lunes, 3 de mayo de 2010

Priscila Lorazanes (V): Primeros aromas

V.

“—Dime un nombre de hombre.

—Jose.

—Otro.

— ¿Óscar?

—Otro.

hmmm…. Edgar.

uhm… otro… xd

¿Para qué es?

Para un cuento.

Héctor

Héctor… me gusta.”


No sabía ayer cómo nombrar a un personaje, y es que no quiero que sepan ustedes el nombre real del hombre que consiguió que Priscila empezara a palpar con los sentidos el aroma del amor. Lo llamaremos Héctor, si les parece bien [se admiten quejas y sugerencias]. No es que él consiguiera con sus métodos tal hazaña, sino que lo que yo había bautizado como “desmembramiento de la fe de Priscila” coincidió con los meses en los que los dos amigos empezaron a hacer muchas migas, demasiadas migas; parecía que hubieran estado comiendo pan encima de la mesa todo el santo día y no se hubiesen dignado a limpiarla.

Era Héctor un chico de estatura media. Más que un simple mozuelo, era un hombre para Priscila, que nunca había considerado que aquel tipo pudiese llevar debajo de los pantalones un miembro viril fuerte y sano. Su mirada era punzante, ojos de aguja bajo unas cejas finísimas, la narizotita tierna, los labios carnudos, las orejas de soplillo… Hombros delicados y afables, brazos dinámicos, piernas valientes, pies pequeños, los cuales sometieron la inexistente ternura sensual de Priscila a un dilema sensitivo. Nuestra chica había pasado demasiado tiempo de su vida absorta en abstracciones teológicas que no le habían permitido percibir las fachadas verdes de los bosques, el calor del sol sobre su piel morena, el olor de la hierba humedecida…; sólo el acuciante dolor de sus pies los días en que hacia camino sobre rocas para llegar a Dios, la sensación inefable de la luz de Dios que le iluminaba el alma en las noches oscuras de sombras y fantasmas.

Volvía de la capilla despacio, muy despacio. Aceleró el paso. Quiso tocar a Héctor, quiso palparlo, quería que fuese su instrumento musical, soplar en su lengüeta y apretar, o quizás mover los dedos de las cuerdas de Hectorcito… Tuvo un cruce de sensaciones en su cerebro, recordó en imágenes el día que tuvo el espíritu excitado al andar con su abrigo, sólo con el abrigo sobre su cuerpo, que en aquel momento se le antojaba com el de la diosa Venus, pero en secreto, porque le parecía que la miraban, pero nadie lo hacía realmente, sólo el crepúsculo de la puesta de sol parecía guiñarle el ojo y levantarle las cejas en un gesto de complicidad.

Al rato se le olvidaron los recuerdos y ya a tres calles de casa caminaba a paso normal. Se le antojaba ser una pequeñoburguesa con un parasol, y movía su paraguas, ora de izquierda a derecha, ora de adelante a atrás, tarareando la canción de John Travolta y Olivia. “Ahora soy una burguesita hermosa, de pies finos y ligeros, que respira la humedad de la lluvia sin pensar en si Dios está llorando o nos está escupiendo”. A fuerza de imaginarse como la protagonista de un novelón se le había hecho real, el paisaje literaturizado de la obra que tenía en mente y ya no era Priscila. Ya era Ana Ozores en el Vivero, lugar que su imaginación había semiurbanizado para adaptarlo a su realidad inmediata, y ahora la Galatea, y luego Dulcinea, (que no Adolfa Lorenzo), después de ser Azurmendi, luego se convertía en Arancha, de Compañeros, ahora Anita otra vez…

Al entrar en el portal y subir los diecisiete escalones y pisar el felpudo (Welcome) y saludar a su familia había vuelto a ser Priscila.

[Editado el 17 de mayo 2010]

3 comentarios :

  1. Seguirá, seguirá, dale tiempo a vivir un poco :)

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  2. De acuerdo entonces, mejor. Así ya tengo lgo que leer jejeje

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