sábado, 4 de septiembre de 2010

Este libro, este misterio...


(Cuento a domicilio)


A los que viven la literatura tumbados en una nube y se caen de ella...

Este libro que tengo en las manos es uno de los pocos que he leído tres veces. Tres veces, ni una más ni una menos, he disfrutado de este maravilloso libro. Y ahora lo tengo aquí, sujeto a mi mano izquierda, rozando con el pulgar su tapa dura y gastada, manoseando suavemente el celo que evita que el lomo se desplome y el libro se convierta en unas hojas sueltas y desordenadas.

Este libro que tengo encima de mi escritorio, con mi mano izquierda tratando de experimentar de nuevo la primera impresión que me regaló el dibujo de la tapa, lo escribió un hombre. Un hombre. Tan solo un hombre con un nombre y una historia desconocida para mí. Ingenuamente yo quería creer que este señor solo escribió un libro, casi un cuento, mejor diría. Si así fuese, si sólo hubiese escrito una sola obra, que además es una obra maestra, la escribió y murió. Y me gustaría creer que sólo escribió un libro porque nada más tenía un único mensaje que entregar al mundo.

Ciega por esta creencia que nunca he llegado a constatar con una fuente fiable (por eso es una creencia y no una convicción), me aventuré a releer el libro de nuevo. Y digo releer porque no es lo mismo leer que releer y, más aún, porque no es lo mismo releer que releer de nuevo. El caso es un halo de magia, de misticismo, de una luz de credulidad que trataba de romper mi torpe y ya hastioso escepticismo me envolvió en esa extraordinaria lectura. Y al terminar la última frase de la última página lo único que sabía del señor que había escrito el libro era lo siguiente: simplemente que había escrito este magnífico cuento para niños y para adultos y que sabía una verdad que brotaba de la tierra y que nos la regalaba en una de sus páginas sin pedir nada a cambio. Si levantase la cabeza y viese qué pocos le han hecho caso…

Os iba a engañar ahora otra vez, pero no me veo capaz de hacerlo. Os cuento. Tan enorme era el deseo de creer que sólo quiso entregar un único mensaje al mundo, a estos mini dioses que somos los lectores porque no sólo es un dios júnior el escritor creador, también lo somos nosotros, los lectores, que creamos en nuestras cabezas historias que a veces no parecen partir de lo que leemos e imaginamos y creamos flores con perfumes que en la realidad no existen y eliminamos las abejas y borramos espinas… , decía que tan enorme era este deseo que una vez mentí en pro a salvaguardar esta fuerte ambición de crear una burbuja de sacramento que encerrara el libro en una cueva oscura pero cálida y segura. Alguna vez he dicho en voz alta que este hombre sólo tenía un mensaje que entregar y que con una única obra (maestra) fue suficiente para plasmar su verdad. Un error. Estaba mintiendo y hoy lo reconozco porque todo ha cambiado.

Hoy es domingo, amigos. Hoy es un maldito y desdichado domingo. Hoy el culo se me pega a la butaca en la que me siento a escribir. Hoy el sol pega caliente. Hoy estoy aburrida e internet es una noria de conocimientos locos. Y he tenido que teclear su nombre en google... sí... a ver cómo se escribe exactamente el nombre de este francesito del que ya sé su profesión y que escribió este libro que ya me he leído tres veces...

Genial, es de Lyon. Ciudad magnífica. Algún día iré a visitar su tumba, quizá le eche una flor, quizá recite esa gran verdad que puso en boca de aquel personajillo tan inocente y croqueta, que no un coqueta, porque si algo podemos decir de ese nene es que era un croqueta. “El misterio del autor”... sí, esto me suena, ya lo había leído alguna vez, es un enigma irresoluble. Más magia, más misterio, un halo de romanticismo alrededor de este delicioso y pequeño volumen que a la vez es tan enorme... y que es tan cálido, y que te hace sentir tan solo... pero tan pleno...

Sigue siendo domingo. Sólo han pasado cinco minutos, pero ahora ya sé en qué hospital nació, qué día y año llegó a este miserable mundo, desde que edad fue huérfano, donde fue escolarizado, donde estudió, cuando hizo la mili, cómo descubrió la escritura... Bueno, el libro no ha perdido todavía su magia, queda esa gran historia viviendo en esas páginas blancas imprimidas con esos caracteres tan negros... y esos dibujos tan espléndidos que bien podría haber hecho un niño de seis años…

Necesito coger aire. No quiero seguir leyendo, no quiero saber nada. Sólo quiero conocer mejor el libro, releerlo otra vez de nuevo, yo ya soy ese libro, esos dibujos forman parte de mi imaginario... no quiero saber más de este señor aviador francés, quiero releerme por dentro… No necesito saber si usted escribió más libros... ¡Mierda! Escribió otros libros, no puedo evitarlo, no quiero saberlo pero necesito saberlo... No, no te abras página web, no quiero ver la edición digital de esa obra que escribiste en 1944...

Ya no puedo dar marcha atrás. O sí. Aun puedo cerrar esto. Definitivamente, cierro esta dichosa web. Se casó. Infidelidades. La he vuelto a abrir. El misterio del autor al menos sigue flotando en el aire... no se sabe cómo murió, aunque se ha especulado sobre un posible suicidio, quizá accidente. Sí, bien, tú escribiste ese libro y luego te pasó lo mismo que a su protagonista, yo sé que es así... No llevas bigote en la fotografía, tampoco barba. No, no quiero saber cuál es tu cara, no quiero saber qué expresión helada salió de tus entrañas al crear a ese niño de inocencia dorada y pelo rubio...

No quiero, no... pero ya conozco el título de todas tus obras... con quién te casaste, dónde viviste... estoy empezando a abrir la versión digital de tu tercer libro... ya sé tu nombre completo, tengo más que un hombre y una historia que inventé para ti... sé tanto de ti y tan poco… antes sabía mucho más, cuando eras un nombre y una tapa amarillenta y no eras más que el suspiro que tardaba en leer esa nouvelle o cuento o historia o lo que fuese…

Y ahora ya me voy desplazando en el tiempo, ya estoy en 1931 y las palabras se repiten como un eco alto y furtivo en mi cabeza:

Las colinas, bajo el avión, cavaban ya su surco de sombra en el oro del atardecer…


Mei Manzanero


1 comentario :

  1. Buf, tela lo que puede conllevar la curiosidad y que bien has plasmado esa curiosidad y esa duda de si ese único libro que es obra maestra era la única obra o bien su talento se "desperdigó" , también la duda de si los demás libros escritos son mejores o peores que el que tienes en tus manos, aunque por las pistas dadas en el post es evidente quién es el autor y cual es la obra, pero dejemos que la gente lo adivine. Dejemos que busquen al hombre que vive en un planeta con una farola que ha de encender y apagar cada x tiempo porque ese es su cometido, una visión surreal del universo social en el que vivía seguramente. Pero dejemos ese halo de misterio y esa libertad para imaginar y recrear ese universo a nuestro parecer.

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