domingo, 25 de abril de 2010

Priscila Lorazanes

No es que Priscila fuera una mujer desdichada, pero sí una persona insatisfecha. De dinero andaba bien, de profesión también, su amor propio en este sentido no estaba para nada derrotado, como el de tantos trabajadores cuya profesión no importa, sólo su sueldo. De lo que no andaba muy bien era de la necesidad que tenía su alma, como casi todas, de compartir. Compartir es vivir, intercambiar amor es gozar, pero sus pensamientos, condicionados sustancialmente por una corriente de pensamiento nuevo, no iban acordes con su vida social. ¿Amigos? A veces los podía contar con los dedos de la mano, pero es porque estaba muy contenta o tenía un momento optimista. En realidad, lo que ella consideraba de verdad como un amigo, eso no lo tenía. Le molestaban actitudes ínfimas que ella tachaba de desconsideradas pero que la gente no llegaba siquiera a considerar por lo usuales que eran. ¿Amor? Sí tenía un novio, bueno, ella no gustaba de llamarlo así, porque no era exactamente lo que ella concebía como tal, pero a hechos prácticos digamos que sí lo tenía. Ella pensaba en el ideal amoroso de intimidad, de confianza, de complicidad, de leerse los ojos el uno al otro, de ayudarse, de compartir los momentos importantes con el otro, etc., pero esto sólo parecía a veces que era así. Hubiera renunciado a su necesidad de gran espacio si hubiese tenido todo esto, pero a fuerza de no tenerlo y de cerrar la posibilidad de tener un amor invencible se había dado cuenta que necesitaba espacio, que necesitaba su libertad, ser ella, ser sólo ella y el otro sólo el otro. Ella era ella y los demás eran los demás. Quería a los que vivían a su alrededor, aunque a veces lo dudaba. Dubitativa hasta las trancas y particular en su manera de ser; así era Priscila Lorazanes. A veces daba la sensación de que la entendían, pero no.

El sábado 24 de abril de 2010 Priscila no sentía pereza, absolutamente nada de pereza. Perfectamente hubiera cogido sus patitas y se hubiera plantado en el puerto en un santiamén, aunque había unos tres cuartos de hora de trayecto. La oscuridad de la noche y sus peligros la habían coartado a hacerlo, así que decidió que lo ideal era quedarse en casa, en ese hogar que a veces era una dichosa celda, una caja vacía cerrada por cuatro paredes azules como el cielo que le mortificaban el alma unas veces y otras, cuando algo la había agobiado demasiado, la ponían de buen humor. Ese día su casa era un ático cálido y embriagador. No quería beber cerveza porque relacionaba directamente la birra con el cigarro, así que se puso cacao en los labios para paliar su adicción, que cada día era mayor y que cada día más le gustaba. Estaba satisfecha de su energía, de sus ganas de vivir, de su optimismo nocturno, aunque las risas de los transeúntes, que eran tan altas (pero poco intensas) y que por desgracia se oían desde su pequeño y encantador ático, le parecían irascibles y entorpecían el relajado momento, no porque odiase las risas, sino porque su intensidad emocional era nula. Eran esas risas de borracho que están vacías, cuya única razón de ser es el alcohol, porque el chiste (que no llega a ser ni un chiste malo) que ha contado otro fiestero no tiene ni puta gracia.

Sentía Pris, muy a pesar suyo, no tener ningún mensaje que dar al mundo. Que si la vida es bella, que si la vida es un reloj, que si el tiempo agota nuestro espíritu, que si no hay ya espíritu en esta sociedad maloliente, que si la peste del mundo es el dinero, que si el dinero no nos hace ricos, que si los ricos son en realidad los más pobres, que si los pobres nos necesitan para dejar de morirse de hambre, que si el hambre se parece mucho a la lujuria, que si el sexo sucio y vacío sólo tiene sentido en nuestra sociedad utilitarista… todos estos mensajes ya los había escuchado mucha gente, como ella, pero no parecía que nada cambiase. La única alternativa a este mundo de locos era intensificar su vivencia interior y crear un mundo autónomo cuya creadora fuese ella, pero este mundo debía funcionar después por su propio empuje, un poco al modo del mundo literario que va creando el escritor en su cabeza. En ese minimundo, la demiurga Cilita (de Priscilita) tenía muchos amigos, amigos no de verdad, al menos no de verdad de la buena: eran Ramona, Martineto el del feo careto, Helio y muchos más… Con estos tres jugaba ella de pequeña al Monopoly, pero aun no tenían ni nombre, ni cara, ni cuerpo, ni carácter, no eran siquiera la semilla de lo que serían luego, sus grandes compañeros.

Ramona apareció un día casi como de broma. Fue la primera de todos sus amigos. Se sentó en la silla del comedor y le habló a Priscila como si se conociesen desde siempre. Verdaderamente, se conocían desde siempre, sólo que la futura minidiosa no la había llegado a ver hasta ese mediodía de junio. No sabía cuanto ocupaba esa imagen, todavía en dos dimensiones, de la compañera que cada vez más a menudo se sentaba en esa silla de asiento rojizo y de respaldo negro. Al principio tenía el cabello verde, de ese tono de verde que tienen los árboles de ciudad después de haber llovido todo el santo día, pero un día la señorita Lorazanes se percató de que aquel cabello húmedo había dado lugar a una melena seca, robusta y del mismo color que su mesa vieja. Así que hacían juego esas greñas con la tabla de madera en la que comían al mediodía la Ramoncina y ella. Los demás eran menos importantes para Priscila. De ellos quizás ya hablaremos más adelante.

(Aseguro no dejarlo así, seguirá, seguirá...)


[Editado el 17 de mayo 2010]

2 comentarios :

  1. La Ramona... xD

    Supongo que al ser tu hermano, me hago una idea de lo que sientes mientras escribes, que no es lo que reflejas en tus escritos.

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