sábado, 4 de diciembre de 2010

La pistola de Larra

(Cuento a domicilio)

Mi ciudad es a veces un locus amoenus con flores silvestres y girasoles, muchas otras es solo la noche de un cementerio silencioso. Depende, simplemente, del abanico que saco del corazón para aventar la niebla.


Hay figuras maravillosas en la historia (o algunas que no lo son tanto) que han quedado mitificadas en el colectivo social, no tanto por el general reconocimiento de sus capacidades intelectuales, sino por el ideal creado en torno a su personalidad. No nos vamos a engañar, o bien esto es algo intrínseco al ser humano, o bien es cuestión social. No entraremos en si fue antes el huevo o la gallina, solo en la posibilidad de aceptar esta idea como válida, porque casi siempre la fama se compone más de una imagen (imaginaria o concreta) que de unos logros concretos, y si no que se lo digan a los asesores de imagen de la campaña electoral, ahora que hemos estado de elecciones por aquí.
Estoy aún lejos de criticar esto, tan solo quiero que sirva como apunte antes de entrar en mi historia. Hay otra cosa, aunque supongo que no hace falta decir que escribir no es meramente el uso de los signos de un código en un momento dado y en un orden estéticamente brillante que ofrece resultados unívocos. Precisamente, la magia del escritor a menudo se encuentra en la ambigüedad y en la abstracción, además de que reducir la expresión artística a un nivel tan poco creativo, como la idea de que tratar de escribir es tratar de encauzar las palabras justas en el río de las ideas, me parece hartamente doloroso. Obviamente, con esto no quiero negar ni la técnica ni la práctica de la escritura ni tampoco que ésta es un proceso de aprendizaje, como lo es también ir en bicicleta.
Creo que estamos preparados para entrar en lo que le sucedió a mi personaje. Así él me escribió esto:

«No hace mucho que la pistola de Larra me atravesó la sien (derecha, por salvar las distancias con el joven genio). Sí, la mismísima pistola de Larra, recreada desde la mente más turbia y compungida, me traspasó los sesos. Y esto fue, compañero, por no haberla visto nunca, pues fui al Museo Nacional del Romanticismo, allí en la capital, Madrid, donde afirman que está, y no la vi. Dicen que no hay total seguridad de que sea el arma con la que Larra abandonó este dichosísimo mundo, pero en todo caso hay dos armas en el museo que, si no fue una de las dos la que le llevó a la muerte, al menos alguna escuchó desde cerquita el gran disparo, aunque esto solo lo dicen también y nadie lo confirma con datos certeros. En todo caso, tampoco vi estas dos.
«No me desplacé tantos quilómetros solo para cubrir una morbosidad tan gozosa como ver la pistola de Larra, aunque hubiera sido muy placentero, quizá libidinoso, haberme podido acercar a esa joya o al menos a las dos pistolas que quizá oyeron el disparo. Al menos, vi objetos tan atractivos como para satisfacer el fetichismo literario, ―que yo pensaba que no tenía―en la exposición “XIX Cajas de Larra”: la baraja de cartas francesa de Larra, la camisa que llevaba Larra en su muerte, una carta de Larra… cada cosa dentro de su respectiva caja que, al tirar de una cinta pegada a la tapa, se abre emanando de dentro una luz, no tanto espiritual, más bien eléctrica. Lo que no llegué a ver nunca, en el Museo Nacional del Romanticismo, fue la maldita y cabrona pistola con la que el amigo se voló los sesos.
Sin embargo, vi cosas dignas de recordar. Lástima que mi memoria falla y mis fotos se han perdido. Había un sillón de los secretos, uno de esos que llaman confidente, con dos asientos, uno hacia adelante y uno hacia atrás, de modo que los que se sentaban estaban en la postura perfecta para decirse cosas al oído, ya sean secretos o más que secretos. Este vis à vis, por si algún día vas y te hace gracia verlo, lo encontrarán en la sala XX, llamada El Gabinete (en el Museo Nacional del Romanticismo).

