sábado, 23 de octubre de 2010

Rebuscada y pedante caricatura lingüística de mi familia (II)

(Cuento a domicilio)

II.

Creo que falto yo. Mi especialidad, las palabrotas combinadas con las palabras más corteses de la lengua (ora digo ¡joder! ¿qué hora puta debe de ser?, ora digo disculpe, caballero, ¿sería tan amable de decirme la hora?). De argumentación desordenada y a veces inconexa, sobre todo en los arrebatos de diarrea verbal que me corroen como el veneno de serpiente por las venas y que me hacen gesticular más de lo común, a veces, de muy vez en cuando, suelto una frase lúcida que deja todo lo de atrás en el limbo.

Lo que en mí sucede —y en los demás también, pero la que gasta el tiempo en escribir soy yo— es que he heredado muchas cosas de mis padres y muchas otras las he ido aprehendiendo de toda la familia, en general.

De mi padre se me ha pegado el amor a los adverbios de lugar, aunque mi preferido es mañana (mañana lo hago, mañana llamo, ¿mejor mañana no?, mañana, mañana y mañana) y también sus oraciones interrogativas de lugar, sólo que yo cambio el objeto de búsqueda y le añado una queja proverbial (¿dónde están mis gafas? Es que, ¿cómo voy a buscar las putas gafas sin llevarlas puestas? ¡Si no veo! ¡A ver quién las encuentra!).

A mí madre le tomo a veces prestado los juicios de persona en susurro, aunque los he hecho propios, pues yo siempre me como la oclusiva bilabial sonora (¡ay, qué pesao!) e incluso tengo una versión propia ¡ostia, qué estrés de tío!); además de tomar en ocasiones ese hola que parece una ola del mar y sazonarlo al gusto.

A mi hermano mayor le he hurtado la manía de salirme de la tangente, pero en mi caso nunca es para salirme indefinidamente de la parábola, ya que yo acabo formando un triángulo isósceles con la tangente y esta acaba volviendo a la parábola inicial. Sus tangentes, en cambio, se pierden en la neblina de la noche. Ah, y yo también le tengo un odio visceral a los adverbios de negación (véase ya de una dichosa vez “aprender a decir que no” en Google).

Lo que tengo en común con mi hermano mediano no es ni la perilla —¡Dios me libre!— ni el arrastre casi olvidado de un sufijo dimutivo detrás de mi nombre. Lo que nos une es ese laberinto de discusión y argumentación, lo que pasa es que yo nunca me llevo el ovillo de hilo que usó Teseo en el laberinto de Creta para matar al Minotauro y por eso siempre queda el monstruo en el aire esperando y los arbustos del laberinto pudriéndose.

De mi hermana me he cogido esa conjunción tan maja, aunque yo le añado unos puntos suspensivos para que el otro no se desespere (—¿y…?; —pues que nosequé; —¿y…?; —pues que nosequé nosecuántos; —¿y…?; —pues que nosequé nosecuántos nosequintos [y así la conversación va avanzando, despacio, pero avanzando]). Lo que sí he copiado íntegramente de ella, o puede que ella de mí, es esa chulería que se manifiesta lingüísticamente en ciertos actos de habla ofensivos, de los que no daremos ejemplos por no herir sensibilidades. En cuanto a sus despedidas relámpago no puedo decir nada, porque a mí me sucede todo lo contrario, que tardo minutos y minutos en despedirme, quizá por cortesía, quizá por pereza de empezar a hacer otra cosa que no sea lo que estaba haciendo (mañana me despido).


Mei Manzanero

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Va por pequeños capítulos,
hoy la segunda parte
y el sábado 30 la tercera.

1 comentario :

  1. Me ha gustado tanto como la primera parte. Se ve la influencia de cada miembro de la familia en el idiolecto de la protagonista. Es una herencia más, como una nariz demasiado alargada o la altura ;)

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