sábado, 18 de junio de 2011

Despersonalización



Despersonalización
A los personajes que salen:
Iris Martínez,
Migui González
y Mei f)

I
Estoy leyendo a Alberti. Sentada, en una silla de biblioteca de color azul oscuro, que no tiene posabrazos, con las patas metálicas, con un respaldo cuya curvatura se adapta fielmente a la espalda (a la mía, al menos).
Tengo el pie derecho apoyado en una barra metálica y de color dorado, —ahora que me fijo, porque hace tiempo que supuse mal que era de madera—, en una barra, digo, metálica y de color dorado, que va de lateral a lateral de la mesa casi rozando el suelo.

Las patas de la mesa son de otro color. En esta mesa todo es marrón o de un tono similar al marrón en esta mesa, —porque lo metálico en ella se camufla fingiendo ser madera—, salvo un panel verde que atraviesa la mesa de lado a lado, igual que la barra en la que tengo el pie derecho apoyado, pero pasando por encima de esta tabla de madera tan grande. El pie izquierdo lo tengo volando en el aire, pues tengo el tobillo apoyado en la pierna derecha y el pie queda volando dentro de la bamba.
Por esta postura, que reconozco como muy cómoda, estoy ligeramente inclinada a la izquierda, hacia el ventanal que da al maravilloso jardín universitario —el más pequeño de las universidades de la provincia de Barcelona, pero el único que es realmente un jardín, porque lo otro no son más que extensas plazas de cemento o extensiones simétricas de hierba—
El libro está abierto. Sobre los ángeles. Eso Alberti, yo estoy sobre un sótano sucio, —que gracias a Dios el suelo no me permite ver—, muy lejos de saber qué es lo angelical y lo maligno. Página 17. El libro reposado sobre la mano izquierda, descansado sobre mi mano izquierda (y no la mano sujetándolo —hecho que contribuye a que la postura sea cómoda*[1]—).
II
El tiempo se para*[2]. Se vuelve estático, aunque no es que se pare nunca, el tiempo, en verdad. Bueno, seguramente lleva parado desde el principio del relato, sólo que la comunicación (la de mí a ustedes) y la descripción de la escena, así como mi pensamiento, siguen siendo lineales. Me convierto en esas estatuas de personajes ilustres (sin ser ilustre por ello, claro está, aunque por suerte) que aparecen una mañana sentadas en los bancos de los parques y que milagrosamente ni las palomas han cagado ni los que llaman bárbaros (que no lo son) han pintado —a mí no me pintarán, pero yo ya estoy notando esos fluidos…*[3]—.
No hay cámara cinematográfica que le dé al zoom y me aleje del centro de la pantalla. Lo que sí hay es un término psicológico que puede dar título a la narración: despersonalización*[4]. No sé cuánto tiempo llevo en este estado, ni sé cuándo Dios moverá sus hilos para sacarme de él. Si os digo la verdad, creo que le estoy tomando el gustillo. A fin de cuentas, puedo comunicarme con vosotros, que dudo de que existáis pero que intuyo que estáis ahí, también en plena despersonalización leyendo esto mientras yo os lo voy escribiendo. De este modo, puedo no pensar siquiera en la sensación de claustrofobia —mezclada con agorafobia, quizá, curiosamente— que debería estarme controlando el pulso de la mano.
Me siento en paz. Me siento en paz horas y horas. En este estado de automatismo, de marionetismo y de muñequismo.
De muñequismo…

