sábado, 27 de noviembre de 2010

Estimado Sr. Estrés





(Cuento a domicilio)

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Sr. Estrés
Avenida Gran de Ojerado, 10.
Barcelona (08034)

Barcelona, 27 de noviembre de 2010

Estimado Sr. Estrés,
le envío esta carta desde el trato más cordial y amable posible para mostrarle mi más profunda admiración. Usted, Lord Estrés, sé que viene de un lugar en el que se habla inglés, pero no puedo más que sentirme sorprendida y admirada de lo raudo y hábil que ha sido usted al instalarse en la sociedad española. Para mostrarle mi absoluto desconcierto ante los efectos que usted provoca, he pensado en la posibilidad de explicarle mi historia.
Hace ocho meses que visité a un psicólogo. Este es, actualmente, la figura científica y racional que tiene el papel de guiar y de corregir comportamientos de ciertos individuos sociales (de gran parte, en realidad). No es difícil ver que es posible que acabe sustituyendo finalmente a la figura del confesor en como máximo cincuenta años. El psicólogo es tan práctico, metódico y coherente, que no es necesario que te convenza para que le pagues. Por eso, el monedero me quedó medio vacío cuando salí de su consulta, pero también me quedó la cabeza hinchada de tantas ideas. ¿La más importante? Que padezco de estrés.

