sábado, 25 de septiembre de 2010

Mi puzle


(Cuento a domicilio)


Cuando emprendí la tarea de realizar aquel puzle estaba contenta, motivada y decidida a poner fin a ese revoltijo de piezas que venían en una bolsa dentro de aquella caja con el dibujo que algún día conseguiría completar. En cambio, el día que quise terminarlo y no pude estaba muy pero que muy enfadada.

Aun habiendo estado bastante alterada desde que vi que no podía acabarlo, hubo una tarde en la que me animé a buscar las últimas piezas que me quedaban por encajar, estaba resuelta a hacerlo, pero lo que me movía a hacerlo era la irritación, lo enfurecida y airada que me sentía.

Decidí hacer un puzle cuando sentí que me estaba haciendo un poco mayor. Edad adulta, numerosas motivaciones, muchos sueños que seguramente no se acabarán de cumplir, una alegría inocente que a veces se mezclaba con un hastío incontrolable y, sobre todo, una soledad innegable e infinita. Esa soledad se dilataba como una sombra dentro del cementerio espiritual que había en mi interior y que empezó a tratar de resucitar el día que te plantaste delante de mí y me dijiste “hemos nacido para estar juntos”. Una frase muy bonita, pero por desgracia un tópico; no estamos juntos ni lo estaremos nunca, porque nunca será nuestro momento, siempre es el de otros. Todo esto me arrastró inexorablemente a la aventura de los puzles.

Cogí dinero para comprar el rompecabezas, juguete o entretenimiento, según se lo tome uno. Elegirlo fue una tarea arduamente complicada. Me llevó más de una tarde, no lo voy a negar. Podría haber comprado cinco puzles y haber empleado solo cinco minutos en decidirme, pero sólo hubiera intentado hacer uno, así que decidí no regalar dinero a la multinacional.

Creo que pocas personas empiezan los puzles el día que los compran. Yo no soy de esas pocas. Hay un paso previo a empezar: el prepuzle, una etapa de automotivación, una etapa en la que hay que prepararse para iniciarse en ese viaje puzleal de encajar mil piezas. Es una etapa imprescindible por una sola razón: que, cuando uno se sienta en la silla y tiene esa caja abierta con mil piezas y empieza a separar las que formarán el borde del cuadro y las que serán de la parte interior, si no tiene claro que está preparado para lo peor luego todo le va a pillar por sorpresa y llegarán los nervios, la ira, la frustración, los gritos, la ira, el decaimiento, la rabia... y no estará dispuesto a superarlo y volverá a meter las piezas en esa caja, y el puzle volverá a ser solo una mezcolanza de piezas revueltas esperando a que alguien lo convierta en algo ordenado y bonito, algo así como el genio que está dormitando dentro de la lámpara esperando para salir.

Yo me preparé durante un tiempo. Tranquilidad y reflexión; esas fueron las dos bases en las que sustenté esa etapa de mi vida antes de coger la caja del rompecabezas y ponerla encima de mi mesa para empezar a resolverlo. Tranquilidad precisamente para reflexionar. Tuve que poner a prueba mi motivación y salí bien parada. Examiné si mi constancia era tan real como yo creía y también salió bien. Con mi paciencia, bueno, digamos que no pasó nada grave. En definitiva, verifiqué que esos rasgos en mí eran lo suficiente potentes para llevar a cabo tal hazaña, pero siempre hay algo que no se tiene en cuenta.

