con su lata de cerveza, que debe de ser la segunda, porque en una bolsa lleva otra, creo que vacía. Quizá es la primera y la otra está llena y va a ser la segunda. Tanto da, no puedo ver los detalles desde este asiento del vagón, además de que no veo a través de las bolsas de plástico. El caso es que ahora, mujercita, miras al bebé y empiezas a desear uno. Y él también. Aunque ya no os quede ni una pizca de la capacidad de afectaros. Quizá un hijo pueda solventar toda vuestra indiferencia. Hostafrancs. El reflejo de mi cara sigue allí, pegado como un estaquirot. Espanya. Y sigue ahí y no dejo de verlo. Me recogería el pelo, quizá me sentiría más afortunada con mi belleza, pero voy a dejarlo suelto y voy a prolongar esta cara de perro que se me queda después de beber. Al fin y al cabo, soy como ese hombre con la Estrella, pero sin hijo-bebé y sin pene. Rocafort. No quiero que acabe este trayecto, al fin y al cabo he empezado a beber solo para que existiese este trayecto, que hoy ha sido en metro pero que suele ser en bici. Quedan pocas paradas. Rocafort me parece una parada bella, es un buen momento para bajar. ¿Subirá otra pareja que ocupará el sitio de la pareja anterior? No, parece que no. ¿Cuándo llegue a casa y esté escribiendo esto y los leds del semáforo me inunde las pupilas de desasosiego y molestia recordaré todo lo que puedo ver ahora? ¿Recordaré sus ropas? ¿Recordaré la disposición de mis rizos? ¿Recordaré la desazón, el hastío, la indiferencia urbana y callejera, la desgana de bebiente y viviente, según como se mire, que se muestra en mi faz inmutable? Sigo mirando mi jeto pegado a ese reflejo, pudientes mis rasgos, lacios, levemente furiosos. Va llegando mi parada. La música del Ipod suena demasiado alta. Es el momento de bajar. He cumplido mi pequeña meta, ver a esa mujer enternecerse, aunque sea un poco tan solo y trate de evitarlo. Menos mal, porque en realidad no sé si me hubiese quedado hasta que la mujer, miembro de la pareja indiferente, se enterneciese. Me levanto del asiento y miro no haberme dejado nada. Bajo del vagón, subo las escaleras mecánicas. Miro la barandilla y apoyo mi brazo en él y mi cabeza en el brazo. Me gustaría seguir más paradas, hasta donde estás tú, pero tú ya no me estás esperando en la salida. Me siento en un banco a esperar diez minutos, a esperar que sean diez minutos más de los que son ahora. Total, mañana por la noche me devuelven la hora que me robaron en primavera. Si tuviese batería en el móvil cometería el mal delito de llamarte. Impulsos alocados de necesidad. Elijo entre todo mi llavero la llave que me ha de llevar a mi casa y llego aquí. Enciendo el último incienso que me queda. Me hago una tila. A ver si puedo con esto bajar el alcohol. Los leds verdes del semáforo y el ámbar intermitente se me clavan en los ojos. Me sorprendo de tener la serenidad suficiente para sacar frases tan conexas. A pesar de eso, tengo que reconocer que no paro de equivocarme con las letras y que le doy a la que no toca y que no paro de borrar y repetirlas. Lo dejo un poco. Mañana tendré qué ver qué es esto que he escrito esta noche. Converso por teléfono con ella. Te llamo luego, pero no me contestas. Tres veces. Esto empieza a ser obsesivo. Escondo la lata, recién terminada, en el cajón. Esto es obsesivo. ¡Tres veces! Si ya lo sé… ¡que no debería! Mis únicos amigos de hoy en día me miran desde sus posiciones. Son peluches, pero son como soldados, son mis camaradas. Lástima que no puedan beber. Aun así, mañana volveré a salir solo para vivir el mismo trayecto recursivo. . Quizá debería llevarme al Patito de Goma conmigo mañana. Total, mañana será otro día. Lo será, pero nada habrá cambiado. Habrá algún día, confío, en que deje de salir de casa a las diez o a las once para vegetar en un vagón de metro con el alcohol en la sangre. Te quiero. En el sentido más egoísta de la palabra. Pero te quiero. Creo, al fin, que mañana no estará de más llevármelo. Creo que el Patito puede hacerme más compañía que tú.

Mei

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