Le voy a contar cómo lo supo. Básicamente, lo que vio en mí fue que me muerdo las uñas. A partir de ahí, realizó una hipótesis deductiva que verificó con un interrogatorio que él intentó venderme como una conversación. Es curioso, porque precisamente puse las manos encima de la mesa para que el señor psicólogo no pudiese pensar que soy una persona insegura, pero mire, al querer ocultar eso, estaba demostrando, sin querer, que padezco de usted. No importa, no se preocupe por el psicólogo; no he vuelto a ir al consejero.
Aún así, reflexioné arduamente sobre el diagnóstico de estrés del psicólogo y hace exactamente medio año decidí dejar de morderme las uñas. Supongo que cualquier individuo que forme parte de la categoría “memuerdolasuñas” y sobre todo cualquiera de los que formen parte de la de “memuerdolasuñasdesdetodalavida” o de la de “depequeñamemordíalasdelospies (yavecesaúnlohago)” entenderá lo que es morderse las uñas. Ñacañá todo el día, con diferentes versiones según lo que hagas con la media luna que roes, que hay quien se muerde las uñas y escupe lo mordido; que hay quien las muerde por un lado, las arranca con otro dedo y las tira a la basura; que hay quien la coloca entre los dientes; que hay quien la mezcla con saliva y juega con ella hasta escupirla y cambiar de uña; que hay quien se las come; que hay a quien se le atragantan en la garganta… ¡y qué más da! La cuestión es si te las muerdes o no y también, aunque de menor importancia, si te las muerdes mucho o no.
Mi primer truco fue pintármelas de cualquier color, pero como nunca me las había pintado fue muy difícil acertar con el pincelito y más usaba el quitaesmalte que el esmalte. Como además igualmente me las seguía mordiendo, pronto lo que empecé a escupir ya no eran medias lunas de uña, sino medias lunas de uña con esmalte. A veces solo el esmalta, porque resulta que me enganché a arrancarme también con los dedos el esmalte y las uñas me quedaron hechas un ciasco.
Entonces me acordé de los caramelos de eucaliptus. Me compré una bolsa de cien caramelos y cada vez que empezaba a morderme las uñas me comía uno. Obviamente, eso acabó siendo en grandes cantidades y ya hace tres semanas que salí del dentista con una factura horrible. Ahora no solo el monedero está medio vacío, también la cartilla está haciendo estragos para llegar a fin de mes.
Aunque me di cuenta de que era peor el remedio que la enfermedad, no dejé los caramelos de eucaliptus, porque también me enganché a estos. Entonces lo único que pude hacer es, cada vez que me quería morder una uña (dejando de lado que me la mordía igualmente), ponerme un caramelo de eucaliptus en la boca (a veces los alternaba con los de fresa o incluso los mezclaba) y cuando terminaba me lavaba los dientes. Me enganché al cepillo de dientes, daca y daca a todas horas con las tres cosas: uñas, caramelos de eucaliptus y cepillo de dientes. Sí. Y es que en mi maletín del adicto llevaba el esmalte, el quitaesmalte, muchos caramelos de eucaliptus, el cepillo de dientes y la pasta de dientes. Y ese no fue el maletín más lleno que llevé, esperad y veréis.
Como soy una persona sensata, coherente y racional, ―heredera de este siglo XXI, que lucha un poco impasiblemente por no seguir por el camino de la robotización de los sentimientos humanos―, hace ya como cuatro meses, quizá casi cinco, me preparé un café y me senté en una silla a decidir que podía hacer para desengancharme de todo eso. Como la razón no funciona en todos los casos y no todo es tan fácil como parece, cuando fui a morderme una uña, me la mordí, busqué mi caramelo de eucaliptus, y entonces empezó el dilema: ¿eucaliptus y café a la vez? No podía mezclar las dos cosas. Elegí el café y entonces me ofrecieron un cigarro. Lástima, porque me lo fumé. Y ese fui el primero de otros tantos. En definitiva, que adquirí el hábito de: morderme la uña, comerme un caramelo de eucaliptus, fumarme un cigarro y lavarme los dientes. La parte buena del cigarro es que me lo fumaba antes de lavarme los dientes, porque si me hubiese dado por fumármelo después de la limpieza de dientes hubiese tenido que lavármelos de nuevo después de fumar.
El problema, como ve, Sr. Estrés, se fue haciendo mucho mayor. Yo no podía canalizarle a usted a partir de elementos tan triviales, pero sin embargo, se engancharon dos más a la lista. El primero fue el enjuague bucal y fue porque un día, después del caramelo de eucaliptus y el cigarrillo, percibí un poco de mal aliento y decidí usarlo. Ese fue el primer día de todos los demás. Lo bueno, es que tenía un pequeño reloj de arena y me entretenía mirando la arena caer cada vez que pasaba por esos veinte segundos de lo que llaman “dinamita contra la placa” o más personalmente “todoloquepicacura”. Este relojito de arena fue mi nueva manía y ahí se quedo, siempre al lado del enjuague bucal, esperando que mi mano le diese la vuelta.
Después de ver todo esto y de caer en la cuenta de que no podía estar más de tres cuartos de hora quieta porque tenía siempre todas estas tareas por hacer, hace como tres meses y medio, puede que casi cuatro, busqué un recurso que, aunque me llevaría más tiempo de golpe ―y no tiempo intermitentemente, cinco minutos un día, cinco minutos otro día―, quizá sería más eficaz: el deporte y el estudio. Lo bueno de estos dos es que no eran tan contraproducentes como los demás, ya que los anteriores, a fin de cuentas, me provocaban más estrés del que me quitaban.
Al principio, el deporte sirvió para generar endorfinas, hormonas de la felicidad, una o dos veces por semana, no más. Pero ya le digo, fíjese que la semana pasada, no hubo día que no practicase deporte, que si la bici estática, que si la bici de montaña, que si el footing, que si un poco de baloncesto en la cancha, que si un poco de aeróbic, un día hasta me fui al tenis, incluso probé esto del yoga… No le voy a decir que no estuve radiante al día siguiente, porque tuve una sensación de vitalidad espléndidamente anormal, pero ahora mismo apenas puedo moverme del cansancio. Siento como si se me hubiesen atrofiado los músculos, y con este estado físico lo único de lo que no tengo ganas es de estudiar, aunque vengo haciéndolo desde hace un mes como una rutina diaria antes de dormir y ya me he acostumbrado. Quizá debería haberlo tomado todo con calma, pero no concibo esa posibilidad como algo materializable en la vida real. En fin, siento tal estrés al quererme liberar de usted, que mire hasta donde he llegado.
