sábado, 20 de marzo de 2010

Mario Conojos

¿Cómo decirles que no veo... si en rigor sí veo?

Ellos sí que no me verán a mí.

Clarín


A Mario Conojos le costaba comprender que los demás sí le veían, que hasta los montruos le veían, cuando él no podía lograr ver nada con los ojos. Tenía su particular manera de observar, de escudriñar, de extraer de la realidad los detalles que le hacían sentirse bien, realizado, satisfecho. Él decía que se podía mirar con el espíritu, que el ánima tiene también los cinco sentidos, vista, olfato, oído, tacto y gusto, con los que aprecia la descabellada realidad y que, por tanto, es precariamente erróneo pensar que el ciego no puede ver o que el cojo no puede andar. Además decía que de por sí las palabras están cargadas de una nebulosa de miel que las desgastan y las hacen perderse en el motor giratorio de un mundo imaginario donde viven ellas con la poesía, con los duendes, la magia, los mitos, los cuentos, las abstracciones filosóficas y con la verdad.

No le gustaba que le ofrecieran el brazo al cruzar carreteras, ni que le obligasen cuando iba de paseo a ir con el bastón blanco, pero le encantaba apretar el rollo de papel higiénico gastado contra la barra de metal que lo sujetaba y le gustaba mucho sentarse en los bancos de un parque a hacer como si leyera un libro, lástima que no pudiese ver las caras estupefactas, sorprendidas, a veces risueñas, de los transeúntes.

Mei Manzanero


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