sábado, 7 de mayo de 2011

Obras completas

(Cuento a Domicilio);
un relato cada sábado.


A todos a los que ya les había contado mi sueño
a medias. Aquí va al completo:

Hoy he soñado que tenía en mis manos mis Obras completas. (¡Menudo egolatrismo, sísísí, pero tomemos este relato como metáfora, porque no siempre se sueña con lo deseado y a mí no me va ponerme a ese nivel). He empezado a pasar páginas. A leer y leer, aunque apenas sin ver nada. Había en esas páginas difusas, fragmentos que yo ya había escrito en mi vida real, estaban los poemas y las prosas que había seleccionado como los mejores de mi primera etapa. (La segunda no ha empezado, decía el editor del libro, que a decir verdad no tenía claro quién era. Tampoco me fijé en la editorial… y ahora ya no recuerdo la portada del libro).

De pie y con la obra en las manos, me ha sobrevenido una gran curiosidad, gran curiosidad y muy tierna. He recordado —esto en el sueño— los últimos versos de Machado, los que se encontraron en su bolsillo, Estos días azules y este sol de la infancia y ya, que después se han convertido —o los hemos convertido, o yo sólo, yo que sé— en el cierre de una trayectoria cíclica. Y todo por un solo verso. Por eso y por curiosidad pura yo quería saber qué fue lo último que escribiré en mi trayectoria vital.
Busqué mis últimos versos. Me da vergüenza decirlos en voz alta, en el sueño no parecían una bobada como ahora. Materializaban una idea que trato de concretar en mis versos de juventud actuales.
¡Qué aspereza saber que mi trayectoria poética va a ser un círculo cerrado también! ¡Qué angustia darse cuenta de que nunca saldré del curso de una circunferencia que siempre se repite, aunque siempre algo distinta.
Dice esa última hoja de mis Obras completas:
Derribar la duda
y urgar la nariz de la Existencia.
Me he ido despertando ligeramente, con el sabor del verso en la garganta, y no creo que fuese por ese urgar sin hache y ni siquiera entrecomillado. Adormilada, he intentado seguir buscando versos por la obra, para saber por dónde me llevarían estos senderos. Aún he conseguido pillar en mi memoria algunos de esos versos, salteados:
La existencia es un sabor a ciruela podrida,
huele a pedo
y los soldados que militamos
con la perseveranza por vivir que se nos ha ordenado…
Luego no sé qué más decía. Giré más hojas. En la sección de Esbozos, había un poema que se titulaba Juguete. Pensé, en menos de una milésima de segundo, que el tema podría ser similar a aquel relato que se titulaba Bárbara. No acerté:
Soy un juguete. Llevo un dedal como sombrero y las uñas azul y de porcelana. Creo que llevo rimel también, uno que se mantiene intacto en las pestañas. Y llevo unos tejanos que me tapan el ombligo. No sé hablar más que cuando me estiran de la cuerda que cuelga de mi espalda desnuda. Y ni siquiera entiendo lo que digo.
(Yo tampoco entiendo lo que dice…)
No pienso. Pero escribo. Nunca me he reído. No sé cómo se muere, que yo sepa el soldadito de plomo y la bailarina son eternos, nunca los hemos visto nacer ni tampoco los veremos morir. ¿Soy yo inmortal también? Me es indiferente.
(Si te es indiferente, ¿por qué preguntas en voz alta, entonces? )
Poco más he podido manosear por mis obras. La “despertez” —todavía entrecomillo las palabras de usar y tirar— no me lo permitía ya.



1 comentario :

  1. Siempre es complicado recordar los sueños pero inspirarse en ellos para escribir siempre es una cosa interesante, gracias por compartirlo.

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