sábado, 31 de julio de 2010

Bárbara


«Hoy no he hecho nada especial. Mi estado anímico es neutro, pero me paso la vida enseñando mis dientes, que no son más que el cuadro que Dios enmarcó con la sonrisa de mis labios. Cuando esta mañana, o quizá esta tarde, me he despertado, llevaba un vestido azul con topos blancos. Ayer, sin embargo, cuando me dormí, iba disfrazada de hada: vestido rosa, purpurina en las mejillas e igual de sonriente que hoy, aunque hoy nada me ha traído una gran alegría. He preparado la comida a mi marido, que por cierto es alto, guapo, moreno, una gozada de hombre. Luego nos hemos tomado juntos una taza de café y él se ha ido a trabajar. No sé muy bien ni dónde ni cuánto trabaja, creo que muy cerca y durante poco rato y es que aquí, en el mundo en el que vivo, es difícil saber en qué momento temporal estamos y percibir correctamente, entre comillas, el tiempo. A veces éste se adelgaza, se vuelve ágil y corre demasiado rápido; otras veces se engorda y no puede ni mover el dedo gordo del pie. Parecido sucede con el espacio. A menudo siento que vuelo, es como si Dios me cogiera con sus manos invisibles y me desplazase de un lugar a otro. Pero cada noche, como la de hoy, me veo echada o sentada en cualquier lugar, tratando de dormir bajo un cielo que sólo tiene una estrella que brilla, y entonces pienso que esa estrella no es más que una pegatina que el Señor ha puesto encima de nosotros para darnos la suficiente fe como para que creamos en él. Y mientras voy sintiendo que nada siento, y mientras voy escudriñando cada rincón de esa gran estrella noche tras noche, mis ojos no consiguen cerrarse y mis párpados se pegan a la piel de la cara, y entonces yo daría todo, absolutamente todo lo que tengo, para coserme los párpados y poderme dormir de una dichosa vez. Lo daría todo, mi cocina, mi peluquería de peinados divertidos, mi cafetería pastelería, mi coche Volvo, mi furgoneta, hasta mi perrito y mis gatitos. Pero no tengo con quien hacer el trueque.»

Y mientras pensaba en todas estas cavilaciones, empezaron a oírse gritos de pánico por todo el poblado. “¡Que vienen los gigantes! ¡Que vienen!” Empezamos todos a correr hacia nadie sabe dónde. Ellos venían detrás de nosotros caminando, tranquilamente, abriendo grietas en el suelo cada vez que ponían un pie en el suelo, andando con un solo paso lo que yo andaba con treinta. Mis piernas se movían solas, parecía que Dios las movía por mí. Siempre la misma aterradora y pavorosa sensación, que no soy dueña de mis movimientos ni de mis decisiones. No estaba sudando. Yo seguía sonriendo, ningún cambio en mi expresión facial, aunque me asusté cuando la furgoneta volcó, creo que un gigante la había rozado sin querer con el tobillo. Mientras corría, notaba un cuerpo muy pegado al mío. Nuestros pies ya levitaban. Me fijé en sus zapatos negros, él en mi vestidito azul de topitos blancos. Me caí; siempre sucede así cuando te persiguen demasiado rápido. Me rasgué las rodillas contra el suelo. Ver la sangre, compacta y sólida, que salía de ellas empezó a marearme un poco, pero no por ello dejé de correr. Corrí hacia atrás, con el trasero en el suelo, moviendo las manos y las piernas como una cucaracha, sólo que yo sí corría, no como las cucarachas, que tan solo se quedan con el cuerpo hacia arriba aguantando como mucho una semana y media de vida. El tiempo se me hizo infinito y recordé mis cosas, mi vida extraña, mis sensaciones de atemporalidad, pensé en todo, repasé cada segundo de mi vida, como siempre hacía cuando venían los gigantes a atraparnos. Y mientras mi cabeza daba tales vueltas, tan veloz, yo seguía sentada, con la tez pálida, mis ojos azules vidriosos, mi melena despeinada, casi desecha por la velocidad de la carrera. Mi corazón estaba helado. Entonces noté un roce, como una leve caricia, en el antebrazo. Me lo agarró con fuerza. Me estiró de la mano con ímpetu. Me gritó “¡corre!” y simplemente corrí, sin ya pensar en nada, sólo en esa mano que me estrujaba la mía. Nos escondimos detrás de un muro que, aunque para nosotros era inmenso, para los gigantes sólo medía el doble de su altura. De todos modos, era imposible que los gigantes nos vieran allí, seguro que como siempre se irían pronto o vendría nuestro ejército a defendernos.»

Esa vez vino el ejército, como tantas otras. Se debatieron en un duelo que duró apenas más de diez segundos. Lucharon miles de hombres contra un par de gigantes y, como siempre pasa en los cuentos de final feliz, ganaron esos miles de hombres que lucharon con el sudor y la fuerza de sus puños, sólo porque el cuento terminase bien. La noche fue espléndida, llena de celebraciones, risas, gritos de festividad, baile, canto, besos de nuevos enamorados… Y llegó la madrugada y todos cansados se durmieron, incluido Bárbara con su nuevo amigo, de nombre Blaine, que tenía la piel doradita por el sol de Australia.

Sara guardó una muñeca en la cajita de juguetes que tenía desde muy pequeña dentro del armario. Guardó a Bárbara, la muñeca a la que le había puesto el vestido azul de topos blancos, guardó a Blaine, el muñeco que se había comprado esa mañana, dejó a Ken, el hombre guapo, encima de la cocinita, guardó gigantes, guardó soldados, guardó cochecitos, perritos y gatitos de juguete. Cerró la caja y se durmió pensando en la pequeña estrella de pegatina que brillaba en el techo.

1 comentario :

  1. Muy bueno. Has construido un cuento a través de una aventura creada por una niña llamada Sara. Genial.

    ResponderEliminar

Otros adomiciliados han visitado esta semana...