sábado, 7 de agosto de 2010

Los caminos de Saúl


Se oye un grito agudísimamente doloroso. Después, “¡Oh! ¡Diooos!”. De inmediato un intenso alarido. El bailarín se levanta. Se cae. Y se levanta otra vez. Y se vuelve a caer. Quiere agarrarse a la barra de baile, pero nunca ha sentido un dolor tan atroz. No puede tenerse en pie. Se mira las manos buscando fuerza en ellas. Tampoco. Se mira los pies, a ver si echan a andar por sí solos. Nada. Se mira las piernas y entonces dejan de dolerle; empieza a sentir tal aflicción en el alma que no puede ni sentir daño físico. Y es una angustia tan estridente la que siente, tan punzante, que lo que sale de su boca ya no son gritos, son aullidos de lobo. Una imagen nunca antes percibida en su cabeza se le cruza en medio de la sucesión de pensamientos: él en una silla de ruedas. Pero eso es imposible, a él nunca va a pasarle nada, él cree en una especie de fuerza del destino que le impide que le pasen cosas malas. Frunce el ceño ya fruncido, se le abren las aletas de la nariz y con la rabia iracunda que lo absorbe consigue ponerse en pie. Sabe que sus piernas no van a funcionar nunca como antes.


La pared-espejo de enfrente de él empieza a moverse y en el reflejo ve cómo se levantan los pocos presentes en el ensayo general. La sensación es desesperada porque piensa que está parado, pero su cuerpo en el espejo demuestra que él también se está moviendo. Se está empezando a marear. Nota que la barra de baile le está zarandeando y sus manos, que estaban sujetas a ella, empiezan a deslizarse por el sudor. Se cae definitivamente al suelo.


Seguramente fue en el momento en el que Saúl se cayó el 22 de noviembre en el que también su fe en las fuerzas universales cayó en picado. Era bailarín, había sido bailarín de claqué durante más de diez años. Pero nunca más volvería a escuchar el suave y continuo taca-taca de las láminas de metal del zapato contra el suelo de madera. Su sueño hecho cenizas, después de tantas horas, tantos días, tantos años frente al espejo ensayando... No había sido más que un gran bailarín, un gran bailarín de claqué que se había sacrificado demasiado por su carrera artística. Pocos amigos, casi inexistente currículum amoroso, poca relación con su familia; todo por el claqué, que le había dado vida y ahora se la quitaba destrozándole las tibias. Lo hubiese dado todo por sacarse el cúbito y el radio de los antebrazos y formarse dos tibias nuevas, pero ningún cirujano consideraría suficientemente ético cometer tal atrocidad.


Lo primero a lo que tuvo que enfrentarse el danzarín fue a la silla de ruedas. Y no lo hizo hasta que no se volvió a poner sus zapatos de claqué. Los mismos que por tener la suela llena de aceite de girasol le habían hecho resbalar, un mes y medio antes, desde encima de la silla en la que estaba ensayando para el nuevo espectáculo. Y mientras evitaba el momento de sentarse por primera vez en esa silla que cada día se le hacía más inmensa en su cabeza, pasaba el tiempo en la cama, lamentándose de la jugarreta que el destino le había preparado quizá por darle una lección, quizá para castigarle, seguramente solo por fastidiarle. En definitiva, Saúl no quería sentarse en esa dichosa silla de ruedas, sentía que estaba traicionando a su sueño, él tenía que ser bailarín de claqué, pero desde lo más hondo de su cerebro tenía que soportar oír una voz acartonada que le decía: “ya nunca más volveré a bailar”.


Después de conseguir sentarse por primera vez en la silla, Saúl tardó otro mes en salir a la calle. Le costó meses acostumbrarse a ir sentado por la calle y le llevó más tiempo todavía aceptar que era un minusválido. Fue tan duro como él había creído que sería. Muchas veces se le antojaba que no era más que una silueta, que sólo era la señal de minusválido del cartelito de “¡ATENCIÓN! Espacio reservado” del metro y del autobús. Seguramente, lo era. Sus sueños se habían roto tanto como lo habían hecho sus piernas. Su antiguo buen humor se había mudado de casa y tenía de visita perpetua al mal humor. Su rabia solo desaparecía cuando daba paso a la tristeza nostálgica que sentía al mirar sus zapatos de claqué, casi siempre puestos. Y es que solamente se los sacaba cuando la persona que le había asignado la asistenta social para cuidarle le duchaba. Entonces la chica los dejaba encima del inodoro por manía de Saúl, que no dejaba de pensar en la vida que se le había resbalado de las manos por algún cabronazo que le había empapado las suelas de los zapatos de aceite.


Pero el tiempo pasa para todos y, tras una larga rehabilitación, pasó de la silla de ruedas a las muletas. Le parecía más incómodo, pero al menos podía moverse por sí solo y además ya no tenía que estar en el espacio reservado para minusválidos en el metro, ahora ya había pasado a los asientos reservados “para personas que merecen una atención especial”. La recuperación había sido lenta. Sus tibias no volverían a estar perfectas, no le permitirían volver a andar, pero sí podría mantenerse en pie con solo una muleta. Lo que no iba a recuperar nunca, ni siquiera lentamente, eran sus sueños, su vida, sus bailes solitarios en el salón de su casa, la vecina de abajo tirando pelotas al techo para que parase de bailar, todos sus recuerdos… Lo único que quedaba de todo aquello eran su par de zapatos marrones, sus dos ya viejos zapatos, casi siempre puestos en sus pies, delicadamente, incluso mientras dormía.


