jueves, 17 de junio de 2010

Flor de ciudad (3): Era un viejo

Era un viejo que hasta que no se sacó el sombrero que había llevado durante tantos años a todas horas (hasta durmiendo, por complicado que parezca), no supo que su coronilla se había convertido en calvicie y que, encima, tenía pecas en el cuero cabelludo, ahora calvelludo. Esto de las pecas es una cosa que sólo advierten y en la que sólo piensan los de los balcones de entresuelos que matan el tiempo mirando escotes y/o hombros abruptos, así como luminosas cabezas que se pasean inocentes sin pensar que son observadas y sin imaginar que puede que alguien esté preguntándose si tiene la suficiente puntería como para acertar a escupir en esa bola de billar en movimiento.

Era un viejo que cuando paseaba apoyándose en su tribastón (y acompañado de su mujer que lleva un bastón normal) se paraba en las basuras y, con una morosidad serena pero resignada, troceaba los pequeños papeles de publicidad que un inmigrante le había dado a la salida del metro. Y lo hacía siempre, fíjate tú.


Mei

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