sábado, 11 de junio de 2011

Water ball




(CUENTO A DOMICILIO)



Water ball
Hoy llueve a mares. Está cayendo un chapuzón… Las personas se convierten en monigotes bajo sus paraguas. Los veo desde mi balcón. Paraguas rojos, azules, negros, blancos, grises, alguno que otro de cuadros, alguno que otro con bandas amarillas en los márgenes, uno solo con topos rojos, azules y verdes. Siempre he querido un paraguas así, con puntos grandes en fondo blanco. No lo tengo, no todavía, pero supongo que algún día voy a comprarlo o, mejor aún, voy a encontrarlo tirado en un contenedor con una sola varilla rota. Me ilusionaré entonces. El universo me habrá dado una señal.

Hoy llueve a mares. Siempre he querido también, a parte de ese paraguas, una enorme burbuja de plástico. Una gran bola, con olor de flotador recién comprado, donde cupiese yo, dentro. Una fabulosa pompa, algo flexible, para andar, sola, por las carreteras de Barcelona, sin mojarme y sin temer que se deshinche la pelota y me derrita con el aire que hay dentro.
Hoy quiero cortar las calles de la Gran Vía, meterme en mi burbuja y echar a andar. Ver que los coches han de girar porque cuatro vallas tapan la entrada a la carretera. Hoy quiero que la calle sea mía, porque esta tarde quiero una burbuja de metro setenta de diámetro —sé que entonces sobran centímetros de diámetro, que yo quepo en mucho menos, pero es que quiero también saltar dentro de ella—. Hoy quiero, hoy quiero, hoy quiero… ¡Qué coño!, hoy voy a conseguir mi gran burbuja.
Quizá pudiera meter a alguien dentro, sí. Quizá podríamos cortar juntos las calles de Barcelona e intentar sincronizar nuestros pasos para no caernos por los laterales y golpearnos con la cara interior de la burbuja. Entonces, si vienes conmigo, —porque si no, no—, necesitaremos una burbuja bastante más grande, quizá dos metros de diámetro, y eso es decir poco.
Sigue lloviendo a mares. Cojo el paraguas azul marino. También el chubasquero naranja. No encuentro botas de agua, pero voy a hacer lo necesario y más para no mojarme. Con esas otras botas bastará. Antes de salir de casa, busco en internet si existe esa burbuja, si se ha inventado, y en ese caso dónde puedo encontrarla, porque voy a encontrarla.
Sorpresa, no solo está inventada, con el nombre de «waterwalkerz», sino que además se distribuye en España, con el nombre de «water ball». Se usa en el agua y, aunque no había pensado en ello, tampoco estaría nada mal. Carreras de burbuja, cada uno en su propio miniespacio transparente, todos corriendo hacia la meta resbalando sin poder salir fuera de una bola que te hace sentir libre.
Pero… —porque siempre hay un pero—, luego irán llegando ya los impedimentos, los motivos por los que no voy a poder acceder a lo que ya se ha convertido en mi sueño.
La vida, ¿castigo o regalo? Castigo, por supuesto. Solo en la infancia logramos no conocer esa herida que nos ha de turbar el alma de por vida, hasta la muerte. Únicamente en la infancia somos capaces de no saberlo, porque, en cuanto la llaga empieza a calar hondo acá dentro, apaga y vámonos.
Solo se puede calmar esa ansia existencial con el amor, el amor es el único vehículo para paliar la sed de eternidad, para mitigar el dolor existencial perpetuo. El amor. Y el olvido. Pero únicamente calma, no cura, sosiega; pero no es más que un descanso. Es como un puto sorbo de cocacola, que quita la sed cinco minutos para darte luego el doble o el triple de una sed que en realidad no tenías, o al menos no creías tener. El amor. Y el olvido. Pero solo aminora los pasos, solo borra dejando la marca en el papel…
Por eso yo quería mi burbuja, hoy que llueve a mares. Porque quiero concentrar en una esfera toda esa idea que no deja nunca de hacer más grande esa úlcera espiritual. Porque quería centralizar todo ese flujo de conciencia en un solo punto universal. Porque quería meterme dentro de ese gran globo que iba a aglutinar toda ese anhelo de infinitud.
Pero no puede ser. Simplemente porque siempre hay, al menos, un pero. No tengo piscina. No tengo mi propia piscina particular. Peor aún, la «water ball» vale mínimo 400 euros. ¡400 euros! 400 euros es lo que vale hoy un sueño. ¡400 euros es lo que vale hoy un sueño!
Dejo el paraguas azul marino en su sitio. Me saco el chubasquero naranja, seco. Me descalzo. Apago el ordenador. Ha dejado de llover. No me había dado cuenta. Me acerco a la ventana. Una hoja marrón bailotea torpemente por el aire. Se para, seca, en el suelo. Apenas gotean ya los balcones. Las personas vuelven a ser personas, personas ahora con sus paraguas en la mano, mirando hacia abajo, resiguiendo con los ojos las líneas de las baldosas. Siguen siendo monigotes. Como yo.
400 euros es lo que vale hoy un sueño. No me preocupa el precio, al fin y al cabo podría hacer cálculos de ahorros. Me alarma que mis sueños tengan precio.




1 comentario :

  1. Por desgracia todo tiene un precio,y lo que no se puede comprar......no lo valoramos.
    Mejor que lleves la waterball pequeñita y metida en un bolsillo.Siempre la podrás sacar y mirar el mundo a través de ella.Lo demás se encarga la imaginación.
    Siempre tuyo.....

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