viernes, 10 de diciembre de 2010

Flor de ciudad (4): Érase un payaso.


Hubiese dado un pulmón por haber llevado dinero en el monedero. Me hubiese saltado mis principios morales y le hubiera dado una propina al gran caballero que se puso en el paso de cebra a hacer el payaso. Literalmente, el payaso. ¡Y qué tal cómo lo hizo! Hacía malabares con una gracia ¡tan natural!; daba igual si se le caía una bola, él sabía qué cara había de poner para no desanimar a su público forzado, forzado por ser el de los coches, por ser los pilotos, copilotos y pasajeros traseros de los coches que esperan a que el semáforo dé el verde en una de las calles de la Meridiana (creo que era) que a él le dio por elegir.

Y además, ¡menuda gracia! Tenía calculado el tiempo que había de durar el número cirquense, sí, intuyo que había calculado cuando había de sacar una bola más para hacer los malabares con cinco bolas y que no le sobrase ni le faltase tiempo, para que todos los espectadores, cada pequeño público de coches que se paraba al dar el rojo el semáforo y no tenía nada mejor que mirar al malabarista payaso, pudiese contemplarlo de principio a fin en una brevedad exquisita. Lástima que cuando era hora de recoger el dinero, según tenía calculado, se le cayó una bola por ahí; lo recogió, el dinero. Con la bola no tengo ni idea de lo que pasó, espero que ningún coche la chafase. No fuera a ser que se desanimase y otro día, en ese mismo paso de peatones, hubiese un señor vendiendo kleenex o limpiando el parabrisas por dos duros que apenas un generoso le da.

A todo esto, yo le sonreí lo mejor que pude, sin siquiera bajar la ventanilla (¿cómo no avergonzarme de mí?), pero no le di ni un chavo.


Mei Manzanero
(Editado el 16/12/10)


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