«Tampoco me desplacé tantos quilómetros en un tren con un billete de clase butaca (eufemismo de “billete de clase pobre”) solo para ver el Museo Nacional del Romanticismo. Lo hice, incluso, para algo más que ver cuadros, monumentos, jardines y pistolas de Larra, aunque ver, tan solo ver, es lo que más hice. Ver y contemplar, repintando con un pincel imaginario cada edificio, cada esquina, cada nube, cada estatua, cada personaje pintoresco, cada expresión lingüística propia de Madrid, cada pronombre “la” usado en función de complemento directo; y borrando con la goma imaginaria cada grieta, cada meada, cada cagada de paloma y cada graffiti en los monumentos, cada maletín de los hombres que salen a trabajar, cada tubo de escape, cada, cada y cada…
«¿Que si Madrid me gustó? Obviamente ya sabía que no encontraría el Madrid de hace cien años, ni el de hace ciento cincuenta, ni el de hace ciento setenta, ya lo sabía yo… que el Madrid que yo encontraría sería el de “en pleno 2010”; pero sí, puedo decir que sí, que me gustó, pues cuando quise pude desplazarme en el tiempo en mis paseos solitarios. Viajé, sobre todo, a mundos pintados, a visiones de pintores, a retratos, a historias que no conocía, a contextos históricos a los que no había dado la suficiente importancia, a poemas vitales que no me había atrevido siendo tan joven a leer…
«Solo hubo un segundo en el que no me moví del Madrid del siglo XXI. En la visita al Panteón de los Ilustres, en el cementerio de san Justo, de Madrid, donde se encuentran los restos de Larra, de Espronceda, y otros más.


«Silencio. Solos unas gitanas merodeando por el cementerio, siempre fieles a sus familias, estén donde estén. El viento corre, la ceniza se desliza por el suelo en una ola de nostalgia y ternura. Un sol aterrador. Allí, las sepulturas, en una disposición simétrica y equilibrada, diciéndole al mundo que van a estar para siempre. Y yo enfrente, estando solo para unos minutos. El joven Larra, enterrado bajo un gran bloque de piedra, quedando para la posteridad con sus restos y con una prosa de una actualidad asombrosa, vigente en muchos casos en nuestros días ―y es que el diagnóstico de las enfermedades de España parece que va a repetirse una y otra vez, porque este paíssiempre vuelve a recaer en sus anginas―. El joven Larra, digo, bajo un bloque de piedra, buscando su pistola, el arma que no he podido llegar a ver, y que él tampoco encuentra. Lo imagino, lo oigo, lo escucho. Lo veo. No importa nada. El viento, que antes ya desfilaba con cierta velocidad, ahora adquiere mucha más virulencia. Un soplo de aire, cándido y desastroso, se mezcla con un disparo, con el disparo de la pistola de Larra que me atravesó la sien (derecha, por salvar las distancias con el joven genio). Apenas puedo darme cuenta, no hay tiempo para percatarse de qué es lo que me perfora en medio de la cabeza. Ni de cómo salpica la sangre en mis aladares. Sólo veo; ahora solo veo, ya ni contemplo. No puedo borrar el disparo de la pistola de Larra, que me devolvió a la realidad, que me devolvió a la vida de este dichoso XXI.»

Después de esto, mi personaje no creyó necesario escribir qué más le sucedió en Madrid, ni lo que vivió en el Museo Nacional del Romanticismo, ni que pasó después en aquel cementerio. Nunca detalló qué más cajas abrió en la exposición “XIX Cajas de Larra”; ni me contó si vio una mesa de billar en concreto de la que a mí me interesaba tener una foto; ni me dijo si fotografió, aunque perdiese las fotos, la cómoda que perteneció a la escritora Carolina Coronado; ni si le hizo gracia la sala El fumador, o fumoir; tampoco me dio tiempo a preguntarle si se fijó en esa arpa romántica que firmada por Sebastian Erard ―llamado por algunos gran diseñador de pianos y por otros ingeniero del arpa moderna―; ni de que me explicara qué escritores románticos vio retratados.

Terminó lo escrito y lo firmó. Hasta escribió “PD:”, aunque sin llegar a rellenarlo, y a pesar de no ser una carta formal. Solo me dijo un día que había vuelto a la realidad, que se había vuelto más real de lo que había sido nunca; que ya había despertado, que ya le habían salido las alas, que lo llamase como lo quisiera llamar. Pero la verdad es que nunca supe a qué se refería.


Mei Manzanero

Licencia de Creative Commons

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