Lo que entonces yo no tuve en cuenta porque aún no lo sabía es que tú eras una pieza de ese puzle y que nunca te encontraría. Tuve que descubrir esto antes de empezar a encajar pedazos de cartón con un dibujo encima, demasiado poco tiempo antes. En una noche de sosiego, serenidad y abstracción, durante mi época prepuzleal, me tumbé a ver las estrellas. Y yo siempre escucho el sonido de cascabeles que tienen las estrellas porque es algo que un tal petit prince, originario del asteroide B 612, nos ha enseñado a muchos. Pero ese día, las estrellas no querían reír. Estuvieron en silencio minuto tras minuto, hasta que de repente, me empezaron a gritar tu nombre, primero dulcemente, luego enfadadas porque no querían que alguien tan cobarde como yo las estuviese contemplando mientras escuchaba tu nombre en sus difuminados rayos sin mover un solo dedo del pie para ir a buscarte. No hice caso a su enfado, tampoco al mío cuando el puzle le dio la razón a las estrellas.

Después de toda esta etapa de preparación acompañada por la sorpresa que me habían revelado las estrellas, decidí al fin abrir la caja, cortar con unas tijeras la esquina de la bolsa de plástico que contiene las piezas, dejar que se escaparan por el agujero recién hecho hasta que no quedaba ninguna que tuviera que escurrirse por la bolsa hasta llegar a la mesa. Mil piezas encima de mi mesa diciéndome “te acordarás de este momento cuando logres encajar la última pieza”.

Y claro que me acordé de aquellas mil piezas encima de la mesa murmurando tonterías, pero no estaba encajando la última pieza, la estaba buscando. La penúltima pieza, la antepenúltima y la anteantepenúltima salieron volando de debajo del sofá porque una escoba loca y encolerizada las estaba golpeando con las cerdas abiertas y la pelusa enganchada. No me sorprendió, las estaba esperando. Pero la última no estaba allí, no, no podían aparecer las cuatro últimas juntas, el juego perdería la gracia. Por supuestísimo que me acordé de aquellas mil piezas encima de la mesa susurrando bobadas… pero no estaba encajando la última pieza, la estaba buscando.

Creo que sería imposible calcular los segundos, los minutos y horas, los días y la semana, de lunes a domingo, que esa pieza me sacó de quicio. Imagínenselo. Cejas inclinadas hacia el entrecejo fruncido, ojos empequeñecidos por el enfado, la mirada buscando una pieza que ya seguramente no existe, nariz arrugada, mandíbula a presión, dientes apretados. Y luego pasan días, días que se vuelven la repetición del anterior y así sucesivamente.

Pero llega un lunes en el que el entrecejo está ya cansado y va cediendo, las cejas vuelven a su posición normal y la parte interior se eleva ligeramente hacia la frente, los ojos siguen igual de pequeños, pero ahora la mirada busca el suelo, la nariz se relaja, la mandíbula también y las comisuras de los labios miran, igual que los ojos, hacia el suelo, como si con unas pinzas se las estirase para abajo. La ira deja lugar a la decepción, al hastío, al aburrimiento, ya ni siquiera fastidia que esa pieza no esté.

Y la pieza sigue sin estar. Quizá alguien la ha encontrado en el suelo de la calle. Si es un niño puede que se la haya guardado en el bolsillo y la tenga en casa, aunque la perderá. Si es una señora con un perro seguro que ni se ha fijado, si es un señor trajeado menos todavía. Quizá está en un contenedor, quizá en cualquier basura, quizá ha llegado al mar, ¿quizá se acuerde de mí la pieza…? Seguro que echa de menos estar encima de la mesa esperando a que mis dedos la cojan y la acoplen al fin con sus compañeras, pero ella es la única entre mil que no ha tenido esa suerte.

Un día las pinzas que sujetan las comisuras de los labios se caen y aunque la boca ya no se acuerda muy bien de cómo era eso de sonreír, hace un esfuerzo ingenuo. Las cejas se levantan, los ojos se abren un poco más de lo que estaban, la boca deja de estar cerrada para poder al fin enseñar los dientes y las mejillas empiezan a volar del nido e intentan ponerse encima de los ojos (sin conseguirlo, sino sería espantoso reír). El olvido llega a la puerta y se mete en la casa con el morro que le da la gana. La sonrisa se apodera de la vida gracias al olvido y un buen día me doy cuenta de que ya no logro recordar exactamente el color de esa pieza de cartón.