III
«¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!».
«¡Muñequismo!», «¡Muñequismo, muñequismo, muñequismo!» ««¡Muñequismo!», «¡Muñequismo, muñequismo!» «¡Muñequismo!» «¡Muñequismo!», «¡Muñequismo!»; «¡Muñequismo!»
Lo repito dos párrafos en mi conciencia alterada y me convierto en muñeca. La fuerza de las palabras. Paso a estar sentada en ese patio bello, infantil, diminuto antes, enorme ahora que soy de porcelana. Mis ojos disecados, mirando a la nada; mis labios formando un beso que nunca daré desde este universo tan minúsculo ahora. Me siento vacía, presiento que, aunque tengo una piel libre de rugosidades, mi interior está vacío. Me cubre una ropa que siento como mi segunda piel. Una falda casi de tirolesa, un sombrero blanco con un margen estéticamente aceptable. Mi pelo de plata, mis piernas que parecen de hojalata.
La pared está dura. Los zapatos me aprietan. No logro tocar con la espalda la esquina que separa pared y suelo. No estoy cómoda, quisiera cambiar de postura. Pero estoy quieta. No puedo moverme. ¿Se mueve el tiempo ahora? No, creo que tampoco, o quizá es la ilusión de que el espacio no se mueve la que me hace sentir que el tiempo tampoco lo hace. Necesito dinamismo, necesito soltura. Una situación compleja para una sencilla muñeca. No he reparado hasta ahora de que mi piel es tan dura como el cemento de la pared.
No puedo verlo, pero una pequeña brisa por mi lado derecho me hace pensar en que quizás haya un orificio en el muro por el que pasa un aire benévolo. Viene una chica, me está haciendo fotos. No me ha tocado. ¿Soy suya? ¿Es ella mía? No lo sé, no la recuerdo. Ella sí me recuerda a mí. «Vanesita Vanesita, sonríe un poquito, que te estoy haciendo una fotito». No puedo responderle. Sólo puedo hablar desde mi pensamiento. Y oigo mi voz, mi nueva voz, una voz cursi, sintética, hermética, intacta al ruido tumultuoso de la terraza. Me mueve el sombrero, me da un besito. “¡Qué bella es…!” “¡Qué tierna!”. Quizá ella piense que la bella y la tierna soy yo… ¿Quién sabe? No puedo oír sus pensamientos, sólo su voz y los delicados sonidos que salen de su garganta en forma de cancioncilla popular recién inventada: «Se te cae el sombrerito, muñequita Vanesita, no se te lleve el viento o me pondré muy tristecita». Sigue cantando. Repite como un eco: «me pondré muy tristecita», «me pondré muy tristecita», «Vanesita, Vanesita».
«Se te cae el sombrerito, muñequita Vanesita, no se te lleve el viento o me pondré muy tristecita». «Se te cae el sombrerito, muñequita Vanesita, no se te lleve el viento o me pondré muy tristecita». Sigue el hilo de su voz mezclándose con el flash de la cámara fotográfica. Mira, ahora sí hay cámara fotográfica que me aleje con el zoom y que me acerque, y que me haga bella, y que me haga foto.
«Se te cae el sombrerito, muñequita Vanesita, no se te lleve el viento o me pondré muy tristecita» «Se te cae el sombrerito, muñequita Vanesita, no se te lleve el viento o me pondré muy tristecita» «Se te cae el sombrerito, muñequita Vanesita, no se te lleve el viento o me pondré muy tristecita».

