sábado, 20 de noviembre de 2010

Más de 20 sueños, 20 años y más de 20 desengaños (Cuento a domicilio)


por tener también veinte años y no aparentarlos, como yo.


En veinte años le da a uno para soñar mucho y alcanzar poco.

Basta la infancia para recorrer una inocente alameda con piedras diminutas en el camino y para empezar a ver una multitud de pequeñas estrellas en el cielo, que seguramente cuando el niño nació ya habían desaparecido pero cuyo brillo el niño podía seguir observando. Esas estrellas, esos pequeños sueños, que se difuminan en un cielo oscuro que proporciona a la criatura u
na sensación que no sabe reconocer, pronto pelearán entre ellas y una o dos, vencedoras, pasados muchos quilómetros de la senda de la vida, se posarán en las manos del individuo que camina por esta alameda.
Basta la adolescencia para convertir esa inocente alameda con piedras diminutas en un romántico y extravagante paseo agitado y turbulento, tergiversado, modificado a la semejanza de la mente que quiere controlarlo. Es un trayecto espontáneo, loco, vivo y creativo unas veces, muchas otras es tedioso, aburrido, sinsentido. Ya con menos de diez estrellitas en las manos, el adolescente, ya individuo, ya un "yo" único e infeliz, recorre su senda pensando a menudo cuál o cuáles de esas estrellas ganarán la batalla. Pero este paseo es una tragicomedia formada por pequeñas piedras, una tras otra, ya no dispersas entre sí, como en el primer camino, ahora estas piedrecitas están en disposición desordenada y desequilibrada y hay cientos, miles, y ya no se puede ir descalzo, uno se calza para proteger su camino andado porque, aunque las estrellas pesan en las manos, más pesan los callos y duricies de los pies que uno, con el ingenuo impulso de allanar, acaba por cortar descubriendo una nueva piel limpia, fina, pura y débil a la que el roce de cualquier breve camino, aunque sea de arena, le duele.

Bastan veinte años para soñar mucho y alcanzar poco. Porque entonces ese uno llega a su segunda década y ¡Ved cómo llega! La decena del número de sus años cambia por fin, y ahora es consciente de ello, porque cuando cumplió los diez, aunque fue un gran paso, no fue tan agigantado como al cambiar el uno por el dos, ni como al desprenderse de ese nueve, que ya empezaba a abatirle el ánimo, y colocar en la cuenta el cero de nuevo, volviendo a contar hasta diez, aunque muy despacio porque los treinta los ve lejanos a pesar de saber que no tardarán tanto como cree en llegar.

Por ahora, es el veinte el que se le cae encima. Y le pesa más que los callos y duricies, y le duele más que las piedrecitas de la infancia, que ya ha olvidado y que ya no recuerda más que con una nostalgia acogedora y tierna. Los mitos y los ideales se le caen al suelo, es más, le atraviesan la sangre y le hielan el alma y las imágenes de deseo y de diversión se encierran en un globo que hay que seguir observando hasta verlo mezclarse con una nebulosa y hasta acabar petando en un sonoro ¡plas! (¿cómo carajos suena un globo al petarse?).

Tener la sensación de que es solo su globo el que ha petado no le hace envidiar a nadie. Se erige orgulloso y satisfecho de sí mismo, habiendo elegido, desde hace como máximo dos años, la estrella definitiva que le ha de guiar en todo lo que le queda de vida, si es que no decide volver a buscar nuevas estrellas y si es que no decide sopesar las posibles estrellas que lleva en las manos.Y nada le importa, porque reniega de todo y no reniega de nada, porque no tiene amigos pero sí los tiene, porque no tiene amor, pero sí lo tiene, porque no tiene familia, pero sí la tiene. Solo sabe que tiene dos cosas valiosas y que basta con eso: la estrella que brilla en su mano, siempre agarrada, sin soltarla, haciéndole brillar el cuerpo entero, y el libro, parte de esa estrella, que abre noche tras noche, empezándolo y acabándolo una y otra vez en una espiral tierna y tibia, en un tiempo que nunca expira. Estas son las dos estrellas, la una inserta en la otra, que ha llevado colgadas del cuello toda la vida, aun sin saberlo, y que no desechará nunca.

Mei Manzanero

Fotos hechas por Aroha




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2 comentarios :

  1. ¡Gracias Mei! El texto me ha parecido precioso pero también un tanto negativo. Me identifico mucho con lo que explicas, sobre todo con la metáfora del globo. Da miedo pensar en los veinte pero... ¿Qué haremos a los treinta? Pensaremos que nos quejábamos por vicio o qué-sé-yo.

    En fin, un beso :)

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  2. Ei, anims que fer 20 anys no és fer-ne tants, el que importa és mantenir l'esperit jove i concentrar-te en fer grans les estrelles que et quedin a les mans :) (les estrelles representen els somnis i objectius, m'ha semblat).

    salut

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