Seguramente, este sería el final más usual y más probable; alguien hace un puzle del que pierde una pieza y al final, después de buscar esa pieza perdida no la encuentra hasta que olvida el tema y sigue con su vida. Lo que sucede es que yo no creo en finales usuales y menos todavía en finales probables. Simplemente, lo que yo hice fue no llegar a olvidar esa pieza nunca.

Un día taladré un agujero para colgar un cuadro de Manet. Consecuencia del agujero fue la arenilla de la pared que cayó a la estantería. De la estantería lo limpié, pero cayó un poco a la mesa. Ya de la mesa la soplé para que cayese al suelo. Del suelo ya no baja más. Cogí la escoba, aquella que tiempos atrás había estado encrespada pero que ahora estaba serena. De un golpe con las cerdas abiertas y un poco de pelusilla pegada salió saltando una pieza, una pieza mitad blanquecina, mitad rosada. Hacía tiempo que no la esperaba, ya ni la deseaba. Apenas mi expresión cambió, quizá una leve sonrisa encomiable al recuperarla, pero ya no la estaba buscando. Tan solo llegó.

Y ahí está la pieza que me faltaba mientras estoy agujereando la pared para colgar el dibujo del Sistema Solar, que en todo el cuento no habían sabido de qué era el puzle, el que me rompió la cabeza y que ahora ya está finalmente terminado, ya completo. Y veo que la arenilla que sale del agujero que taladro para colgar el Sistema Solar está cayendo a un estante, y del estante a otro estante, y de este a la mesa, y doy un leve soplido y la brisilla que ha salido de mis labios lanza la arenilla al suelo y una escoba tranquila saca una pieza de puzle azul llena de polvo de mi nuevo puzzle de seis mil piezas…


Mei Manzanero



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"Mi puzle" by Mei Manzanero is licensed under aCreative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License

3 comentarios :

  1. Sin lugar a dudas, tu mejor relato, o almenos ese es mi parecer.

    Este cuento es de una gran madurez literaria. me encanta la convinación de un juego con la realidad o tal vez simple anécdota. Las palabras van más allá y necesidad de terminar de leer para saber qué pasa con la dichosa pieza... Realidad objetiva con perfil personal subjetivo. Puesta en escena brillante.

    No sé Mei. Ya no es por amistad y carño, que también, sino de análisis. Piensa en publicar algo, en presentarte a algun concurso, vé más allá del foro! Aprecio una carrera literaria en ti, por llamarlo así, des de hace años y tu camino, profesional o no, debe estar lleno de ésta práctica. Sigue escribiendo siempre. No es mucho el tiempo que tengo, ni siquiera sé cuando tengo tiempo ni ya qué es el tiempo, pero leer, leer tus palabras... Leer tus palabras es un paro en mi tiempo y es una pausa muy pero que muy agradable! Gracias por compartir tus creaciones conmigo y con todos!!!
    (Merche)

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  2. Muchas gracias por el comentario. Me alegro sobre todo de que leerme sea como un descanso, como una forma de parar un poco de la rutina y el estrés en el que siempre te sumerges, jeje.
    Veo que se mantiene el suspense un poco de lo qué pasa con la última pieza, me daba miedo que no fuera así y que perdiérais la curiosidad.
    Bueno, esto, que gracias y que un beso :)

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  3. Coincid con Merche, es uno de los cuentos que más me ha gustado aunque debo reconocer que alguno parágrafos se me han hecho un poco lentos y demasiado descriptivos aunque sabes que a mi me gustan los textos llenos de acción.

    Noto que el puzzle (dentro del cuento) llena una especie de vacío dentro de la protagonista (Imagino que ésta es un alter-ego de ti). Me ha gustado eso, que un objeto inanimado pueda llenar un vacío aunque, como se va leyendo hacía el final, no acabe de hacerlo. Parece que al final el acabar el puzzle sea lo de menos.

    Un saludo!

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