viernes, 30 de abril de 2010

Priscila Lorazanes (IV)

IV.

Cuando le trató de leer los labios le dio la sensación de que su voz no iba acorde con el movimiento labial. Tampoco hacían juego las rayas blancas en diagonal sobre fondo verde de la corbata con la camisa de rayas azules verticales que se dejaba entrever bajo el traje impecable y bien planchado del hombre. El marido de su abuela era un hombre capaz de todo, salvo de amar. Si no tuviese en cuenta su pintoresca y hortera vestimenta, por aquello de la corbata y del traje, que en él se veía como una marca de inocencia, más que de ignorancia, podría perfectamente decir que no sabía transgredir las convenciones culturales. Le estaba vedado amar como aman los que se creen ángeles. Pero no importaba, a su mujer también le estaba vedado, así que eran los mejores amantes de la Tierra. Ni siquiera en abril, en ese Abril en el que yo a veces me enamoro porque la sangre corre a toda vela por el mar de mis venas, ellos lograban sentir más que la serenidad y el reposo amorosos del lecho matrimonial.

Priscila visitó a sus abuelos esa tarde después de un arduo trayecto leyendo al escritor del no sé qué que quedan balbuciendo. Poco puedo comentar de esa visita familiar porque no nos vimos por la noche, las ocupaciones nos habían llenado toda la jornada y no se habló demasiado del tema los días siguientes. Sí me contó, y lo recuerdo aunque ya hace una semana, lo maravilloso que es Dios cuando se lucha por la búsqueda de lo esencial del concepto abstracto que representa. Me costó entenderla, y es que sus palabras a veces rozan lo inefable y parece que, como les pasa a los que miran y escuchan a la vez a su abuelo, su voz no concuerda con el movimiento de sus labios.

Esta mañana, muy temprano, me ha dicho: “Dios es encontrarnos a nosotros mismos, explorar en el lago de los deseos, porque sí, es como un lago enorme y muy azul verdoso, explorar digo, en el lago de los deseos y fantasías que se nos ocultan bajo la tierra, bajo la tierra que cubre nuestro cuerpo, es como el fango, sí, para luego hacerlas flotar, después de explorarlas. Sí, sí, no me mires así”. Sin embargo, a mí me da la sensación de que está perdiendo la fe o de que ya no la tiene, aunque ahora reconoce que Dios es necesario para encontrarse a sí misma, pero creo que no comprende el por qué.

El otro día se sentó en unos de los siete bancos que hay en la capilla de Sta. Llúcia. Yo la vi. Ella no me vio. Después de rezar, —a mí me pareció que rezaba, pero “pensaba en Dios, en esa luz que emanaban de sus múltiples representaciones escultóricas porque su espíritu (el de Dios) era luz, era la luz inspiradora que se inmiscuía relajadamente en las fosas nasales cuando respirábamos” — se levantó, se acercó a la representación de Santa Llúcia y sopló una de las velas de la capilla. Se fue mirando la cara de niña de la fina escultura mientras se oían los cuartos y las siete campanadas. Fue extraño, el olor de la vela recién apagada impregnó toda la salita y sentí su fe perdida, su fe disminuida, una fe ya casi olvidada en el espíritu más cristiano que había conocido. Pris se me antojaba como una cáscara de cacahuete vacía, vacía de creencias, de fe, de esperanza en Dios. Quizá era un olvido, una nueva esperanza, un nuevo creer, un vaciar, un perderse en la blanquicie eterna de la mente…

Mi compañera, fiel su ánimo a sus pasos, caminaba muy despacio por la plaza de Sant Ui.

“Dios era egoísta, se vanagloriaba de su creación maravillosa. Sí, el homo era perfecto precisamente porque no lo era y en la búsqueda de lo Bello y del Bien se expresaba su perfección”. El auge que el concepto del homo como ser supremo iba tomando en sus reflexiones religiosas la preocupaba. Dios era una gran fuerza, pero ella también lo era y no estaba segura de tener la obligación de felicitarlo y agradecerle la voluntad de Bien y Vida a un dios que ahora se le hacía miserable. Estaba empezando a creer en el azar, pero aun no lo sabía. Este anochecer era el germen de lo que tres años después simbolizaría con el tatuaje en el cogote de una reina de picas que llevaba un dado en la mano.

1 comentario :

  1. Buen texto. Te encontré en La Voz de la Palabra Escrita. Sigue así.

    ResponderEliminar

Otros adomiciliados han visitado esta semana...