sábado, 16 de octubre de 2010

Rebuscada y pedante caricatura lingüística de mi familia (I)


(Cuento a domicilio)


A mi familia,

al hogar

donde me han dado la mejor cama

y el mejor diccionario

que tendré en toda la vida:


I.

A mi familia le gusta mucho la lengua; a todos y a cada uno de los que se compone nos encanta y esto es porque la usamos y reusamos día sí día también. Pero no a todos nos gustan las mismas ramas de este gran árbol lingüístico, cada uno elige, potencia y explota una de sus bifurcaciones:

Mi padre, por ejemplo, adora los adverbios, sobre todo el luego (luego lo miramos, luego lo buscamos, luego, luego, luego). Le gustan también las oraciones interrogativas directas de lugar y las emite sin una marca ostensiva que inicie la comunicación (¿dónde está mi gamuza?); además de desconcretizar los objetos llamándole a todo cacharro, sea cualquiera el género gramatical de la palabra (nunca le oiréis decir cacharra) y sea lo que sea el objeto (ya que cacharro bien puede ser el televisor, un plato, un libro o una mandarina), además de esto, digo, ha tomado por propias frases literarias que han quedado para la posteridad (¡Vuelva usted mañana!). ¿Y qué más decir de mi padre?, el hombre que nunca lleva manchas en la camisa, aunque a veces lleva churretes o lamparones, como dice mi madre.

A mi madre, a pesar de decir en voz alta día sí y día también que mi padre tiene churretes y de cagarse en en la puta (esto ya más de vez en cuando) duplicando la preposición por si la cagazón no es lo suficientemente expresiva y eficaz para expresar su enojo, lo que más le gusta son los auto susurros (¡ay, qué pesado!) y en general todo lo que es el monólogo interior del pensamiento, pero pocas veces en silencio y casi siempre en susurros que más parecen suspiros y que contienen frases resolutivas acerca de los juicios que hace a las personas. Susurros que tienen la misma característica fundamental que su mayoría de conversaciones corteses: una curva de entonación cuyo ritmo parece el principio de un blues romántico y melancólico.

El hermano mayor que tengo domina a la perfección la argumentación y se sirve a veces de un estilo impecable, que a saber de donde ha salido, —no como yo, que me atrevo a escribir argumentación detrás de perfección sabiendo que es un poco cacofónico (aunque bueno, la palabra más cacofónica que hay es la propia “cacofonía”)—. Parece un discípulo de Cicerón, solo que jamás ha abierto un libro del polifacético orador y retórico. Tiene claro que en las conversaciones siempre hay uno que dirige el cauce del río y así él lo conduce sin escapársele ni una sola hoja que se haya quedado pegada a una roca del arroyadero. Como gran argumentador, le gustan también las matemáticas, por eso siempre de forma disimulada abandona la parábola de la conversación y se escapa por la tangente a golpe de cañón. Lo único que no lo hace un completo y fantástico orador es ese temor y recelo a usar un adverbio de negación tajante (nunca digas no, dice bueno, es que…).

A mi otro hermano, quizás por ser menor que el anterior, le añadíamos desde bebito un sufijo diminutivo detrás del nombre; pero a fuerza de crecer en altura, de salirle una pequeña perilla que ya desatiende y de tomar de vez en cuando la actitud de un anciano resignado y enfadado, hemos acabado por sacarle ese –ito y dejar el nombre en grado positivo, por así decirlo. A éste hermano lo que más le gusta es iniciar tanteos de conversaciones falsas y recorrer laberintos discusionales sólo para estudiar la reacción de su interlocutor y, en última instancia, para sonsacarle información o hacerle enfadar. Amante de la discusión y la retórica, se distingue del hermano mayor en que nunca logras averiguar el motivo original de sus gruñidos conversacionales, aunque algunos indicios apuntan al fastidio por placer y la canalización de la ira.

Tengo también una hermana. A ella lo que le gustan son las oraciones breves, a veces le basta con una única conjunción coordinante copulativa pero siempre con una fuerza ilocutiva muy eficaz, aunque a veces sólo provoquen el cabreo de su colega conversacional (—¿y?; —pues que nosequé; —¿y?; —pues que nosequé; —¿y?; [fin de la conversación si con suerte se ha topado con uno de los miembros de la familia que no sea terco y cabezón, aunque eso es improbable], o bien ¿i si vull?). Tiene, además, una capacidad innata para conectar sufijos intensificadores a los sustantivos y adjetivos (es la ultimísima vez, la ultimísima, la ultimísima). Y creo que también es necesario decir que sus despedidas son más rápidas que un relámpago (adiós y cuelga el teléfono sin una presecuencia como oye te cuelgo ya o te dejo ni con un tengo que hacer nosequé).


Mei Manzanero



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Va por pequeños capítulos,
el sábado 23 la segunda parte
y al otro sábado la tercera.


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4 comentarios :

  1. ¡Reclamo que mi descripción vaya a revisión!
    Por cierto, te has dejado a la Ramona.



    PD: de nada, de nada por la sonrisa ^^

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  2. ¡Me ha encantado tu cuento! Me ha parecido muy divertido, sobre todo la descripción del hermano mayor y del padre xDDD

    Espero con ansias la segunda parte ^^.

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  3. Brutal, esta entrada. Me parece genial la forma como desnudas a los miembros que te rodean...

    besos!

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