lunes, 4 de enero de 2010

Camilo Aguilar

Este iba a ser un blog de un solo cuento, pero ante la petición de un seguidor de que lo siga, voy a subir el siguiente empiece de historia. No es un cuento, más parece un primer capítulo de una historia, aunque todavía no existe como tal.

Para Julio, que se que la va a leer el primero.


Camilo Aguilar era un hombre servicial. Modesto, sincero y apuesto. Siempre llevaba una corbata hortera que le colgaba alegre por la camisa, a veces celeste, a veces negra. Su distracción favorita era montar maquetas de tren en su casa todas las tardes. Trabajaba de mañana, iba a comer a su casa con su amigo Morrell (de nombre Darío, aunque hasta su padre lo llamaba por el apellido) con quien hacía ya años que vivía, tomaban un café espumoso y calentito juntos y el uno se iba a la habitación de las maquetas a montar su ferrocarril y el otro se marchaba a pasear y a hacer fotografías.

Los últimos días hacía frío en Barcelona. Había estado tres días seguidos lloviendo una suave y leve brizna de gotitas, en algún momento con fuerza puñetera, golpeando paraguas y chubasqueros. En esta ciudad, al menos en el barrio donde vivían Camilo y Morrell, la gente no solía llevar chubasquero; si alguien mira desde un satélite verá que, los días de lluvia, Barcelona es como una disposición de chapas de mil colores sin orden aparente, aunque siempre hay unos colores que se repiten: el negro y el azul. Los colores chillones como el rosa, el naranja, el azul claro o el verde fosforito solo se ven en niños o en adultos aniñados (ser un adulto aniñado es más bueno que malo en estos tiempos que corren). Pero bueno, ahora ¡hasta los niños llevan esos inmensos paraguas negros negros!

La humedad entraba por las bisagras para dar ese aspecto de frialdad al piso que no había manera de exterminar. El último ferrocarril del Camilo, al que yo admiro tanto, se empapa de ese ambiente de aire displicente y de desafecto. Creo que es un ferrocarril atmosférico, no lo sé muy bien, yo nunca he entendido de ferrocarriles. Él sí que sabe bastante, porque ha hecho maquetas hasta del primer ferrocarril de la península, el que en 1848 unió Barcelona con Mataró. Seguro que fue impresionante un descubrimiento así. Ahora se innova en muchísimos campos y parece que nosotros estemos ajenos a ello: nos compramos reproductores de música y ordenadores cada vez mejores, pero no solemos tener en cuenta el logro (o desventaja, todo depende desde donde mires el prisma) que significa en nuestra sociedad.

Aunque en el aire corra esa tibieza como si fuera todo el piso una cascada casi congelada, hay un espíritu en Morrel y Camilo muy inspirador. El fabricador de maquetas de ferrocarril y el fotógrafo siempre charlan en la sobremesa. Hacen dos sobremesas al día, una después de comer, y una después de cenar, aunque en esta interviene la televisión y a veces se pierde un poco el hilo comunicativo. Depende del programa que se vea, ¿la Belén Esteban da mucho para hablar pero un documental de animales es más para disfrutar, no? En su primera sobremesa charlan de qué harán por la tarde: un poco sobre qué pieza le falta a Camilo para su ferrocarril, de qué color lo va pintar, si es una imitación o es una invención propia, si va a hacerlo funcionar sobre una vía o no; o también sobre si Morrell va a conseguir fotografiar decentemente de una vez por todas a la mendiga que pide pelas en la Iglesia sin que esta se levante y le grite, si va a hacer fotos de edificios, si de las esculturas de la plaza Catalunya, si va a andar por el Casco Antiguo o por Pedralbes, si va a coger el tren para buscar lo más bello de un pueblo del Vallés… Por la noche, en cambio, comentan la jugada de la tarde, hablan sobre lo que han hecho, la diferencia entre lo que querían hacer y lo que verdaderamente han hecho.

Los fines de semana son diferentes. El sábado es el día del balance artístico: Morrell le muestra sus fotos a Camilo, Camilo lo halaga y Morrell sonríe; luego Camilo le enseña su ferrocarril a Morrell, Morrell lo halaga y Camilo sonríe. Son su apoyo mutuo: se aconsejan, profundizan en los proyectos del otro, sobremesa tras sobremesa, pero el fin de semana sólo miran, halagan y sonríen.

6 comentarios :

  1. komo mola wapi!!!!! soy jenny jeje bss feliz año

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  2. Muy buen cuentecillo, me entretuvo bastante, creo que el par de sujetos esos eran bastante amigos jeje, hoy en día falta gente así que te apañe en todo, saludos desde Chile Mei rica, un beso para ti, Adiós.........

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  3. A mi me ha devuelto a mi pasado, a mi pasada ciudad. Pero... A mi la descpricion de la ciudad me trasladaba a una Barcelona mas antigua (supongo que por el tema de ferrocarriles y fotografias) me lo imaginaba asi en blanco y negro... Pero luego, al hablar de colores chillones, de television, de mp3 y de Belen Esteban pos... No sé, yo ni siquiera la citaría, no merece la pena!

    Pero fuera de criticas y comentarios, me ha encantado! No me parece para nada un cuento... ¿Seguiremos con más información de estos dos grandes amigos?

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  4. Perdon, arriba queda justificado que no es un cuento, sino mas bien el primer capítulo de una novela aun inexistente! Lo siento !!! <>

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  5. Bueno, mencionar a Belén Esteban es un modo cortés de hacer referencia a la basura del corazón. En vez de que la Belén Esteban da mucho para hablar debería haber puesto que da mucho para hablar tonterías.

    En realidad, creo que va a ser un sólo capítulo, no creo que haya continuación. (Por cierto, quien eres? Lo digo por lo de pasa ciudad...?

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