«Se te cae el sombrerito, muñequita Vanesita, no se te lleve el viento o me pondré muy tristecita» «Se te cae el sombrerito, muñequita Vanesita, no se te lleve el viento o me pondré muy tristecita».
Noto una brisa de aire por mi lado derecho. No puedo ver si hay un orificio en la pared o si es que sale de la nada, sólo oigo ese circular por el aire en suaves ondulaciones, tan suaves como su voz. Un golpe de viento me hace rodar por el suelo.
«Se te cae el sombrerito, muñequita Vanesita, no se te lleve el viento o me pondré muy tristecita» «Se te cae el sombrerito, muñequita Vanesita, no se te lleve el viento o me pondré muy tristecita»
«¡No! ¡No! ¡No cantes! Tu voz puede conseguir hacerme rodar de nuevo. ¡No, no quiero volar!»
IV
«¡Posición cómoda en una silla azul de biblioteca de color azul oscuro, que no tiene posabrazos, con las patas metálicas, con un respaldo cuya curvatura se adapta fielmente a la espalda (a la mía, al menos)» «¡Posición cómoda en una silla azul de biblioteca de color azul oscuro, que no tiene posabrazos, con las patas metálicas, con un respaldo cuya curvatura se adapta fielmente a la espalda (a la mía, al menos)».
Con dos veces basta para volver a mi posición inicial, muy cómoda, si no os lo he dicho ya, pero ahora me lo parece mucho más. De nuevo el pie derecho apoyado en la barra metálica y de color dorado —que ahora presiento que siempre ha sido así— y el pie izquierdo volando en el aire de dentro de la bamba, con el tobillo apoyado en la pierna derecha. De nuevo, los ángeles de Alberti reposados sobre mi mano izquierda, descansando sobre mi mano izquierda.
No tengo la sensación de que el tiempo se vuelva a parar. Ha seguido detenido, estancado, atascado en esta espiral de espacios. El pensamiento y la comunicación con vosotros siguen siendo lineales (por suerte para la diosa Comprensión).
Me vuelvo a sentir en paz. Me sigo sintiendo en paz. Días y días. En este estado que parece inconcluso, en este estado que parece que va a terminar y que nunca acaba. Me recuerda a la sensación que se tiene cuando uno está a punto de conocer el secreto universal y entonces se le escapa. Es muy similar, porque esto no acaba. No acaba nunca. Quizá deba repetir otras palabras, quizá desde esta posición puedo ser todo lo que quiera. Podría ser… ¿qué sé yo?… un obrero echando una siesta, un hada madrina, el ángel de la guarda de la persona más buena, caritativa y clemente del mundo (y creedme, que la conozco), podría ser tú, que me estás leyendo ahora.
V
«Ser tú». «Ser tú». «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!»
No basta con un solo párrafo, hay que seguir.
«¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!»
«¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!»
No funciona… ¡No sé quién eres tú!
«¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!»
«¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!»
«¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!» «¡Ser tú!»
¡Sí! ¡Soy tú ahora! ¡Qué bueno! ¡Qué sensación más extraña! Aunque no tan alienante como la de estar en esa silla de biblioteca de color azul. Lo que pasa… que entonces… ¿dónde estás tú? ¿Quién eres tú? Ay… lástima de ti, que te has quedado atrapado en esta silla de biblioteca de color azul oscuro, que no tiene posabrazos, con las patas metálicas, con un respaldo cuya curvatura se adapta fielmente a la espalda. A la mía, por lo menos, sí que se adaptaba, espero que también lo haga a la tuya, porque en esa situación vale la pena estar cómodo. Ponte firme y empieza a pensar.
Espero que pronto un golpe de viento desequilibre tu silla. Espero que pronto una corriente de aire agresiva mueva esas patas metálicas y consiga echar la silla azul al suelo, hacia atrás, contigo encima, para que vuelvas aquí, o allí, no sé, y puedas levantarte y seguir con este runrún de la vida cotidiana.



[1] Buscar “posturas cómodas de lectura” en Google y también atriles para leer sin sujetar al libro.
[2] De modo similar (aunque aquí hablamos de lectura) al cuento de Borges en el que Dios otorga un milagro secreto a un personaje condenado a muerte, en pleno fusilamiento. Le regala un año de “vida” en su mente, parando el tiempo (tan moldeable, que ya lo sabemos todos) y permitiendo así que el personaje pudiese finalizar su libro, urdir en l tiempo su alto laberinto infinito, sin disponer de otro documento que la memoria.
[3] Según “yahoo respuestas”, que es el más grande “respondedor urgente” de internet, las cagadas de paloma —y se habla también de las de murciélago—son indicio de buena suerte o de mala suerte, según fuentes. Según wikipedia, estar en contacto —no sé qué quieren decir con estar en contacto— con excrementos de palomas puede representar un riesgo para la salud y hay tres enfermedades asociadas con estos: histoplasmosis, criptococosis y psitacosis.
[4] Si puede ser, no busquen el término en internet. Si lo hacen, pueden caer en una especie de enfermedad que aún no ha recibido nombre. Es un mal que consiste en que un sujeto, en un exceso de preocupación por su salud —física o mental—busca en internet los síntomas de algunas enfermedades que podría padecer, los encuentra y los asume, se asimilen a los suyos no. (En algunos casos, el que padece este mal atribuye estos síntomas a segundas personas, que pasan a convertirse ante sus ojos en enfermos).



Escritura: Mei
Fotografía: Iris Martínez

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