Hay algo que me gustaría dejar patente en esta carta y es que no quiero que piense que esto que me sucede es culpa mía. En realidad, la carta se la escribo porque le culpo a usted y solamente a usted, simplemente por el hecho de haber nacido. Espero que en la respuesta no alegue que usted es hijo de Una Cuestión Cultural, ni que usted es un rasgo del mundo occidental, ni tampoco me venga diciendo que todo es culpa de la generación joven de hoy en día…y que ya se sabe, y no me diga que su padre fue la Prisa Social. Y sobre todo, como me venga con pamplinadas del hombre del traje con el maletín gris que sale a las cinco de la tarde del trabajo en manada con otros mil hombres de traje con maletines grises que también salen de trabajar, ¡uh! ¡No sé que le diré! Supongo que le mataré. No, disculpe, ahora que caigo, en realidad es imposible terminar con la vida de usted, siempre tan amenazante con esa figura tan esbelta y engullidora…
En fin, no importa, no vamos a pelear en una carta, que es unidireccional y no puede usted, señor Estrés, responderme de inmediato. Quizá algún día podamos tomar un café o un red bull o cualquier otra bebida y comentar más a fondo todo esto que le estoy contando y también ver cómo ha llegado usted hasta mi país, hasta mi casa y hasta mi cuerpo. Pero como esta invitación todavía no la ha aceptado, me voy a tomar el derecho de terminar la historia que le estaba contando, ya que seguro que le hará ciertamente gracia ser el protagonista de una historia de la que no tenía noticias.
Le decía que ahora mismo no puedo practicar deporte, que parezco una albóndiga aplastada y que por eso le escribo, porque lo único que no me duelen son los dedos, aunque se están empezando a estresar otra vez. Como llevo así desde el domingo pasado, ya el lunes por la mañana busqué “generar endorfinas” en internet. Como ya me he informado lo suficiente, he decidido pasar los tres o cuatro próximos meses tratando de canalizarle a usted usando estas nuevas actividades, que generan endorfinas acompañadas a veces de técnicas de relajación.
Le digo lo que haré. Para empezar, madrugaré bastante para tener tiempo para quebrar primero y romper después este vínculo tan fuerte que tengo con usted. Entonces lo que haré durante el día será, en primer lugar, reír, que dicen por ahí que es “la mejor fuente de endorfinas”; en segundo lugar, buscar a alguien apto para enamorarme, ya que se dice que es lo mejor para mejorar las vidas estresadas y que asegura tal estado extremo de atontamiento que fomenta el olvido del estrés, ―a veces hasta de tu propia vida, en general―; luego debería hacer deporte, pero esto voy a obviarlo porque estoy empezando a cogerle miedo; también empezaré a tocar el piano para escuchar e interpretar melodías suaves y tiernas; dos veces por semana iré a un masajista; además, me relajaré haciendo yoga y elegiré un arte marcial que sustente su base filosófica en la relajación y en el bienestar del individuo; puede que pasee por la montaña y respirar la naturaleza por lo menos una vez por semana; encenderé velas alrededor de la bañera cuando me bañe (se acabó la ducha rápida desde ahora mismo); dedicaré unos veinte minutos por día a evocar momentos felices pasados y otros veinte a imaginar y anhelar proyectos que aún están por hacer, porque dicen que también esto genera una pequeña felicidad, y por último reflexionaré sobre la posibilidad de empezar a comer productos con mucho cacao, hecho que algunas teorías demuestran que puede ser contraproducente al provocar más ansiedad de la que se canaliza, aunque nunca se sabe, quizá me dé otra pequeña felicidad instantánea y a base de sumas de mini-felicidades pueda crearme una grandiosa bola de felicidad.
Lo que dejaré de lado un tiempo, al menos, es el intento de desprenderme del maletín del adicto. No generaré grandes esfuerzos para dejar de morderse las uñas, de saborear caramelos de eucaliptus, el café, el cigarrillo, la higiene bucal constante, el reloj de arena que gusto de girar una y otra vez, y un largo etcétera que he obviado por si acaso usted, señor Estrés, es cínico y manipulador y le gusta vanagloriarse de sus victorias a fuerza de fastidiar la vida a los demás.
Para finalizar esta carta, solo le ruego que me disculpe si he empleado en algún momento un lenguaje un tanto descortés con usted o si hay partes que no se entiende. Acháquelo usted a mi estado altamente estresado. Le ruego también que me desee suerte para mis próximos seis meses en su respuesta a esta carta, respuesta seguramente rapidísima, como es usted, siempre tan veloz y atento con todos nosotros.
Un saludo cordial,
(firma indescifrable)

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Mei Manzanero


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3 comentarios :

  1. Buenas tardes. Por casualidad, había estado mirando la página de filólogos necesarios y encontré un enlace hacía esta página, casualmente recaí en el señor usted y me he reído mucho. La verdad es que le felicito por su blog, y más en concreto por esta entrada que lejos de ser aburrida, ha producido en mí, enormes carcajadas en medio de una biblioteca en el que todo el mundo me miraba con cara de loco/a.

    Felicidades.

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  2. Yo pondría la calle Avenida Gran de Ojera, 10.

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  3. Al final he puesto Gran de Ojerado :), dejando el "do" de miedo :), aunque ya tiene así tenga otro significado.
    ¡Gracias, brot!

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