martes, 27 de abril de 2010

Priscila Lorazanes (II)

II. El 25 de abril Priscila sí estaba holgazana. Sentía esa pereza cálida que se aprecia entre las sábanas los domingos por la mañana, cuando uno aun puede hacerse el remolón debajo de la colcha suave dulcemente. Se le llenaron los ojos de ternura y de compasión para con el mundo. Se levantó, hizo las cuatro labores necesarias antes de ponerse realmente en pie y luego el chispeo del agua en su tez algo robusta la inundó en un estado de relajación confusa. Deseaba sentir el fluir lento y dócil de una brisa mansa, pero ya lo había sentido ayer en la playa, frente al mar, frente aquella inmensa mancha de color, reflejo de la bóveda celeste (y celestial). Creyó que se le aparecía el Todo, que se le aparecía la Nada, que tenía una intuición real — esta vez sí — del Fin Último. “Es imposible describirlo, es tan inefable…”, decía cuando alguien le preguntaba que qué era exactamente lo que había intuido, pero ella no es que creyese en la ineficacia del lenguaje para expresar lo inexpresable, eso no la preocupaba, simplemente creía que había emociones, sensaciones e ideas que eran inenarrables. Yo también lo creo.

Con los ojos cerrados iba sintiendo esa continuidad de gotas en sus ojos, en sus hombros, en sus pechos, en sus piernas, y el pisar de los pies sobre la alfombrilla de ducha que relaja la planta de los pies con pequeños pinchitos. Le encantaba esa sensación de dolor que conlleva un placer mayor que el dolor primero: un pellizco fuerte de un ser amado, el grito en el oído en una discoteca que te lo deja pitando toda la noche, el estirarte un dedo que cruje cuando este crujido te repugna, el odioso regusto que deja el cigarro en la garganta cuando padeces de amigdalitis, la excitación que le produjo una vez caminar embaucada en un abrigo de plumón, sólo en un abrigo de plumón, sin más prenda que el grueso plumón, por las Ramblas de Barcelona a la hora del anochecer… Así era nuestra Pris, una joya que la gente no consideraba más que chatarra, porque hoy día parece que más juzgamos que admiramos.


[Editado: 17 mayo 2010]

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