jueves, 17 de marzo de 2011

Juan Ramón Jiménez



Hoy no celebramos nada. No es el aniversario conmemorativo de Juan Ramón Jiménez, el poema que voy a colgar no tiene nada que ver con el día de hoy, ni el de ayer; sólo que fue anteayer cuando lo descubrí y quiero esta mañana compartirlo, obviando comentarios propios.



CARTA A GEORGINA HÜBNER (en Laberinto)

EN EL CIELO DE LIMA


El cónsul del Perú me lo dice: "Georgina
Hübner ha muerto..."
¡Has muerto! ¿Por qué?, ¿cómo?,
[qué día
¿Cual oro, al despedirte de mi vida, un ocaso,
iba a rosar la maravilla de tus manos
cruzadas dulcemente, sobre el parado pecho,
como dos lirios malvas de amor y sentimiento?.


...Ya tu espalda ha sentido el ataúd blanco,
tus muslos están ya para siempre cerrados,
en el tierno verdor de tu reciente fosa
el sol poniente inflamará los chuparrosas...
Ya está más fría y más solitaria La Punta
que cuando tú la viste, huyendo de la tumba,
aquellas tardes en que tu ilusión me dijo:
"¡Cuánto he pensado en usted, amigo mío!...".


¿Y yo, Georgina, en ti? Yo no sé cómo eras,
¿morena?, ¿casta?, ¿triste? ¡Sólo sé que mi pena
parece una mujer, cual tú, que está sentada,
llorando, sollozando, al lado de mi alma!.
¡Sé que mi pena tiene aquella letra suave
que venía, en un vuelo, a través de los mares,
para llamarme "amigo"..., o algo más..., no sé..., algo
que sentía tu corazón de veinte años!.

-Me escribiste: "Mi primo me trajo ayer su libro..."
-¿Te acuerdas?-Y yo, pálido: "Pero...¿usted tiene
[un primo?".

Quise entrar en tu vida y ofrecerte mi mano
noble cual una llama. Georgina...En cuantos barcos
salían, fue mi loco corazón en tu busca...;
yo creía encontrarte, pensativa, en La Punta,
con un libro en la mano, como tú me decías,
soñando, entre las flores, encantarme la vida!...


Ahora, el barco en que iré, una tarde, a buscarte,
no saldrá de este puerto, ni surcará los mares;
irá por lo infinito, con la proa hacia arriba,
buscando, como un ángel, una celeste isla...
¡Oh Georgina, Georgina!, ¡Qué cosas!..., mis libros
los tendrás en el cielo, y ya le habrás leído
a Dios algunos versos...; tú hollarás el poniente
en que mis pensamientos dramáticos se mueren...:
desde ahí, tú sabrás que esto no vale nada,
que, salvando el amor, lo demás son palabras...


¡El amor!, ¡el amor!. ¿Tú sentiste en tus noches
el encanto lejano de mis ardientes voces,
cuando yo, en las estrellas, en la sombra, en la brisa,
sollozando hacia el Sur, te llamaba: Georgina?.
¿Una onda, quizás, del aire que llevaba
el perfume inefable de mis vagas nostalgias,
pasó junto a tu oído?.¿Tú supiste de mí
los sueños de la estancia, los besos del jardín?.


¡Cómo se rompe lo mejor de nuestra vida!.
Vivimos..., ¿para qué?.¡Para mirar los días
de fúnebre color, sin cielo en los remansos...,
para tener la frente caída entre las manos!,
para llorar, para anhelar lo que esté lejos,
¡para no pasar nunca el umbral del ensueño,
ah Georgina, Georgina!, ¡para que tú te mueras
una tarde, una noche..., y sin que yo lo sepa!.


El cónsul del Perú me lo dice: "Georgina
Hübner ha muerto..."
Has muerto. Estás, sin alma, en
Lima],
abriendo rosas blancas debajo de la tierra...
Y si en ninguna parte nuestros brazos se encuentran,
¿qué niño idiota, hijo del odio y del dolor,
hizo el mundo, jugando con pompas de jabón?.



Juan Ramón Jiménez



Quiero también compartir otro poema. No es de los últimos, de cuando se supone que el poeta había llegado a esa plenitud de plenitudes ni de cuando hablaba de eternidades e infinitos / que están después, sin más que ahora yo, del aire ni de cuando él llegó a ser su mar paralizado en olas de conciencia en luz. Voy al principio, a Jardines lejanos (apartado II.Jardines místicos) porque es de esos pocos poetas consagrados (por eso, precisamente, uno los descubre, porque no hace falta buscar como un loco su obra; está en todas partes donde uno quiera buscar) que ya no es tanto ese Enseña a dios a ser tú. /Sé solo siempre con todos, sino el proceso que lo llevó hasta allí.

¿Soy yo quien anda, esta noche,
por mi cuarto, o el mendigo
que rondaba mi jardín,
al caer la tarde...?

Miro
en torno y hallo que todo
es lo mismo y no es lo mismo…
¿La ventana estaba abierta?
¿Y no me había dormido?
¿El jardín no estaba verde
de luna...?… El cielo era limpio
y azul… y hay nubes y viento
y el jardín está sombrío…

Creo que mi barba era
negra... Yo estaba vestido
de gris… Y mi barba es blanca
y estoy enlutado… ¿Es mío
este andar? ¿Tiene esta voz,
que ahora suena en mí, los ritmos
de la voz que yo tenía?
¿Soy yo, o soy el mendigo
que rondaba mi jardín,
al caer la tarde...?

Miro
en torno… Hay nubes y viento…
El jardín está sombrío…

… Y voy y vengo… ¿Es que yo
no me había ya dormido?
Mi barba está blanca… Y todo
es lo mismo y no es lo mismo…

Juan Ramón Jiménez

Tomado de «Jardines místicos », en Jardines lejanos, 1903-1904. (Fuente:

http://cvc.cervantes.es/literatura/escritores/jrj/antologia/antologia03.htm)

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