sábado, 11 de septiembre de 2010

El cocido de la mama

(Cuento a domicilio)
A Roger Mercader:

Hoy es uno de esos días en que hasta el cocido de la mama sabe a incienso podrido. No importa de momento, quizá con suerte el día termine mejor. Qué esperanza más vaga e insípida. No tengo ganas de nada, ni de leer, ni de comer, ni de correr, ni de jugar, ni de absolutamente nada. Todo es hastío. Lo único que me apetece es ir en bicicleta hasta el fin del mundo, pero a saber dónde estará.

El sudor me salpica los ojos. Llevo demasiado rato pedaleando. Buscando el maldito y dichoso fin del mundo. Encontrarlo ya me ha dejado de importar. Sudo como una cerda. Puedo buscar algún lugar donde el equilibrio sea lo esencial. Quizá la playa. Pero no puede ser una playa común, casi vulgar, insignificante. Buscaré una buena playa. La bici a veces te lleva por callejones sin salida, pero da lo mismo, porque uno se da la vuelta y aterriza en una gran calle. Entonces las luces de los bares se vuelven las luces de tu vida, de tus caminos, de tus vueltas, tus energías. No recuerdo a dónde he ido en bici, no sé donde estoy ahora, pero eso es lo de menos; quizá esta noche el cocido de la mama sepa al formidable perfume de la azucena.

La bici me ha acabado llevando a un parque cuyo diseñador desconozco, pero es el mejor parque que he pisado en mi vida, quiero decir que es el mejor sobre el que pedaleado. Esas plantas enredaderas, cuyos distintos tipos desconozco, intentan encerrar al cautivo que quiera meterse dentro de las cabañas que algún arquitecto ha diseñado. Son espléndidas. El único sutil inconveniente es que las plantas no han crecido todavía. Todo queda en proyectos, en la espera de la realización mórbida. Habrá que esperar, quizá un año, quizá diez, a que esas plantas se enreden a las estructuras de metal que formarán lugares de reposo y de aislamiento. Aislamiento, sí, viviendo en este mundo en el que vivimos, ¿quién no querría recogerse en uno de estos pequeños lugares donde no se siente ni se oye nada? Solo se huele, pero aún hay que esperar. Paciencia, paciencia y más paciencia hasta ver crecer esas malditas enredaderas que ya han empezado a florecer.

Pero la bici me traslada a más lugares que a un parque simbolista y contemporáneo. También te lleva al estanco. No suelen pasar cosas muy interesantes en ellos. No importa, no es el fin del trayecto, porque el final será la playa, el cándido mar al que siempre regreso. Cuesta encontrar una playa tan maravillosa como esta, porque esta playa solo estará hoy, porque se va acabando a medida que mis huellas dibujan mis neblinas de hastío. No podréis ya encontrarla, no, porque el espacio va de la mano del tiempo y la tarde ya ha pasado. Ahora va quedando solo el recuerdo de un espacio que va siendo grandiosamente espléndido.

Sacarse la ropa, meterse en el mar, dejar que las olas te den revolcones, secarse con la toalla. No voy a describir lo magnífico que es; todo el mundo lo sabe. Esa agua caliente en ese atardecer del último día de agosto… Sí, último día de agosto, rematar el último mes del verano, el mes de calor insufrible que te devuelve la gracia de la vida en un no muy largo baño en esa mar inmensa que el Concepto Abstracto Universal Luminoso Omnipotente Omnipresente — si queréis Dios — nos ofrece con las manos abiertas.

No es tan sólo eso. Es disfrutable en soledad, sí, pero con nuevos colegas siempre es mucho más entretenido. Si el baño es compartido, si los revolcones que me da las olas también los disfruta alguien más todo es más fastuoso. Quizá más teatral, quizá no es más que la representación de una obra de la que no podemos saber qué hay detrás ni debajo del escenario… pero no importa, porque la vida se vuelve un trampolín en cuanto menos te lo esperas.

Cerveza, brisa marítima, edificios modernos de paisaje, la línea que en un dibujo divide la mitad del papel hacia arriba y la otra mitad hacia abajo y que en el mundo real sólo divide el mar del cielo… Achuchones, risas y sonrisas, seriedad, nuevas raíces que brotan de la tierra rápidamente, miradas cálidas, miradas obscenas y el sol que se va cayendo hacia la nada que luego ya no podremos ver.

Todas las historias tienen un final. Salvo esta y la de los escritores que no saben escribir finales. El final de esta historia es tan solo el haber borrado el final, un desenlace que no leeremos nadie, porque es un recuerdo que va pisando mis huellas hasta llegar a la mar. Es ya solo entender que hoy no existe principio y que no existe final. Ni mi historia empieza esta tarde, ni mi historia termina esta noche, porque la vida sigue girando, sí, girando como el dichoso plato de cocido de la mama que me espera en la mesa desde el mediodía. 
Mei Manzanero


[Modificación: 13 noviembre 2013]. 


1 comentario :

  1. ¿Pero al final te comiste el cocido? En todo caso disfrutaste de tu paseo en bici, de tu revolcón en la playa, de tu soledad. ¿Y a partir de ahora...?

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