Una tarde, la chica que lo cuidaba lo vio demasiado decaído y le propuso dar un paseo por las Ramblas. Empezaron a caminar despacio por el paseo, él con las muletas y sus zapatos de claqué en los pies, escuchando la voz de esa muchacha tan jovial. Y entonces Saúl se paró delante de un hombre mayor cuyo espectáculo lo dejó impresionado. El hombre hacía virguerías con un balón. Se notaba que había estado practicando durante años. La gracia era que al hombre le faltaba parte del brazo derecho y, entre lo bien que dominaba el balón y lo tierno que parecía el gran esfuerzo del hombre, tenía el sombrero en el suelo lleno de monedas e incluso billetes. A Saúl le conmovió tanto que se quedó paralizado, pero no fue suficiente para que cambiase la actitud amarga con que llevaba su desgracia.


Lo que hizo falta fue que una semana más tarde la chica lo llevase a casa de una amiga suya que tenía un marido al que le faltaba el brazo izquierdo. Este hecho, lejos de haber limitado la vida del marido, le había hecho refinar sus habilidades con una sola mano. Cuando el matrimonio le enseñó la habitación de los niños a Saúl, observó el dibujo de un oso enorme en la pared. La paleta de colores con la que había sido pintada era impresionante. Ese marido y padre lo había pintado solo, para sus hijos, a los que tanto quería, sin pedir ayuda ni a su mujer ni a nadie. Se acordó del hombre de la Rambla. Esta vez se le encogió el corazón. Estaba avergonzado de sí mismo.


Durante todo el camino de vuelta a casa apenas habló con su cuidadora. Nada más salir del portal de aquella casa, le dio la sensación de que, desde que era realmente conciente de que el valor de sus piernas se había perdido ya para siempre, sabía que estaba desaprovechando su vida pero que pronto sabría cómo sacar provecho a una situación tan penosa. Sentía que lo había sabido en cada momento, pero realmente nunca se había parado a pensarlo, a reflexionar, tan sólo se había compadecido y enfurecido cada vez que alguien trataba de hablar de su pasado como bailarín de claqué o de su presente como lisiado. Mientras caminaba con los brazos apoyados en las muletas, sus pensamientos correteaban como las alas de una mariposa gris. Imágenes, palabras, escenas, recuerdos, deseos… De repente un refrán se le cruzó de un chispazo en el revoltijo de sus pensamientos: “No hay mal que por bien no venga”. El chispazo le hizo tirar el cigarrillo con fuerza al suelo, agarrar más fuerte las muletas y andar un poco más rápido. No mucho más rápido, tampoco podía correr. Todas sus ideas estaban desordenadas, aunque el refrán le había devuelto un momento de lucidez, como cuando bailaba solo, delante de la pared-espejo, noches y noches. Saúl estaba furioso no sólo con el mundo, ahora también consigo mismo. Más imágenes, frases, deseos, repasos de trozos de vida, abstracciones. Y recordó: “Lo importante no es lo que la vida te hace, sino lo que tú haces con lo que la vida te hace”.


La confusión se iba paliando poco a poco en ese camino a casa gracias a breves destellos de clarividencia que le iban llegando al mundo de los pensamientos. La cuidadora le pidió que fuera más despacio, que podría hacerse daño. No hubo respuesta. Por unos momentos la chica temió la mirada airosa que desprendieron los ojos de Saúl, pero esos ojos en seguida empezaron a transparentar tranquilidad. Vio que le hacía caso, Saúl empezaba a ir más despacio hasta que, ya totalmente calmado, le pidió pararse en un banco para descansar y fumarse un cigarrillo, vicio que había empezado a tener desde que iba en la silla de ruedas. Lo vio pensativo, preocupado, pero ella no podía adivinar ninguno de sus pensamientos.


Lo que Saúl estaba pensando, después de haber conseguido amansar esas fieras abstractas que le corrían por el cerebro a todo trapo, era qué cosa podría hacer con sus manos. Los dos hombres que le habían impresionado más en toda su vida, el marido sin brazo y el hombretón de las Ramblas, ambos, habían encontrado un camino. Que no tuviesen un brazo o ningún de los dos no les había impedido encontrarlo. Aunque una senda se hubiese cerrado, había un inmenso abanico para elegir una nueva vía.


Saúl le estuvo dando muchas vueltas a esto durante largo tiempo. Su mirada era más sosegada que antaño, sus gestos menos bruscos. En aquel tiempo, él se había aficionado a ir a la playa por las mañanas a escuchar el sonido relajante del mar, un poco antes del alba. Día tras día escuchaba el romper de las olas en la orilla, olas que se lo llevaban todo, y que con todo se llevaban la angustia de aquel hombre y le iban devolviendo, mañana tras mañana, los pedacitos de la serenidad que el destino le había arrebatado el día que se vio a sí mismo, en el suelo, tratando de levantarse y cayéndose, sabiendo ya que su vida no iba a tener caminos.


Una mañana, la frescura de la música de las olas le devolvió el sabor del ritmo. Pero Saúl no se vio bailando claqué, ya no, ya no oía el taca-taca del metal de los talones en el escenario; esta vez se vio a sí mismo tocando muchísimos tipos de tambores: una caja, una conga, un dyambe, un taiko, un bombo, los bongós... y así fueron pasándole por su cabeza todo tipo de instrumentos de percusión, hasta las castañuelas, que le hicieron olvidarse de sus zapatos de claqué. Se volvió descalzo a casa.


Esa noche, Saúl no pensó en los zapatos que había dejado en la orilla del mar. Cuando se durmió, las castañuelas se cerraron en sus manos haciendo un suave crujido.


Mei Manzanero

No hay comentarios :

Publicar un comentario

Otros adomiciliados han visitado esta semana...